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LAS HISTORIAS DE QENA

Las Botas

Las Botas

Es éste un amor antiguo. Nuestras miradas se cruzaron a través de los cristales de un escaparate en Budapest.

Fue algo después cuando me azotó la evidencia de que eran unas botas. Altas, acordonadas hasta por debajo de la rodilla y con alma de patinadoras pero de un cuero tosco y primario que apeló a mis instintos más básicos. Supongo que no necesito decir que entré en la tienda y me las llevé puestas.

 No fue fácil nuestro mutuo acomodo, lo reconozco. Embutida en ellas creí que iba a poder ir como descalza, pero tenían demasiada personalidad para plegarse así, a la primera. Ya en los primeros pasos empezaron a encabritarse como dos potros gemelos y ni siquiera lo hacían al unísono sino que cada una llevaba su ritmo y me hicieron perder el equilibrio un par de veces.

Comprendí que tenía que ganármelas y las acaricié torpemente con los dedos de los pies y con los talones pero sin aflojar las riendas ni por un momento. No era el tacón lo inquietante porque aunque algo alto era grueso, ni la suela de goma bien recortada, ni la puntera tan elegante, ni los cordones severos que hacen de ellas botas de cuello alto, sino el conjunto de todo ello.

Hemos recorrido ya innumerables carreteras, autovías, caminos, senderos y campos a través sin detenernos en perfecta simbiosis. Adoro su color de casco de barco oxidado que acabara de emerger de las arenas de una playa olvidada. Apenas tienen arrugas de genuflexión en el empeine porque no me arrodillo fácilmente en la vida y ellas mucho menos.

 Cuando en el dibujo de la suela se les encajaron la primera vez piedras pequeñas intenté intervenir, pero me dieron a entender que sólo ellas deciden a qué viajero espontáneo quieren dejar acomodarse en sus entresijos y por cuanto tiempo.

 Si por algún motivo me desprendo de ellas, y dormir no es motivo, las dejo en las inmediaciones y las veo erguidas, sostenidas por mi ausencia.

Una temporada que pasé descalza en una playa, las dejé en casa unas semanas y cuando volví estaban alicaídas. Su venganza fue echarse a andar hacia un descampado horrible durante horas.

Cuando con ellas puestas las miro desde arriba me hacen un guiño cómplice y mueven la puntera una o dos veces desplegando esa locuacidad silenciosa a la que me tienen acostumbrada. Son ellas las que me unen a la tierra y me separan de ella al mismo tiempo.

Han pasado muchos años desde aquella primera euforia que trae el amor, pero ahora ya es otra, la de saberse comprendida. ¿O a esto no se le llama euforia? Pues debería.

 

 

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