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LAS HISTORIAS DE QENA

El canto de sirenas

El canto de sirenas

El cielo atravesaba por una extraña serenidad, las gaviotas lentamente se alejan y dejan de rasgar con sus alas las bajas nubes, y éstas blancas y brillantes escultoras de formas imaginarias, levemente van aflojando su paso, el poderoso Eolo busca reposar su pasional quietud en la blanquecina y suave arena que cubre el rededor de esta anciana isla, tan llena de verdes espesuras y tonalidad de especies.

 

Reptadoras lagartijas suben por los ajustados cuerpos de las palmeras que de vez en cuando ayudadas por el viento marino se agachan para intentar rascar con sus palmas la ribera; una de esas lagartijas, larguirucha y pálida, cae abruptamente y cuando toca suelo corre hacia la orilla de la playa, se queda inmóvil, quizás mirando la brillante y espumosa ola que viene, la escudriña con leves movimientos y cuando el agua se acerca, la lagartija sale huyendo hasta ponerse a salvo, retrocede un poco más y asustada por la fuerza del oleaje se acerca a las hierbas y se pierde en la vegetación.

 

Un hombre alto de piel morena, con el torso desnudo y resplandeciente, camina remojando sus pies, puestos al descubierto por los dobladillos de aquel pantalón gris, en el borde del agua, cuando ésta se retira, el hombre mira el suelo y toma una enorme y marmórea caracola, la levanta y la observa fija y detenidamente, como tratando de desentrañar sus misterios, la lleva a su oído buscando evocar el rugido de la mar, le suena y le oye, extrañamente el sonido se empieza a extinguir como alejándose de forma lenta hasta que desaparece, su lugar ahora es ocupado por un canto femenino, dulce y profundo, sireno. El hombre solo frunce el entrecejo en aparente signo de incomprensión, su rostro cambia cuando el canto ocupa todo el espacio de la caracola, retira a ésta de su cabeza un poco intimidado, pero el canto ya ha rebasado las fronteras de la concha, todo lo inunda y todo lo demás calla, el hombre lleno de admiración retrocede y suelta la caracola mientras unas lágrimas sucumben ante tal belleza, cae en la cuenta que tal cosa viene de la mar, pues en ningún otro lado puede tener su nacimiento tan hermosa voz. Durante largo tiempo el canto sigue y el hombre ha decidido subir a la punta de un peñasco para mirar, si es posible, a tan noble dama, cuando cree ver algo a la distancia, la deliciosa melodía empieza a huirse paulatinamente y, cuando desaparece del todo, los demás ruidos regresan de manera rugosa, la otra música, a la que él está tan acostumbrado y disfruta todo el tiempo, se queda sentado al borde de la roca y enjuga las lágrimas, se siente tranquilo; al poco rato decide levantarse y marcharse de regreso a la aldea. Cuando llega, todos están en sus actividades normales, pareciera que nadie más escuchó el canto; decide no mencionar nada, por miedo a que se le señale de lunático o enfermo.

 

La siguiente mañana, el hombre va directo a su trabajo, con su machete al cinto y un sombrero de paja carcomida, un morral de cuero cruza la abertura de la camisa que sólo se detiene ante un enorme nudo a la altura de la cintura y arremangada hasta debajo de los codos. Después de andar una hora por una vereda llega a la cañada, se junta con los demás jornaleros, éstos hablan de la borrachera de la noche anterior, de las mujeres del pueblo o del trabajo; sin embargo, este hombre calla su secreto, se le revuelve en el corazón, quisiera decirlo a todos, pero lo calla. Llega el patrón y les da indicaciones de que comiencen a trabajar, que corten más caña que el día anterior, que pobre de aquel que corte menos, pues puede reducirle su pago, también perderá el trabajo.

Después de trajinar arduamente los jornaleros suspenden las labores de ese día, pues el sol todo lo consume; el hombre saca de su morral una botella de agua y unos chorizos envueltos en un trapo ajado, el patrón a su vez llama a todos los empleados para darles su pago, pues es sábado; el hombre se levanta y se pone en una lenta fila de veintena trabajadores sudorosos y extenuados, cuando llega a la mesa del patrón, debajo de aquel frondoso y alto árbol, el patrón le paga solo la mitad de lo que le corresponde y lo amenaza que si el lunes trabaja igual, ya no tendrá trabajo alguno en el cañaveral. El hombre se molesta, intenta discutir con el patrón ésta injusticia y argumentar que hoy cortó más caña que ayer, la mirada del patrón se clava en la de él y en ese instante su guardián amaga con ciertos movimientos que no llegan a concluir en propinarle una buena paliza si le discute al patrón. El hombre se marcha balbuceando palabras entre dientes que no alcanzan a convertirse en sonidos inteligibles, va triste y junto a él viajan, en sus bolsillos, la rabia, la impotencia y la miseria; regresa hasta la playa, y no escucha el canto del día anterior. Una ola va descubriendo el terreno, otra caracola irrumpe ante sus desnudos pies, la levanta y la vuelve a llevar a su cabeza, el sonido marino se huye lentamente y el canto vuelve a emerger desde el linde entre el cielo y la mar y cobijando con un suave manto todos los rincones, el hombre deja caer la concha y se sienta en la orilla a llorar de alegría.

Al poco tiempo, siente que ha marginado sus odios, cuando la armonía ha descendido en sus entrañas liberándolas, la sublime voz se va alejando hasta que desaparece, el hombre se levanta sosegado, deja que las lágrimas sigan resbalando por el moreno rostro. Regresa al pueblo, la gente lo mira, él no mira a ningún lado, solo la melodía ronda su pensamiento, intenta imaginar a la mujer que le canta, pero lo abruma tanta hermosura, se va directo a su casa, no habla ni mira a su patrono, se acuesta en un petate y duerme complacidamente.

 

 La semana siguiente, el hombre vuelve a la playa a escuchar el canto, sabe que es el único lugar donde se siente seguro en el mundo, donde puede escapar de la miseria, no la de él, sino la del patrón.

 

Desde entonces la mar arroja caracolas a la playa para que los buenos hombres templen su ira y apacigüen sus fantasmas, aunque no todos corren la misma suerte: sólo los más afortunados encuentran a la sirena.

La imagen es de un cuadro de Soledad Fernandez

 
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