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LAS HISTORIAS DE QENA

Drako

Drako

 Hoy, el día en el que por fin me he convencido de que nada volverá a ser como antes, he decidido dejaros este testimonio, este desahogo. Nos adjudican, como elogio, que somos el mejor amigo del hombre, ¿pero quién es el que se beneficia de esta cualidad que sin duda no podemos evitar que adorne nuestra animalidad?Cada año lanza grandes campañas publicitarias para concienciar al gran publico de que no nos abandones con aquello de “él nunca lo aria”, pero seguimos siendo sus mas fieles amigos a pesar de todo lo que nos hacen los humanos, que se llaman a si mismos amantes de los animales.

Cada vez me convenzo mas que es puro escaparate, pura publicidad para auto convencerse de que no son lo que en realidad no son.Hipócritas convencidos de su gran superioridad humana.

Estoy convencido de la gran superioridad del humano, de su potente raciocinio y poder para desarrollar variadas habilidades, pero sin duda la fidelidad y el compromiso no son su fuerte. Sin embargo, para nosotros, una caricia, un reconocimiento supone tanto, que nos hace hasta minimizar, sus a veces, imperdonables olvidos.Todo cambió cuando llegó Laila. Ahora recuerdo, es cierto, que los meses anteriores, él me dejaba algunas veces en casa, y aunque me molestaba, no le di mucha importancia, lo atribuí a que últimamente yo andaba más despacio, me habían empezado a doler los huesos, pero estaba convencido que me necesitaba para sortear los peligros de la calle y jamás prescindiría de mí.

Aquel fatídico día en que ella llegó, cuando él cogió el arnés, como siempre, yo me acerqué, me apartó con delicadeza. Vi con sorpresa que se lo ponía a Laila. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo y no pude evitar sentir una punzada de decepción en las tripas. Recuerdo que esa mañana, solo en casa, invertí esas largas horas en pensar lo que había hecho mal los días anteriores. Por mucho que busqué errores, no los pude encontrar, estaba convencido que yo había trabajado como siempre.

Los primeros recuerdos de mi existencia son de juegos y travesuras. Pero pronto fui a la escuela, y aunque empecé con el entrenamiento, recibía felicitaciones por hacer lo que me enseñaban. Andar en línea recta o esquivar cualquier obstáculo, siempre iba seguido de una caricia del monitor. Obedecer sus órdenes de gira a la derecha, gira a la izquierda, busca escaleras… era premiado con aquellas tres palabras que tanto me gustaba escuchar “¡muy bien Drako!”.

Después de unos meses, cuando ya lo sabía hacer todo muy bien, llegó él. Me costó un poco acostumbrarme a un nuevo dueño, pero vinimos aquí y yo he disfrutado durante muchos años demostrándole lo bien que cumplía mis cometidos. Es cierto que a veces me despistaba un poco, si veía a otro perro, o me entretenía con algún olor al que no me podía resistir, pero siempre intentaba sobreponerme y cumplir, con lo que sabía que era mi obligación. A veces me daban envidia ésos que podían corretear solos y libres por la calle, o los que simplemente paseaban sin mayor preocupación, pero llegué a entender la importancia de mi misión, cuando me di cuenta que la gente me admiraba: “¡Lo que sabe hacer!”, “¡mira cómo ha buscado la puerta!”, eran frases que yo escuchaba con regocijo.

Laila era alegre y vivaracha. Le gustaba correr y saltar, yo tenía que tener mucho cuidado, pues me daba cuenta que mis reflejos para apartarme fallaban con frecuencia. Envidiaba su vitalidad, su fuerza y su alegría. Me invitaba a jugar, pero nunca acepté porque lo que quería era que desapareciese, me estaba robando lo más importante para mí: las felicitaciones y el aprecio de él. Además estaba obligado a soportar que ella me quitase a veces mi sitio, incluso me llegó a romper la colchoneta donde yo dormía.

Cuando los dos volvían a casa, él me seguía atendiendo como antes, me aseaba y me daba de comer. Me acariciaba y me mimaba como siempre. Pero yo sentía que ya no le era de utilidad, era como si me regalase algo a lo que no tenía derecho, no me merecía.

Cuando me llevaba a hacer mis necesidades, yo aprovechaba esas pequeñas salidas, para demostrarle que no había olvidado mis conocimientos, no le dejaba seguir si había algún obstáculo, me paraba al llegar a un escalón, etc., quería explicarle que seguía sirviendo, que sabía interpretar mi papel, pero de nada me valió, cada mañana se iba con Laila y yo me quedaba solo.

Ayer presentí que algo trágico ocurría. A la hora en la que debían volver del trabajo, entró solo, me acerqué como siempre pero él me ignoró. Estaba nervioso, se movía de un lado para otro sin que yo pudiese comprender el propósito que lo dirigía. Le llamaron por teléfono y le oí contar que la causa había sido un coche que pasó a toda velocidad. Entonces tuve el presentimiento de que Laila no me molestaría más. Inmediatamente pensé, que al día siguiente, todo volvería a ser como antes.

Esta mañana cuando se levantó y me dio de comer, yo esperé ansioso y me preparé como si fuese a partir con él. Pero lo vi coger su bastón blanco, me hizo una leve caricia y cerró la puerta como otros muchos días. No he podido evitar que los remordimientos y la desilusión tiñan estas horas que han pasado, al comprender que no podré realizar nunca más aquello que únicamente ha dado sentido a mi vida, el guiar a una persona ciega.

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