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LAS HISTORIAS DE QENA

Recuerdo

Recuerdo - Venga, el ultimo cachito....- le digo a Mario sosteniendo el tenedor a dos centímetros escasos de su boca. Pero sus labios esta cerrados, y sus ojos me miran juguetones y a la vez desafiantes, dando a entender que ya no le engaño mas por hoy.

- Si te lo comes, te vienes conmigo a sacar a Thor.
 El labrador mueve apresuradamente la cola al oír su nombre, golpeando el suelo como diciendo “aquí estoy yo”. Está contento, no solo, porque se acercaba la hora de su paseo nocturno, sino también porque presiente que hoy, su rutinaria cena de pienso, será alegrada con algunos restos de carne. Consigo que mi hijo abra la boca una vez mas mientras pienso que tendré que inventarme algo, si pretendo que se termine el plato. ¿Cuándo vendrá la madre?, me digo. Ya debería estar aquí. Ella no tiene problema alguno a la hora de las comidas. Donde esté una madre....

Una madre... me viene a la cabeza la mía. Años atrás, en una cocina muy diferente de esta, con muchas menos comodidades. Por aquel entonces mi madre no tenía una trona de madera para darme de comer, ni microondas donde calentar la cena. Los muebles no brillaban tanto, eran de mampostería blanca, bastante gastados y de ellos colgaban unas cortinas de cuadros amarillos que hacían la vez de puertas. La ventana tenia postigos que crujían azotados por el viento y yo me dormía cada noche escuchándolos. Las baldosas, irregulares, conformaban la pista ideal para mis carreras de chapas y el campo de batalla de mis soldados de plomo. Recuerdo a mi madre guapa. Tenia un cabello negro precioso, ondulado, que se momia al compás del viento y que destella por las mañanas. Le hacia juego con sus ojos oscuros y grandes. Sus manos eran suaves, y siempre dispuestas para regalarme una caricia... no como las de mi padre, que nunca estaban...

- ¡Papa! ¿Ya está? – la voz del niño me sobresalta. Sin querer me he quedado abstraído en mis pensamientos, perdido en una cocina veinticinco años atrás.

- No, un poquito mas – insisto si muchas esperanzas de convencerlo, mientras escucho como cruje la ventana, sopla un viento fuerte en la calle.

Recuerdo aquella noche: era de levante fuerte. De esas que el viento no perdona nada ni a nadie. Los postigos parecían furiosos y golpeaban la ventana intensamente. Yo me entretenía mirando fuera como los árboles se tumbaban sumisos, agitando sus ramas, mientras mi madre preparaba la cena. Esa noche esta nerviosa. Mi padre, gruista de profesión, se jugaba el tipo en los astilleros en jornadas como esta, en los que la grúa de cien toneladas no era mas que un juguete al antojo del viento. No hacia todavía el año de aquel accidente que le costa la vida a su mejor amigo, al precipitarse dentro de su maquina contra el muelle. En ese turno debía estar él y quizás por eso, ya no volvió a ser el mismo. Antes de aquello tenia otro carácter, le encantaba hablar de su trabajo u de lo importante que se sentía cuando elevaba las piezas por encima de la gente, que él veía diminuta desde su cabina. Le gustaba las maniobras complicadas y se sentía orgulloso, cuando arriesgando algo mas de lo que debía, conseguía dejar la faena terminada. Pero ahora era diferente, apenas hablaba y su mirada se había endurecido. Se pasaba los siete días de la semana trabajando, alegando que hacia falta el dinero y algunas noches, ni siquiera venia. Discutían mucho, y yo sufría por mi madre, que lloraba a menudo a escondidas de mí, sin saber que yo la oía. Había cogido la manía de morderse el pulgar, y de tanto que lo hacia, se había hecho una herida.

- Ay, que me haces daño – Mario se quejaba. Sin querer le he pinchado con el tenedor – Quiero yogur.

- Bueno, ya esta – me convence – lo que sobra para Thor y ahora te doy un yogur. ¿Qué sabor quieres?

El perro mueve el rabo aporreando el suelo. Los golpes son fuertes, secos, insistentes, como los pasos de mi padre subiendo la escalera aquella noche, se pararon al abrir la puerta.

Por la mirada perdida de mi madre en ese momento, comprendí que debía terminar la cena cantos antes, pero quemaba, quemaba mucho...

Mi padre sostenía el tenedor junto a su boca y mientras soplaba, una lágrima rodó por su mejilla, fue a caer en mi mano. Al sentirla en mi piel, levante la mirada buscándola, queriendo encontrar su dulce sonrisa. Pero no, lo que halle fue un dolor inmenso. Sin poderlo evitar, mis ojos se humedecieron también y rodaron lagrimas que fueron al encuentro de las suyas. Yo no entendía mis sentimientos, pero recuerdo que mi madre se apresuraba para que terminara de cenar. Aunque me quemaba, seguía comiendo todo lo rápido que podía, porque intuía que algo iba a pasar.

Aquella noche no me leyó un cuento. Después de arroparme salió apresuradamente de la habitación y yo me quede vació y triste. Por un rato me entretuve escuchando los golpes que producían los postigos en la ventana, hasta que unas voces familiares me llegaron entrecortadas desde el otro extremo de la casa. Estuve dudando si levantarme o no, pero la curiosidad infantil me hizo salir de la cama de un salto y dirigirme por el pasillo al lugar del que provenían las voces de mis padres. A medida que me acercaba y les podía oír mas claramente, me ponía mas y más nervioso, pues sentía la atención que había en sus palabras. Andaba despacio, sin hacer ruido. Cuando llegue a la puerta de la cocina, este estaba entornada, lo suficiente para poder ver a mi madre de espaldas y a mi padre enfrente de ella. Llegue solo para oír la ultima parte de su conversación, pues en ese preciso momento, mi madre se volvió para no mirarlo, y le dijo:

- Recoge tu ropa y vete. No te quiero ver a mi lado. Tienes que saber que estoy con otro hombre.

Yo no alcanzaba a comprender nada. De repente, mi mundo se paraba en una cocina con muebles de mampostería blanca. Por unos segundos, el único ruido de fondo era el viento silbando. Un escalofrió recorría mi cuerpo.

Podía ver el rostro de mi madre, impávido, con un blanco casi mortecino y el de mi padre, ensombreciéndose hasta casa desaparecer. Decidí marcharme de allí, como había llegado, despacio, sin hacer ruido. Llegue a mi cuarto, esta frió y me tape bien con las mantas. No sabia si llorar o no y mientras lo pensaba, me quede dormido sin quererlo. A la mañana siguiente, mi padre se había ido, y yo no le pregunte a mi madre. ¿Para que?
Después de aquello le vi poco. La vida le fue consumiendo. Y él, tal vez, se dejó consumir.

Mi madre me siguió criando y a decir verdad, nunca me falto de nada. Pero su pelo deja de moverse al compás del viento. Poco a poco se fue tornando gris, hasta que ya no brillo más.

Nunca le pregunto por el otro hombre. Y nunca le vi, o eso creía.
Anas mas tarde, comprendí que si había conocido a ese otro hombre. Era mi padre, un año antes de aquella noche de levante. Mi padre cuando llegaba a casa y me zarandeaba por los aires. Mi padre cuando besaba a mi madre nada mas verla, mi padre cuando me contaba todo lo que había sacado en una tarde del resquicio de la cámara de maquinas.

Mi padre...

- Papa ¿qué té pasa? Te he dicho que el de limón – me regaña mi hijo.

- - si hijo, el de limón – consigo volver en mi.

Thor relame una y otra vez el lato donde un segundo antes estaba la carne. De repente, mueve una oreja y sale corriendo por el pasillo camino de la puerta. Alguien llega.

- ¡Mama! – chilla Mario - ¡mama!

Elena aparece por la puerta de la cocina llena de bolsas de compra y sonriendo con mirada traviesa (la misma que pone Mario) deja las bolsas en el suelo y se quita los zapatos. Parece que la casa se ha iluminado con su presencia.

- Uf, no veas como estaba todo – dice, mientas nos estampa un beso a cada uno –para colmo el levante. Y vosotros ¿qué?

- Nosotros estupendamente cariño – dogo – por cierto ¿te he dicho que te quiero?
   
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