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LAS HISTORIAS DE QENA

Bajo la luz

Bajo la luz

El cielo encapotado se iluminó bajo el gruñir del primer rayo de la tormenta. Durante toda la tarde las nubes se habían ido juntando y oscureciéndose lentamente y de forma insegura hasta que por fin, entrada la noche, despertaron y decidieron descargar toda su furia en forma de agua, rayos y truenos. Los edificios, parques, coches... todo se iluminó en un breve periodo de tiempo bajo la luz brillante de la tormenta. Durante ese instante toda la ciudad se ve de un modo distinto. Unos ojos verdes miran por la ventana a través de los chorros de agua que corren por ella a unas pocas personas, que corren buscando un refugio en el cual guarecerse de la repentina descarga de agua. Los ojos vuelven al libro que estaban leyendo, en su portada se puede leer “Cuentos Populares”. Lo sostiene entre sus pequeñas y delicadas manos como si fuera un tesoro, como si cada página tuviera un valor incalculable. Se encuentra inmersa en su lectura bajo el calor de un radiador y con la sola iluminación de una lamparilla colocada a su derecha. Su melena suelta, resulta más brillante bajo esta luz. El sillón sobre el que reposa no es muy grande; en él se siente protegida de la tormenta que azota el exterior. La sala se completa con una estantería que ocupa toda la pared, repleta de libros. Los hay viejos, nuevos, desgastados, grandes, pequeños, de tapa dura, de tapa blanda... En el tabique restante sólo se distingue una partida de nacimiento con el nombre Fernanda González Huero, 30 de mayo de 1982. La decoración se limita a un cuadro en el que aparecen un hombre y una mujer adultos en blanco y negro. Aparecen felices esbozando una inocente sonrisa. Los rasgos de la mujer coinciden con los de la persona que está sentada en el sillón: la misma mirada, la misma nariz, la misma boca.... Aunque Fernanda sabe que la esencia de esas personas ya sólo sobrevive en esa foto y en los corazones que los amaron, no puede dejar de pensar en aquel fatídico día en el cual los seres que la dieron su vida, perdieron la suya en un accidente de tráfico. Lo intenta, pero cada vez le bombardea la cabeza la imagen de su padre y su madre cubiertos de sangre, inmóviles, sin un ápice de vida... La tormenta interior de Fernanda, al igual que la que azota la ciudad, también se manifiesta en forma de agua y por sus ojos, comienza a caer una fina gota de dolor. La deja correr hasta la comisura de la boca donde se para, como si no consiguiera sobrevivir en el mundo exterior al cual nunca debería haber salido. A esa lágrima la siguen sus hermanas para volver a unirse en la mejilla.

 

Cada recuerdo es una espina que se clava en su cabeza. Ahora le comprende, pero ella no es tan fuerte; recuerda a su madre en la cocina mientras escuchaba las inquietudes e historias de una niña inocente. Su padre, sentado sobre el borde de la cama, le cuenta el cuento que tantas veces ha escuchado antes de cerrar sus pequeños ojos y que Morfeo la acogiera en su brazos.

 

Deja el libro sobre la mesilla donde descansa la lámpara y se encoge en el sillón todavía con las lágrimas sobre su rostro. El sueño comienza a apoderarse de ella. Apaga la luz, la habitación queda oscuras, sólo rota por el destello de los relámpagos. Bajo el hipnotizador sonido de la lluvia, poco a poco la mujer se rinde a un sueño intranquilo. Esta vez no ha habido cuento pero en sus sueños ve como sus padres se acercan al sillón para relatarle por última vez el cuento que nunca debieron dejar de contarla.

 
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