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LAS HISTORIAS DE QENA

Pollo encebollado

Pollo encebollado

El agua corría entre sus manos, mezclándose con los muslos de pollo, que serian la base del plato que había pensado para compartí con su marido y sus hijos esa noche. trozo a trozo les iba quitando toda la piel y la gasa. Los seco cuidadosamente y los metió en la fuente. Tenia mucho tiempo para pensar, mientras iba cumpliendo al mínimo detalle con las indicaciones del recetario que la regalo su madre.

Junto con los restos de pollo se iban acumulando los restos de medio kilo de cebollas. Ya limpias y cortaditas, las coloco en otro recipiente.

Eran cuatro las comidas que le vinieron a la mente. Las puso en orden, no sabia si por la importante de las mismas o por los sentimientos que ellas despertaban.

A su abuela paterna la recordaba transpirando en la cocina, en vísperas del día de Navidad, preparando el manjar que para ellos representaba “Las migas”. Siempre se quejaba, después de haberlas comido, que no era un plato adecuado para esa fecha.

Con los recuerdos pululando por salir, abrió la alacena para sacar la sal y la pimienta, que servirían de adobo al pollo. Coloco aceite en la cacerola y doro el pollo. Mientras lo hacia, veía a su abuela materna amasando con sus manos lo que seria el postre.

Una vez dorado el pollo y vuelto a poner en la fuente, coloco un trozo de mantequilla, espero a que se derritiera y agrego las cebollas con un vaso de agua, otro de vino blanco y un cubito de caldo de verduras. Viendo como la mezcla empezaba a hervir, llego con un recuerdo: su tío abuelo.

Cuando volvió al presente introdujo el pollo en la cacerola. Pelo un kilo de patatas , que acompañarían pollo.  Cortándolas en pequeños cuadraditos, quedaron preparadas para freír en el aceite.

Esperando a que esto sucediera, llego a su mente la vieja casa reformada, “La Charpona”, finca situada en Toledo, donde vivía su bisabuela.

Mesas bien puestas, vajillas finísimas. Uno a uno iban llegando . todos tan callados y fríos, como la comida del primero de enero. La comida era buena y sabrosa, pero en el plato se perdía, no le molestaba ese clima, era calma que llegaba después del 31.

Era como para ir poniéndolos en clima de que las cuatro reuniones iban llegando a su fin y volvía la rutina del resto del año.

Con las patatas ya doradas y el pololo bien cocido, llamo a los chicos y a su marido y disfrutaron juntos de la cena.

 

 

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