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LAS HISTORIAS DE QENA

El aprendiz de borracho

El aprendiz de borracho

Cholo nunca había estado tan decidido a hacer nada en su vida. Quería ser alcohólico. En su cabeza no dejaban de pasar imágenes de borrachos con estilo. Recordaba las novelas de Truman Capote; las películas en las que violaban a la mujer de Charles Bronson y, antes de matar a todos los malos, se ponía ciego a Whisky en el bar más insalubre del planeta. Llevaba tiempo fumando dos paquetes al día… eso le reconfortaba. Sabía que el mundo lo miraba con admiración. Qué duro parecía con su paquete de Fortuna en el bolsillo de su vieja camisa a cuadros. Sólo le faltaba ser alcohólico para ser uno de esos hombres «interesantes» que todos enlazan con una vida cargada de emociones y vivencias dignas de ser contadas delante de una buena copa.

 

Tenía un problema. Odiaba el alcohol. No podía probar nada que no estuviera rebajado con mucha cola o zumo. Y un buen alcohólico no debería destruir su imagen a base de zumos o cocktails con. No. Él debía de ser capaz de beberse botellas y botellas de Whisky de un trago. Tenía que hacer algo por solucionarlo. Un esfuerzo y un poco de práctica no le harán daño a nadie, pensó.

 

Había dividido la noche en tres fases. Primero bebería todo lo que había comprado excepto la botella de Daniel’s que sacaría a pasear por la ciudad cuando fueran las 3:00 de la madrugada. Era una bebida barata y vomitiva, pero iba acorde con la imagen que Cholo quería dar. Alguien que ha destacado en la vida, pero ya no es nada. La segunda fase de la noche sería entrar en el bar “Los Pecadores”. En él se concentraba el 90% de los vagabundos de la ciudad. Tocaban la harmónica y cantaban viejos éxitos de la Copla. Ahí aprendería sus movimientos, su forma de pensar, de ser, adsorbería gran parte del carisma de aquellos vagabundos y, a modo de devorador de almas, se convertiría en un aglomerado de lo mejor de todos ellos. Por último, dedicaría el resto de la noche a «homenajear» al resto del insignificante mundo con sus conocimientos. Aleccionaría a la población. Utilizaría frases banales en sus predicaciones y todos le admirarían boquiabiertos.

 

-La mejor escuela es la vida –comenzó a hablar. Como un maestro instruyendo a jóvenes descarriados .

 

Ya tenía todo dispuesto. Litros de alcohol apestoso. Su aliento tenía que ser, como mínimo, el de un pintor de pueblo. Comenzó con el Whisky. Prosiguió tragando ginebra, ron, pacharán, vodka…

 

Murió antes de llegar a la 2ª fase. Desgraciadamente, todo buen ser humano necesita cambiar. Todos dependemos de las novedades para interesarnos por la novedad. Cholo tenía demasiada prisa. Poco a poco todo se puede lograr. Pero hay que prepararse para los cambios. Así es como se hacen las cosas, poco a poco.

 

-Ese es mi consejo de hoy –sentenció El Pelao después de narrar la parábola.

 

-Cuál, maestro –preguntó el joven aprendiz.

 

-No lo has comprendido, chico.

 

-Bueno, supongo que lo que quieres enseñarnos es que no debemos tener miedo a los cambios. Son lo que nos hacen ser más fuertes. Que cambiar es gratificante cuando te acostumbras. Pero que no debemos precipitarnos en el cambio. –respondió inteligentemente.

 

-No, hijo mío. No has entendido nada de nada. La moraleja es: beber alcohol es precioso e interesante. Pero no seas tan estúpido como para beberte cientos de botellas en un tercio de noche o no podrás enseñarle al resto del mundo lo alcohólico y divertido que eres.

 

- Oh, maestro, es usted tan inteligente.-dijo con los ojos brillantes.

 
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