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LAS HISTORIAS DE QENA

El suave contacto

El suave contacto

Sufrió un accidente durante la manipulación de unas vacunas. Como la doctora acostumbraba siempre a trabajar hasta tarde, nadie oyó ni vio nada. Por suerte yo me encontraba cerca, así que fui el primero en comprender que había quedado ciega.

 

–Ayúdeme, por favor, no veo nada –su voz se perdía entre los gritos histéricos de los monos. Una disolución naranja bañaba su rostro.

 

Me acerqué despacio, hasta situarme a unos pocos centímetros. La doctora tenía poco más de 30 años, la piel clara y el busto esbelto. Imaginé que la besaba, aprovechando la situación. Y también que ella me correspondía apasionadamente.

 

–¿Quién es? –insistió–. ¿Es de seguridad?

 

Un chimpancé se encontraba muy cerca, contemplándonos con aparente interés. Otros monos se movían por la estancia a su antojo, contorsionando sus cuerpos de aquí para allá, jugando con aros, o puzzles, o siguiendo el programa educativo del monitor. Una mona garabateaba círculos a en una pizarra. Le habían instalado un casco de electrodos conectado a un monitor. Un gráfico constante permitía interpretar las ondas cerebrales en una pantalla.

 

–No se asuste –dije–. La ayudaré.

 

Mis palabras salieron a trompicones de mi boca. La belleza de la doctora sugestionaba mi mente prehistóricamente acostumbrada a los descalabros sentimentales. Así y todo quería ayudarla.

 

Un mono llegó desde alguna parte de un fuerte brinco y me mostró los colmillos. Como no tenía ganas de pelear le sostuve la mirada. Yo era más grande y más fuerte que él. Así que a los pocos segundos dio media vuelta y se marchó gruñendo.

 

–Es usted muy amable, no sé como ha podido ocurrir.

 

Le aferré la mano y comprobé que le temblaba levemente. Traté de tranquilizarla:

 –No tiene por qué agradecerme nada. Lo importante ahora es limpiar sus ojos.

–Lo sé, si pudiera usted guiarme hasta la lavabo......

 

Dejé a la doctora que se expresara mientras la remolcaba sujeta a mi brazo. Era mucho más alta que yo, así que caminaba un tanto inclinada hacia adelante, como cualquiera de los monos con los que trabajaba a diario.

 

Tuve que apartar primero a una mona que atendía en ese momento su higiene bucal. Después impregné un paño con agua y limpié con cuidado la disolución derramada. A pesar de eso estaba convencido de que no recobraría la visión hasta después de unas horas. Tenía los ojos muy irritados. Sin duda no pasaría menos de una semana aplicándose gotas especiales.

 

La doctora siguió hablando.

 

–De modo que eres de seguridad.

 

–Y usted es la doctora Emma –afirmé. No necesitaba leer su placa de identificación para saber su nombre.

 

Mientas asentía se acomodó el cabello hacia atrás, en una coleta simple. De su cabeza brotó un aroma a fresas que anegó mis sentidos. Muy cerca, un mono nos observaba con atención. Tenía un cubo de rubik en la mano, aunque no le prestaba la mínima atención.

 

Me sentí incomodo, nunca fui de muchas palabras. Un ruido de paletas llegó a nuestro oídos. Dos monos acababan de emprender una partida de raquetas. Era increíble lo que la doctora y su equipo habían logrado con aquel grupo de simios. Se lo dije.

 

–Pues no es nada en comparación con lo que espero. En un año habrá progresos mayores. Hay una mona que resuelve pequeños problemas deductivos. Y habráˆmás, ya lo verá.

 

Me sudaban las manos.

 

–Espere, le serviré un poco de agua.

 

Llené uno de los recipientes y se lo acerqué a la doctora. Cuando lo cogió, nuestras manos se rozaron de nuevo. Tenía la piel extremadamente suave. Mucho más que la de aquellos simios velludos. Sentí que se me erizaba el cabello en la nuca.

 

–Gracias –dijo. Todo en la doctora era gratitud y amabilidad. Le dije que sería mejor que la acompañara hasta la puerta del laboratorio. Acababa de ver una sombra en el ventanal del pasillo.

 

El mismo mono seguía con la mirada fija en mí. Ahora le daba vueltas y más vueltas al cubo. No había completado ninguna cara.

 

Cogí a la doctora de la cintura en un gesto amable. No era necesario, el problema lo tenía en la vista, no en las piernas, pero ella no dijo nada.

 

Caminamos despacio hasta la puerta, mi mano sujetándola ahora fuertemente. Ella se apoyó en mi hombro.

 

Al llegar a la puerta dije:

 

–En este momento llega mi relevo. Supongo que no le importará que se encargue él de usted. He olvidado hacer algo importante en otro sitio.

 

Me puso una mano en la cara.

 

–Claro que no me importa. Has sido muy amable por ayudarme –apartó la mano de mi cara–. Espero verte otro día, en circunstancias más normales, por supuesto.

 

La doctora sonrió.

 

–Claro, será un placer conocerla mejor en otro momento.

 Escuché un ruido de pasos en el pasillo, muy cerca. La doctora dijo algo, pero yo ya me había alejado.

–Adiós, me querida doctora –susurré.

 

Me acerqué al mono que nos había estado observando todo el tiempo. Meneaba la cabeza de un lado para otro.

 

–No deberías jugar con fuego –dijo.

 

–Lo sé, no he podido evitarlo.

 

–Escucha, si ellos se enteran de lo que ha pasado, nos pondrán las cosas muy difíciles a todos. Me caes bien, pero debes recordar que por muy inteligente que te creas, o por muy bien que imites su lenguaje, no dejas de ser un mono.

 

–Tienes toda la razón –dije.

 Pero mi corazón no decía lo mismo. 
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