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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2007. Pollo encebollado![]() El agua corría entre sus manos, mezclándose con los muslos de pollo, que serian la base del plato que había pensado para compartí con su marido y sus hijos esa noche. trozo a trozo les iba quitando toda la piel y la gasa. Los seco cuidadosamente y los metió en la fuente. Tenia mucho tiempo para pensar, mientras iba cumpliendo al mínimo detalle con las indicaciones del recetario que la regalo su madre. Junto con los restos de pollo se iban acumulando los restos de medio kilo de cebollas. Ya limpias y cortaditas, las coloco en otro recipiente. Eran cuatro las comidas que le vinieron a la mente. Las puso en orden, no sabia si por la importante de las mismas o por los sentimientos que ellas despertaban. A su abuela paterna la recordaba transpirando en la cocina, en vísperas del día de Navidad, preparando el manjar que para ellos representaba “Las migas”. Siempre se quejaba, después de haberlas comido, que no era un plato adecuado para esa fecha. Con los recuerdos pululando por salir, abrió la alacena para sacar la sal y la pimienta, que servirían de adobo al pollo. Coloco aceite en la cacerola y doro el pollo. Mientras lo hacia, veía a su abuela materna amasando con sus manos lo que seria el postre. Una vez dorado el pollo y vuelto a poner en la fuente, coloco un trozo de mantequilla, espero a que se derritiera y agrego las cebollas con un vaso de agua, otro de vino blanco y un cubito de caldo de verduras. Viendo como la mezcla empezaba a hervir, llego con un recuerdo: su tío abuelo. Cuando volvió al presente introdujo el pollo en la cacerola. Pelo un kilo de patatas , que acompañarían pollo. Cortándolas en pequeños cuadraditos, quedaron preparadas para freír en el aceite. Esperando a que esto sucediera, llego a su mente la vieja casa reformada, “La Charpona”, finca situada en Toledo, donde vivía su bisabuela. Mesas bien puestas, vajillas finísimas. Uno a uno iban llegando . todos tan callados y fríos, como la comida del primero de enero. La comida era buena y sabrosa, pero en el plato se perdía, no le molestaba ese clima, era calma que llegaba después del 31. Era como para ir poniéndolos en clima de que las cuatro reuniones iban llegando a su fin y volvía la rutina del resto del año. Con las patatas ya doradas y el pololo bien cocido, llamo a los chicos y a su marido y disfrutaron juntos de la cena.
Bajo la luz![]() El cielo encapotado se iluminó bajo el gruñir del primer rayo de la tormenta. Durante toda la tarde las nubes se habían ido juntando y oscureciéndose lentamente y de forma insegura hasta que por fin, entrada la noche, despertaron y decidieron descargar toda su furia en forma de agua, rayos y truenos. Los edificios, parques, coches... todo se iluminó en un breve periodo de tiempo bajo la luz brillante de la tormenta. Durante ese instante toda la ciudad se ve de un modo distinto. Unos ojos verdes miran por la ventana a través de los chorros de agua que corren por ella a unas pocas personas, que corren buscando un refugio en el cual guarecerse de la repentina descarga de agua. Los ojos vuelven al libro que estaban leyendo, en su portada se puede leer “Cuentos Populares”. Lo sostiene entre sus pequeñas y delicadas manos como si fuera un tesoro, como si cada página tuviera un valor incalculable. Se encuentra inmersa en su lectura bajo el calor de un radiador y con la sola iluminación de una lamparilla colocada a su derecha. Su melena suelta, resulta más brillante bajo esta luz. El sillón sobre el que reposa no es muy grande; en él se siente protegida de la tormenta que azota el exterior. La sala se completa con una estantería que ocupa toda la pared, repleta de libros. Los hay viejos, nuevos, desgastados, grandes, pequeños, de tapa dura, de tapa blanda... En el tabique restante sólo se distingue una partida de nacimiento con el nombre Fernanda González Huero, 30 de mayo de 1982. La decoración se limita a un cuadro en el que aparecen un hombre y una mujer adultos en blanco y negro. Aparecen felices esbozando una inocente sonrisa. Los rasgos de la mujer coinciden con los de la persona que está sentada en el sillón: la misma mirada, la misma nariz, la misma boca.... Aunque Fernanda sabe que la esencia de esas personas ya sólo sobrevive en esa foto y en los corazones que los amaron, no puede dejar de pensar en aquel fatídico día en el cual los seres que la dieron su vida, perdieron la suya en un accidente de tráfico. Lo intenta, pero cada vez le bombardea la cabeza la imagen de su padre y su madre cubiertos de sangre, inmóviles, sin un ápice de vida... La tormenta interior de Fernanda, al igual que la que azota la ciudad, también se manifiesta en forma de agua y por sus ojos, comienza a caer una fina gota de dolor. La deja correr hasta la comisura de la boca donde se para, como si no consiguiera sobrevivir en el mundo exterior al cual nunca debería haber salido. A esa lágrima la siguen sus hermanas para volver a unirse en la mejilla. Cada recuerdo es una espina que se clava en su cabeza. Ahora le comprende, pero ella no es tan fuerte; recuerda a su madre en la cocina mientras escuchaba las inquietudes e historias de una niña inocente. Su padre, sentado sobre el borde de la cama, le cuenta el cuento que tantas veces ha escuchado antes de cerrar sus pequeños ojos y que Morfeo la acogiera en su brazos. Deja el libro sobre la mesilla donde descansa la lámpara y se encoge en el sillón todavía con las lágrimas sobre su rostro. El sueño comienza a apoderarse de ella. Apaga la luz, la habitación queda oscuras, sólo rota por el destello de los relámpagos. Bajo el hipnotizador sonido de la lluvia, poco a poco la mujer se rinde a un sueño intranquilo. Esta vez no ha habido cuento pero en sus sueños ve como sus padres se acercan al sillón para relatarle por última vez el cuento que nunca debieron dejar de contarla.
El abuelete![]() Que había estado yo paseándome a las tantas de la madrugada por la ciudad de Esna, y mira por donde recalé en su mercado de frutas y verduras. Después de haber estado andando todo el mercado, y más cansado que “una burra con 20 horas de arreo”, conseguí divisar un murete en la linde de tal mercado. Fui hacia allí y me senté, con el objeto de descansar un poco y como no, distraerme con los “chascarrillos” de los lugareños en su ajetreo mercantil. Y no se… quizás mi cara demostrase lo cansado que estaba, pero en eso se me acerca un abuelete, con pinta de tener más años que Matusalén, con su chilaba, su bonete, y una cara que sólo los abuelotes egipcios saben poner: Alegre, candorosa, con unos ojos de pillo, y una sonrisa guasona de las de… “aquí te pillo y aquí te mato”. En eso se me acerca, y mirándome fijamente, me empieza a hablar en su lengua. La cuestión es que no entendía nada de nada. Yo en vista de que no nos aclarábamos, empecé a usar el idioma internacional, por señas. A si que empezamos a entendernos perfectamente. El abuelo me estaba diciendo más o menos lo siguiente - Chaval, cansado te veo.– A lo que yo de igual modo respondí: - Pues ya ve, después de andar tanto, se puede imaginar como estoy… hecho tri-zas… - Pues espera un poquito que ahora vengo. –. Y ahí me quedo yo, más intrigado que antes, sentado en el murete, y observando el paisaje del mercado. Al cabo de unos breves minutos, me viene el abuelo, llevando entre sus manos una tajada de sandía; fresca, jugosa... Siendo la hora que era, cansado como estaba y habiendo cenado en el barco a las 9 de la noche. Y pensé: “Aquí el abuelo, ya viene en plan de conseguir el euro de turn, que más da uno más que uno menos. En más tonterías me los gasto, y esta tajada de sandía, esta diciéndome… cómeme.” Vaya lo equivocado que estaba: Se me acerca el abuelo, con una sonrisa y ojos bonachones, y me dice - Toma chaval, que esta tajada de sandía es para ti Y me la entrega. La tomo diciendo el sokram (gracias), y advirtiendo la expresión de felicidad del abuelete, y en vez de echar mano al bolsillo para tomar unos euros, saco del bolsillo del pantalón un paquete de tabaco. He de decir que el paquete esta aún por empezar, y no me molestó en absoluto, obsequiadle con el paquete entero de tabaco. Y anda lo que pasó… El abuelo, con una parsimonia no apta para nerviosos…. quita la funda de plástico…. abre la cajetilla… saca un cigarrillo… se lo enciende…. aspira profundamente… ¡…y me devuelve el paquete….! Y con esa mirada socarrona de profunda sabiduría que sólo los abuelos suelen poner, va y me suelta.: – “Salam” –. … Y se va.Y ahí me quede yo, con la sandía en la mano, pasmado Reaccionando a los breves momentos, me levanté del murete y a voz de grito porque el abuelo ya se estaba alejando, le grite: - ¡Sokram Habibi, Salam Aleikum! El abuelo se gira, y poniendo una mano en el corazón, me dice: - Salam Aleikum Me vuelvo a sentar en el murete, y con un sentimiento de felicidad me comí la sandia. Cuando me dirigía hacia el barco, no dejaba de pensar en el abuelete del mercado y en lo feliz que era.
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LAS HISTORIAS DE QENACuentos escritos por Qena para el deleite de quien los lea.
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