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LAS HISTORIAS DE QENA

Dios o diablo

Dios o diablo  A las cuatro de la tarde abandonaba el trabajo, agotada, destrozada. Había atendido ocho horas sin pausa y con paciencia las llamadas telefónicas, histéricas y penetrantes, de los clientes. Caminé hacia el metro bajo un cielo triste, como si una sábana gris cubriera la ciudad, esperando dormida la remota llegada de la primavera. Detestaba viajar en metro. No soportaba los rostros de la gente, con esa mirada de vacío. Viajé cinco estaciones y salí aliviada de aquel sótano atestado de silencios y martirio.

Anduve presurosa el último trecho hasta mi casa, ansiosa de irme a pasear con Drako, mi perro. Era lo único que conseguía relajarme.
Tenía ya las llaves en la mano cuando me di cuenta que la puerta de mi casa estaba entreabierta. Me quedé helada, de piedra. Tal vez ladrones, pensé espantada y deseando que no le hubiera sucedido nada malo a mi perro. Sin saber aún que hacer, escuché una voz melodiosa que me hablaba desde el otro lado de la puerta:

-- ¡Venga Sara, entra ! ¿A qué esperas?-- y añadió, -- Mira que el café se va a enfriar.

Abrí la puerta despacio y fui hasta la cocina. Me encontré con un hombre de edad indefinida, rubio, de ojos azules, bien parecido, vestido de un blanco luminoso, que me servía un café mientras con la otra mano le daba una galleta a mi perro, que de contento no paraba de mover la cola. Me puso una taza de café entre las manos que yo acepté, todavía con la boca abierta.

-- Venga.¿Pero qué haces? Vete al salón que te están esperando.

-- ¿Qué otro...? -- conseguí balbucear.

Recostado en el sofá, mirando la televisión, mi televisión, estaba sentado un tipo vestido de oscuro, alto, delgado, con un jersey de cuello cisne, de aspecto triste, que cambiaba aburrido de canales. Me dirigió la palabra sin mirarme:

-- Ven Sara, siéntate.

Obedecí. A continuación apareció el rubio con mi perro trotando detrás de él y se sentó a mí lado. Yo me encontraba sentada ente los dos.

-- Qué tristeza, sólo miseria y dolor en este mundo -; exclamó afligido el personaje de negro, que sólo mostraba interés por las noticias.

-- Venga, venga. No seas aguafiestas. Si la gente no se desmadrase nos quedaríamos sin trabajo -; respondió chistoso el rubio.

-- El otro le lanzó una mirada enojada, de reproche.

No dejaban de observarse. Era un duelo. Medían fuerzas. Por fin centraron su atención en mi. El uno con una mirada clara, transparente, entre amable y burlón. El otro, profundo, con aquellos ojos brillantes, como dos carbones encendidos.

A estas alturas, ya no me extrañaba haberme encontrado con dos desconocidos en mi casa. Tampoco me maravillaba que Dios y el diablo hubiesen tenido tal ocurrencia, como la visita inesperada de dos viejos amigos.
                                            
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