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LAS HISTORIAS DE QENA

Su destino final (parte quinta)

Su destino final (parte quinta)

Después de comer algo en un bar, descansó sentado en el banco de un jardín público, junto a una fuente, concentrándose, preparándose para la última escena que todavía le faltaba por representar. Antes de parar un taxi y dirigirse a la iglesia, se fue a los lavabos de la estación. Sentado el retrete montó el silenciador. Comprobó el buen funcionamiento del arma y se la metió en la cintura. Para acabar, se fumó un último cigarrillo, sosegado, con la mente clara, sin pensar en nada.

 

Se presentó en la iglesia media hora antes de la misa. Estudió minucioso las posibles vías de escape por si había complicaciones. Inspeccionó el magnífico edifico de estilo colonial, de bellas pulidas paredes blancas y centelleantes cristaleras, que con su desafíante luminosidad inundaban de luz toda la plaza adyacente, donde se erigía solitaria la iglesia de Santa Ana.

 

Cuando entró en el edificio, la humedad y la brisa de la tarde lo aliviaron, alejando de él el sopor de aquel día caluroso, que durante todo el viaje le había producido una sensación molesta de ahogo. La iglesia estaba repleta, hasta los topes. A parte de algunos obreros, la mayoría eran jornaleros y campesinos. No se sentó ni adelante ni muy atrás, siempre buscando con eficacia pasar desapercibido. El sermón no había comenzado aunque el párroco rebelde ya había hecho acto de presencia, cuando el asesino percibió como alguien le saludaba, dándole un codazo amistoso en las costillas. Del susto y del golpe inesperado, a punto estuvo de perder su pistola que comenzaba a deslizarse hacia la ingle. La detuvo con un movimiento rápido de su mano. El viejito surgió de la nada, a su lado, y sonriente, como siempre, le dirigió la palabra:

 

- ¿Dónde se había metido? Ya me estaba poniendo nervioso. Pensaba que se había perdido por ahí -- y sin darle tiempo a responder, lanzó la siguiente pregunta, - ¿Qué?, ¿ Le gusta la ciudad?

 

- Sí, no está mal - dijo conforme recobraba la calma.

 

- Ah por cierto, se me olvidaba. ¿Quiere usted conocer a nuestro curita? – le preguntó bajando la voz con una mirada persuasiva, de cómplice. Sus ojos azules brillaban risueños.

 

El asesino se lo quedó mirando unos instantes y por fin, sin demostrar demasiado interés, como él que no quiere la cosa, preguntó incrédulo:

 

- ¿ Es una broma?

 

- ¿Broma? ¡Qué va a tratarse de una broma! Lo digo en serio - respondió el anciano irrita‹o, y añadió con más calma:

 

- Escuche, cuando se acabe la misa, después de saludar a los presentes, él va estar en el último confesorio de la izquierda, impartiendo la absolución. Usted espere a que todos hayan confesado, por supuesto yo también, y luego usted se acerca y charla con él. Ya se lo he dicho y no tiene ningún inconveniente - sentenció el anciano, aparentemente contento con su propuesta

 

- ¿ Sí?, ¿ Pero usted le conoce? -- preguntó extrañado.

 

- Sólo un poquito – respondió el viejito, dándose importancia

 

- ¿Qué le parece la idea? – inquirió el anciano.

 

- ¿ Y por qué no? – exclamó él con un movimiento de hombros.

 

- Pues no se hable más...

 
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