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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006. El suave contacto![]() Sufrió un accidente durante la manipulación de unas vacunas. Como la doctora acostumbraba siempre a trabajar hasta tarde, nadie oyó ni vio nada. Por suerte yo me encontraba cerca, así que fui el primero en comprender que había quedado ciega. –Ayúdeme, por favor, no veo nada –su voz se perdía entre los gritos histéricos de los monos. Una disolución naranja bañaba su rostro. Me acerqué despacio, hasta situarme a unos pocos centímetros. La doctora tenía poco más de 30 años, la piel clara y el busto esbelto. Imaginé que la besaba, aprovechando la situación. Y también que ella me correspondía apasionadamente. –¿Quién es? –insistió–. ¿Es de seguridad? Un chimpancé se encontraba muy cerca, contemplándonos con aparente interés. Otros monos se movían por la estancia a su antojo, contorsionando sus cuerpos de aquí para allá, jugando con aros, o puzzles, o siguiendo el programa educativo del monitor. Una mona garabateaba círculos a en una pizarra. Le habían instalado un casco de electrodos conectado a un monitor. Un gráfico constante permitía interpretar las ondas cerebrales en una pantalla. –No se asuste –dije–. La ayudaré. Mis palabras salieron a trompicones de mi boca. La belleza de la doctora sugestionaba mi mente prehistóricamente acostumbrada a los descalabros sentimentales. Así y todo quería ayudarla. Un mono llegó desde alguna parte de un fuerte brinco y me mostró los colmillos. Como no tenía ganas de pelear le sostuve la mirada. Yo era más grande y más fuerte que él. Así que a los pocos segundos dio media vuelta y se marchó gruñendo. –Es usted muy amable, no sé como ha podido ocurrir. Le aferré la mano y comprobé que le temblaba levemente. Traté de tranquilizarla: –No tiene por qué agradecerme nada. Lo importante ahora es limpiar sus ojos.–Lo sé, si pudiera usted guiarme hasta la lavabo...... Dejé a la doctora que se expresara mientras la remolcaba sujeta a mi brazo. Era mucho más alta que yo, así que caminaba un tanto inclinada hacia adelante, como cualquiera de los monos con los que trabajaba a diario. Tuve que apartar primero a una mona que atendía en ese momento su higiene bucal. Después impregné un paño con agua y limpié con cuidado la disolución derramada. A pesar de eso estaba convencido de que no recobraría la visión hasta después de unas horas. Tenía los ojos muy irritados. Sin duda no pasaría menos de una semana aplicándose gotas especiales. La doctora siguió hablando. –De modo que eres de seguridad. –Y usted es la doctora Emma –afirmé. No necesitaba leer su placa de identificación para saber su nombre. Mientas asentía se acomodó el cabello hacia atrás, en una coleta simple. De su cabeza brotó un aroma a fresas que anegó mis sentidos. Muy cerca, un mono nos observaba con atención. Tenía un cubo de rubik en la mano, aunque no le prestaba la mínima atención. Me sentí incomodo, nunca fui de muchas palabras. Un ruido de paletas llegó a nuestro oídos. Dos monos acababan de emprender una partida de raquetas. Era increíble lo que la doctora y su equipo habían logrado con aquel grupo de simios. Se lo dije. –Pues no es nada en comparación con lo que espero. En un año habrá progresos mayores. Hay una mona que resuelve pequeños problemas deductivos. Y habráˆmás, ya lo verá. Me sudaban las manos. –Espere, le serviré un poco de agua. Llené uno de los recipientes y se lo acerqué a la doctora. Cuando lo cogió, nuestras manos se rozaron de nuevo. Tenía la piel extremadamente suave. Mucho más que la de aquellos simios velludos. Sentí que se me erizaba el cabello en la nuca. –Gracias –dijo. Todo en la doctora era gratitud y amabilidad. Le dije que sería mejor que la acompañara hasta la puerta del laboratorio. Acababa de ver una sombra en el ventanal del pasillo. El mismo mono seguía con la mirada fija en mí. Ahora le daba vueltas y más vueltas al cubo. No había completado ninguna cara. Cogí a la doctora de la cintura en un gesto amable. No era necesario, el problema lo tenía en la vista, no en las piernas, pero ella no dijo nada. Caminamos despacio hasta la puerta, mi mano sujetándola ahora fuertemente. Ella se apoyó en mi hombro. Al llegar a la puerta dije: –En este momento llega mi relevo. Supongo que no le importará que se encargue él de usted. He olvidado hacer algo importante en otro sitio. Me puso una mano en la cara. –Claro que no me importa. Has sido muy amable por ayudarme –apartó la mano de mi cara–. Espero verte otro día, en circunstancias más normales, por supuesto. La doctora sonrió. –Claro, será un placer conocerla mejor en otro momento. Escuché un ruido de pasos en el pasillo, muy cerca. La doctora dijo algo, pero yo ya me había alejado.–Adiós, me querida doctora –susurré. Me acerqué al mono que nos había estado observando todo el tiempo. Meneaba la cabeza de un lado para otro. –No deberías jugar con fuego –dijo. –Lo sé, no he podido evitarlo. –Escucha, si ellos se enteran de lo que ha pasado, nos pondrán las cosas muy difíciles a todos. Me caes bien, pero debes recordar que por muy inteligente que te creas, o por muy bien que imites su lenguaje, no dejas de ser un mono. –Tienes toda la razón –dije. Pero mi corazón no decía lo mismo.Una mañana perdida![]() Me corren hormigas entre los pies y parece que se hincharan mis manos, hoy es viernes, el mismo de cada semana lleno de sol y mucha gente en la calle aguardando la noche para la rumba de oficio. Es la una menos veinte de la tarde, con el número 348 en mis manos indicando el lugar que me corresponde en la caja del banco para hacer efectivo el pago del cheque. Voy desgranando las horas de apremio que todos tenemos en la cara. Delante de mí el tique señala 47 personas antes que yo. A mi alrededor es inevitable que rápidamente hago un conceo mental de la cantidad de personas de dentro del banco: hay jóvenes, viejas, morenas, blancas, feas, bonitas, mal humoradas y chistosas que sacan cuentas con sus papelitos. Algunas llegan entre bromas y en serio a decir que apostarán al triple del día. En una esquina, hacia una altura de unos dos metros y tanto, una pantalla de televisión intenta alegrarnos la mañana con la programación en vivo, apenas se nscucha, los oídos se nos llenan de las conversaciones de todos los que estamos en espera. Todo tipo de charlas en voz baja y entre dientes se dejan pasar por horas. Es inevitable escucharlas, aun con nuestra atención en los números que reflejan las pantallas digitales de cada caja. “Prohibido usar el móvil” señala un aviso debajo de la cajera morena, a la que trato de enfocar en el centro de mi concentración mental induciéndole el pensamiento para que haga menos chistes y apriete el Enter de su computadora a ver si mueve los números. El mismo aviso se repite en varios sitios visibles del banco, debería estar claro que no puede usarse teléfono dentro de las instalaciones bancarias, sin embargo, a mi lado, una mujer de cabello corto y lentes de sol inexplicablemente tapándoles los ojos se entretiene con una llamada de varios minutos. Nadie presta atención a ese detalle, seguramente a mí me pasaría desapercibido si no fuera por el ocio de esperar por 47 personas que deben pasar por caja antes que yo. Le habla en voz baja a su interlocutor y de vez en cuando la levanta, escapándosele algún detalle revelador de la conversación, la cual no parece nada elegante y mucho menos amigable. Llega a cada rato más y más gente, se habla de todo en el ambiente, y los cajeros se intercambian comentarios de la jornada etílica que dentro de un rato les tocará para cerrar el día. Después de esperar casi dos horas y media, la pantalla señala mi número -el 348-, y presuroso me planto frente a la cajera con el DNI y el cheque en mano. - Señor, tiene que esperar mientras confirmamos la emisión, tenga este tique y espere que ya le llamamos. Un nuevo número me entrega la cajera que tengo entre las cejas para que pulse el Enter. Me río por dentro diciéndome: “después de todo sí es efectivo, aunque tardío, inducirle el pensamiento a la cajerita”. - Muy bien, esperaremos de nuevo, - le respondí. La mujer del teléfono hace rato que ha dejado de hablar, aún tiene las gafas oscuras y está sentada en el mismo sitio como atornillada esperando su turno. En todo este tiempo he ido venciendo la incomodidad de estar parada por un buen rato, he mirado a todos lados, saludado en ritual de cortesía a uno que otro conocido y comentado cualquier cosa para matar el tiempo. Después de todo ello, me acerco a la mujer de gafas por la curiosidad de sus ojos tapados y le pregunto: - Disculpe, ¿qué número tiene?- El 438, ¿y a usted? - Yo tengo el 348, estoy esperando la confirmación del cheque…pero con toda esta gente por delante Ud. tendrá que venir el lunes, le falta bastante todavía… Son los mismos números en orden distinto y lo noto enseguida. No tiene ningún interés en entablar conversación, y de manera más o menos tranquila mira a ratos la pantalla del teléfono, es evidente que su inclinación está más hacia el móvil que a los números. Detrás de los gafas oscuras se aprecian apenas unos ojos tranquilos que parecen no importarle el tiempo de espera, como quien mira a todos y no ve nada porque sencillamente está en otro lugar. Es una mujer joven y delgada con una expresión nostálgica que contrasta con el torbellino bancario de un viernes de fin de mes. Mirándola con detalle me recuerda mi maestra de cuarto curso, tenía un genio terrible detrás de una mirada serena de ojos pequeñitos. Después de un buen rato, con lo cual sumaría más de tres horas en el banco, me acerco hasta el supervisor en demanda de información. - Perdone, ¿qué ha pasado con mi cheque? - ¿Cuál cheque?... - El cheque que entregué a la cajera a favor de Manufacturas Rapidísima. - Ahh… déjeme ver si está en este lote…, tienes que esperarse porque no hay línea para llamar por teléfono y confirmar la emisión. - ¿Cuánto tiempo? Hace ya casi tres horas que estoy en el banco… - No sé… espere.. Al lado del vigilante, una eslogan destaca el lema comercial del banco: “Te apoyamos”, letras grandes y notorias acompañan una cara sonriente de un cajero virtual que, encorbatado de azul y pulcra camisa blanca, hace entrega de un fajo de billetes a un cliente en una indubitable muestra de servicio y amabilidad. Es inevitable que me pregunte si estaré en el banco de la publicidad. En un arranque de velocidad inusitada, las pantallas digitales comenzaron a moverse en promedio mayor que las horas previas, es evidente que el número de personas atendidas ha ido creciendo. A las cuatro y diez minutos de la tarde, cuando el propósito de mi visita al banco ya comenzaba a olvidarlo, el director me llama a su despacho a fin de explicarme las dificultades para confirmar la emisión del cheque. Mi molestia era inocultable y el director, en un gesto de amabilidad que no había mostrado antes, trata de convencerme del improbable desembolso. Mientras me explica, atareado con casos como el mío y otros similares, las pantallas van mostrando nuevos números. Al mirar a mi derecha observo en la pantalla de la cajera # 1 -a la que estuve toda la tarde induciéndole el Enter- el tique 438. Me doy cuenta del tiempo transcurrido, entonces y el director en el acto me dice de modo determinante: - Debido a la hora y el día no podemos atenderle hoy. Tendrá que venir el lunes… No teniendo nada. Sin más que hac*r en el bendito banco y con la rabia de haber perdido toda la mañana, me dirijo hacia la salida. En la puerta me encuentro con la mujer de gafas, que también iba de salida, apenas le veo por última vez los ojos. Antes de montarse en el coche que le esperaba en el aparcamiento, justo mientras abría lt puerta, se quita los gafas y me dice: - Yo no soy tu maestra de cuarto grado.
La sala de embarque![]() Mi destino era el corazón de Islandia. Mi reto, encontrar aventuras y volver sano y salvo a mi casa, donde nadie conocía mis intenciones. Tenía dos horas de espera en aquel edificio de despedidas, bienvenidas y estancias cortas. Como la mía: yo venía de paso. Eran sólo ciento veinte minutos de escala en el aeropuerto de Charles de Gaulles, en París. Pero era el tiempo suficiente para que éste cumpliera sus tres funciones: saludarme con un cartel con la palabra “Bienvenido” en cinco idiomas, acompañarme durante estas dos horas y despedirme con otra señal que me deseara buen viaje en los mismos cinco idiomas. Todavía no había bajado del avión cuando una libélula se estrelló contra la ventanilla por la que había estado todo el viaje evitando mirar, debido a mi poco gusto por los aviones y las alturas. Nunca había visto un insecto en una pista de aterrizaje, y entonces se desencadenaron todos esos pensamientos sobre primeras impresiones mientras buscaba la puerta por donde debería embarcar más tarde. Aún me quedaba mucho tiempo y busqué una silla para sentarme. Nunca me han gustado esos asientos de plástico, que como los de cualquier sala de espera parece que están hechos así para que te canses de esperar y te marches antes de hacerles trabajar. Porque, siendo francos, el problema de urgencias de la sanidad pública no es el tiempo que tienes que aguardar para ser atendido, sino el lugar donde tienes que hacerlo. Usando ya uno de estos magníficos plásticos azulados, saqué la revista de viajes que compré en diciembre, que incluía un reportaje sobre la fría zona –a pesar de ser verano- a donde me dirigía. Antes de ponerme a leer, un joven sentado en el no más cómodo asiento de enfrente llamó mi atención. Sin más equipaje que una mochila de colegio, estaba escuchando una animada música con sus cascos pero permitiendo que yo la escuchara sin llegar a adivinar que canción era. El muchacho estaba intentando, sin demasiado éxito, poner atención en el cuadernillo en el que escribía. Usé la vieja forma con la que solía copiar en la universidad y alargué el cuello para leer su escrito. Apenas había una palabra legible, pero el idioma resultaba desconocido para mí. Sus ojos hablaban por sí mismos, decían que su pensamiento no era capaz de escribir nada coherente; su inspiración se debió de quedar en el avión. Es una lástima que ésta no actúe como la sombra. Lloraba con calma, dejando caer las lágrimas una a una, sin precipitarse; sin ganas de poner un muro a la salida de sus sentimientos, que caían débilmente en forma de gotas de agua salada. Parece que, aunque con pena, estaba disfrutando mientras lloraba; quizá estuviera recordando los buenos momentos de un viaje del que regresaba, o de la vida que dejaba atrás para comenzar una nueva. Notó que le estaba mirando, y no se ruborizó ni se mostró inquieto, no se secó las lágrimas ni fingió una serenidad que hubiera sido imposible creer. Continuó llorando, disfrutando; como si no fuera a parar hasta que los sentimientos ya no pudieran transformarse en agua. Me dieron ganas de preguntarle los motivos, de escucharle durante horas, de quizá acabar llorando yo también. Esto último no sería difícil, pues noté que aunque tragaba saliva no conseguía pasar ese nudo que se me había formado en la garganta. Pero había algo que me contenía, no era capaz de articular palabra. Si finalmente me decidiera a preguntar; quizá se hubiera sentido intimidado, o igual hubiera estado encantado de contar a alguien desconocido las razones, una por una, de cada lágrima. Todas mis dudas se disiparon cuando vi en su macuto entreabierto un diccionario de inglés-alemán. Aunque podríamos habernos comunicado en la lengua inglesa, no quise forzarlo; pues si ya le hubiera resultado difícil expresar ciertos sentimientos en la lengua materna, no hablemos ya de intentar explicar cierta pena en un idioma ajeno a una persona cuya lengua tampoco era el inglés. Además, los alemanes siempre han tenido cierta fama de fríos, y quizá no tuviera ninguna gana de hablar de un tema que le provocaba un llanto apaciguado. Pero esa mirada guardaba muchos recuerdos e ilusiones que debían ser contados. Por fin decidí que si quisiera hablar el mismo daría señales para ello. Una decisión de la que me arrepentiría toda mi vida. Guardó el cuaderno en el que apenas habría escrito cuatro líneas y sacó un enorme bocadillo envuelto en papel albal que una vez estuvo libre, mordió sin demasiado ahínco; mientras algunas lágrimas cada vez más lentas y finas seguían formando un pequeño charco en el suelo tras descender por sus mejillas. Aunque no hacía tanto calor como otros años en el mes de julio, el muchacho iba demasiado abrigado para el tiempo que hacía: unas botas de monte manchadas de barro, pantalones vaqueros en los que, sin quitárselos, hubiera podido meter toda su pena si quisiera; y una sudadera amplia en la que se leía “libertad” en inglés. Al leer aquella palabra pensé que quizá se sintiera esclavo de sus recuerdos y necesitaba contarlo al mundo, entonces quizá no le hubiera importado hablar de ello. Lástima que la decisión ya la había tomado, y aunque titubeé unos segundos no la cambié. Miró su muñeca izquierda, donde llevaba una pulsera de cuero negro y un reloj digital, y se levantó cogiendo su mochila. De camino a la puerta de embarque, se paró en una papelera para tirar el albal de su bocata y quizá algún sentimiento; esta vez sí, se secó la cara y sacó su billete. Le perdí de vista cuando caminaba arrastrando los pies por aquel pasillo que le llevaría a su avión. Parecía no querer marcharse, parecía querer quedarse en aquel edificio de las tres funciones. Pensé que quizá lo que realmente quería era explicarme su historia, pero deseché esta idea al pensarlo dos veces. Me dieron ganas de coger ese avión, de seguirle, de preguntarle. Pero como otras muchas veces, eran unas ganas impulsivas, de las que no solía llevar a cabo y a veces me arrepintiera por ello. En aquel momento no supe adivinar que esta vez sería una de esas en las que maldecía mi persona y todo lo que se a ella concernía. Sin darme cuenta había pasado una hora de mi vida intentando vivir la de un joven con lágrimas sinceras, y aún hoy ese chico sigue dando vueltas por mi cabeza, todavía llorando. Intenté concentrarme en mi revista, pero mi mirada iba directa al asiento de plástico donde había estado sentado el chaval. Mis pensamientos iban más allá: ya habían hecho por lo menos diez hipótesis sobre el motivo de su llanto. Debía estar nervioso, con cierto sentimiento de culpa por no haber avisado a nadie; pensando en lo que aquel viaje me esperaba y cómo me cambiaría, pues todos mis anteriores viajes me habían marcado de alguna forma. En la hora siguiente no conseguí pensar en otra cosa. Salí a la calle para fumarme un cigarro, que aunque no lo hiciera a menudo disfrutaba con ello. Pasaba gente, y algunos, como el joven de las lágrimas ordenadas, caminaban absortos en sus recuerdos. Otros pensarían que yo también lo estaba, pero lo que ellos no sabían era que en aquel momento mis recuerdos pretendían penetrar en los de un chaval desconocido e intentar adivinar cuánto tiempo tardó en secarse interiormente. Llegó la hora de coger mi vuelo, y esos pensamientos volaron conmigo. Durante toda mi estancia en Islandia no pude usar mi cabeza para otra cosa, incluso en algún momento me sorprendí con lágrimas en los ojos, pero éstas eran lágrimas rápidas, desordenadas, impacientes por salir. Quizá el llorar fuera un arte, y yo aún no lo había comprendido. No pasó una semana cuando ya estaba de vuelta en casa. Los recuerdos no me dejaron disfrutar del viaje. De hecho, cuando un amigo me preguntó que qué me había aportado este viaje, contesté que había aprendido que realmente no sabía no llorar. No sabría describir su gesto facial de aquel momento. “¿Has ido a Islandia para volver diciendo esa gilipollez, que no sabes llorar?”. Mayor fue su asombro cuando le expliqué que no me hizo falta llegar a mi destino. Que sin acabar el vuelo de ida ya llegué a esa conclusión. Que dediqué todos mis días en esa isla en reafirmarla. Pero el no conocía a nadie que llorara de tal forma como lo hacía aquel chaval, y yo no estaba dispuesto a explicárselo. Aún hoy, dos años después, no he aprendido a llorar. He buscado a aquel muchacho durante todo mi tiempo libre. He vuelto, una y mil veces, a esa sala de espera de Charles de Gaulles. He escrito anuncios en las páginas de contactos de los periódicos de su país y he ido a algunos programas de televisión y de radio. Se trata de una búsqueda difícil, quizá imposible; pero aquel chico de lágrimas limpias y ordenadas significó en mi vida un antes y un después. No hay día que no recuerde ese pequeño charco que formó tan sutilmente. Si hubiera hablado con él aquella tarde de julio quizá conocería el arte de las lágrimas tan bien que no dudaría en ir a un aeropuerto a hacerlo, aunque tuviera que pasarme horas sentado en esas incómodas sillas de plástico azul.
El gigante egoista (Oscar Wilde)![]() Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.
La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.
-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.
Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.
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LAS HISTORIAS DE QENACuentos escritos por Qena para el deleite de quien los lea.
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