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Cuando el amanecer llega

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Oigo millones de voces gritar mi nombre y mientras arranco mi carne, siento ganas de morir nuevamente, sumergirme en la no presencia, la tranquilidad eterna.

 

De noche salgo renacido del reposo en mi refugio, entre negras sombras confundida, acechando a través de la oscuridad el nuevo y dulce olor a sangre.

 

Descubro emisiones de líquidos que confundo entre deseos y realidad y para evitarlo, reanudo una noche más el ritual, proceso que me permite sentir de nuevo confianza en mí misma, acrecentar mi capacidad de decisión hacia una víctima que me asegure la vida, al menos durante un día más.

 

Tras finalizar el culto a los seres ancestrales del más allá y beber de la copa sagrada me lanzo en vuelo, una noche más.

 

En el amparo del alborada tu esperas mi llegada, víctima de mi sed, me aguardas. Puedo oler tu sangre desde mi turbado vuelo, deseo amarte solamente, pero la calidez de tu néctar me abruma, me retuerce, me hace sentir el temor en mis venas, tu cuerpo ardiente para una época de decadencia.

 

Siento ganas de morir, es más mi cuerpo ya carece de vida, pues peor que la muerte humana, la mía es cruenta, puesto que bebo la sangre, la vida de las que mueren por mí, mi tiranía es de naturaleza egoísta al poseer como necesidad vital el exterminar la vida de los demás.

 

Y llegando a tu habitación, convertida en figura fantasmagórica, te miro, tú, cuerpo desnudo ante mi. Esperando en vela mi sádico capricho, me invitas a que me adentre en tu morada, porque tú ya sabías que vendría por ti, esta noche.

 

Al ver tu mirada y gestos decididos, tiemblo sin saber si es de miedo o de frío. En tus ojos leo el terror que te inspiro, pero sé que te atrae el sutil maleficio de apagar mi sed con tu vida y de sentir en tu cuello mi boca de cristal.

 

Taciturnas luces de lámpara me confunden de nuevo entre las sombras, decido despojarme de mis atuendos oscuros para poder mostrarte mi interior, con el afán de conquistar antes que tu cuerpo tu alma. Pero el experimento contigo no parece funcionar, en vez de compasión tu cuerpo comienza a temblar de horror.

 

—No, no me ofrezcas tus últimos alientos, aún queda mucho por decidir, la noche nos entera con esa enorme luna llena, tranquilo, pronto te mostraré el camino hacia el amor, hacia la eternidad.

 

Me arrodillo frente a tu cama y acaricio tus cabellos. Levanto mis manos alrededor de tu cuello y me excito al observar como el estremecimiento de placer te ha hechizado, tu dermis se me muestra suave, limpia, al unir tu piel con la mía.

 

Sorprendida oigo de tu boca amargas palabras.

 

—Créeme, no es tal sacrificio —dices sonriendo amargamente.

 

Me excito cuando mis labios buscas pleno de deseo y me besas como ningún vivo lo había hecho antes, ¿Quién es aquí la víctima? ¿No eres ya un ser de mi especie?

 

Dulcemente tumbado sobre el lecho te despojas de tus ropajes.

 

Con mirada enternecedora te me ofreces, sé que lo deseas. Y tus pectorales fríos, los siento en mi boca que ha enmudecido, encandilada. Siento deseo de morderlos y dar paso al acto iniciativo de absorción, pero, es pronto aún…

 

—En tus manos está mi destino, toma mi sangre para tu cuerpo divino, por ti moriré en amor rendido— me dices entre gemidos. Y mientras me abrazas con fuerza, siento el calor del líquido que anhelo en tus venas. Tu amor me turba, caen lágrimas rojas de mis ojos confusos.

 

—¿Querrás tú ser mi compañero de desvelos? No... mi amado, sé que es demasiado egoísta ofrecerte tal capricho, los sufrimientos son muchos ¡Oh! Me maldigo por haberte descubierto oportunidad tan oscura y abismal.

 

—No, no... déjame hablar sé que atisbas una realidad nueva, lo veo en tu mirada lánguida y alicaída, y yo puedo proporcionártela, sé que podré cumplir tus deseos y hacer de tu existencia un símbolo de todo significado. Déjame ayudarte y verás cómo tu mundo adquiere un nuevo sentido. Mi amor por ti sobrepasa las fronteras de lo posiblemente humano, de lo conocido...

 

—Calla, no hables más, no conoces mis martirios, estás hipnotizado por el delirio del placer ¿no recuerdas lo ocurrido cuando te mostré mi pasado? No permitiré que tú formes parte de mi pesadilla, no mereces tal castigo. Tal vez ya sepas demasiado.

 

—No, aún quiero saber más, antes no conocía el placer que puedo alcanzar, tú me lo has descubierto y me siento en deuda contigo...

 

—¡Oh! Eres tan hermoso que me deslumbras, pero creo que ya es tarde...— sin poder evitarlo, clavo mis fauces en su cuello, sus brazos rodean mi espalda, te tiendes sobre el lecho, cayendo mi cuerpo sobre el tuyo. Y al notar tu sangre recorriendo mi garganta, succiono con energía y caigo a tus pies aún cálidos, y vuelvo a ver la luz que se apodera de mi, la luz que me hace ser vampiro, y sin perder fuerza, mientras tu vida bebo, me introduzco en ti como nunca nadie lo hizo antes, aportando los más sublimes placeres a tu cuerpo, ahora mío.

 

Cae mi rostro sobre tu herida mortal, manchando mi mejilla. Levanto mi mirada y te veo desfallecido, solo un hilo sostiene tu vida que escapa con sigilo.

 

Acaricio tu rostro ensangrentado, veo tus ojos brillantes. Desgarro mi cuello con mis uñas, me miras cansado, esperando que las tinieblas te cubran con su mortal capa.

 

Deseo dejar de existir, quiero morir, mas el dolor me convulsiona la cordura. En un momento de locura te doy de beber mi sangre de vampiro y te aferras a mi cuello como un animal hambriento. Jadeas sediento de muerte.

 

Te aparto suavemente y te acuno entre mis brazos. Ahora eres tú quien ha nacido tras morir. Sonríes.

 

Te cojo de la mano, la luz de la amanecer advierte que nuestro enemigo llega, me miras sin comprender.

 

Ya es tarde.

 

La muerte has elegido, la luz del sol, nuestro peor adversario, con su haz cálido nos cubre. Nos quema el dorso, nuestras carnes se caen como cieno fundido y de dolor lanzas tu último alarido, pero antes nos fundimos en un largo y eterno beso, mientras nuestros cuerpos se deshacen.

 

Morimos el uno con el otro y solo las cenizas queda de nuestras carnes, cenizas que acompañan al viento en su vuelo, hasta la profundidad del océano.

 

Tal vez en algún lugar, alguien rece por nosotros, tal vez, sólo tal vez, alguien pueda perdonarme.

         
Sábado, 23 de Junio de 2007 01:40 Autor: qena. #. No hay comentarios. Comentar.

La cena

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El agua corría entre sus manos, mezclándose también con las presas de pollo, que serían la base del plato que había pensado para compartir con su marido y sus hijos esa noche. Trozo a trozo les iba quitando toda la piel y grasa. Los secó cuidadosamente y los acomodó en una fuente. Tenía mucho tiempo para pensar, mientras paso a paso iba cumpliendo al mínimo detalle con las indicaciones del recetario - regalo de su madre.


Junto con los deshechos del pollo, aún en la pileta, se iban acumulando los restos del medio kilo de cebollas de verdeo. Ya limpias y cortaditas, las colocó en otro recipiente cerca del pollo.


Eran cuatro las comidas que le vinieron a la mente. Las puso en orden, no sabía si por lo importante de las mismas o por los sentimientos que ellas despertaban.


A su abuela paterna la recordaba transpirando en la cocina, en vísperas de Noche Buena, preparando el manjar que para ellos quince representaba: “Las berenjenas rellenas”. Siempre se quejaban, después de haberlas comido con mucho gusto, que no era un plato adecuado para esa fecha.


Con los recuerdos pujando por salir, abrió la alacena para sacar la sal y la pimienta, que servirían de adobo al pollo. Colocó aceite en la cacerola y doró al descuartizado animal. Mientras lo hacía, veía a su abuela materna amasando con toda la fuerzas de sus manos lo que sería el plato principal del 25 día de Navidad y cumpleaños de su hermana, ravioles caseros, para los mismos siete comensales de cada año.


Luego de dorado el pollo y vuelto a poner en la fuente, colocó el medio pan de manteca, sin lavar la cacerola, esperó a que se derritiera y agregó las cebollas con una taza de agua, otra de vino blanco seco y medio cubito de caldo de verduras. Viendo como esa mezcla iba queriendo tomar hervor, llegó con un recuerdo: su tía abuela, Rosaura, reuniéndolos todos los 31 de Diciembre a sus ocho hermanos, sus cuñados, hijos y nietos. Eran unas cincuenta personas. Qué fiestas! El tía abuela pasaba todo el año preparando tarro a tarro lo que serían esas inolvidables entradas: alcauciles, champiñones, morrones, escabeches.

 Qué delicias!


Cuando volvió al presente, ya el hervor había dejado sus huellas sobre la cocina; con sumo cuidado introdujo el pollo en la cacerola. En la pileta ya se iban sumando las cáscaras de un kilo de patatas, que acompañarían al oliente “Pollo al estragón”.

Cortándolas en pequeños cuadraditos, quedaron preparadas para crujir en aceite. Esperando que esto suceda, llegó a su mente la vieja casa reformada de la Charpona, donde vivía su bisabuela. Como era ella y sus costumbres: fría y callada, así era la comida del primero de Enero. Mesas bien puestas, vajilla finísima, a la cual sostenían con todo cuidado. Uno a uno iban llegando los veinte de ese día. Todos tan callados y fríos. La comida era buena y sabrosa, pero en el plato se perdía. No le molestaba ese clima, era la calma que llegaba después de la fiesta del 31. Era como para ir poniéndolos en clima de que las cuatro reuniones iban llegando a su fin y volvía la rutina de los restantes 361 días.


Con las patatas ya doras y el pollo bien cocido, desocupó el fregadero y puso la mesa. Llamó a los chicos y a su marido y disfrutaron de la cena. Ella lo hizo con una nostálgica sonrisa.



 

Lunes, 25 de Junio de 2007 01:14 Autor: qena. #. No hay comentarios. Comentar.




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