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LAS HISTORIAS DE QENA

La negra

La negra

 

Venida quién sabe de donde, o por qué, un día, como salida de la nada, apareció en mi casa una pequeña gata negra, y se instaló en ella sin esperar a tener mi permiso.

De largos pelos, y ojos vivaces, fue, con sus actitudes cariñosas, ganándose un lugar en mi vida, a tal punto que llegó a límites tan insospechados, como el de dormir en los pies de mi cama.

Mi peludo despertador mañanero, parecía conocer mis horarios, y me despertaba jugando, esperando que la tomara entre mis manos y la acariciara agradecida.

Ella era quién esperaba mi regreso, y la silente compañía de mis noches de desvelos, y yo, agradecida que compartiera mi soledad, la dejaba trepar, y fingiendo que me molestaba su ronroneo, me hacía rogar las caricias que después entregaba a su negro pelo.

Una noche que regresé a casa más tarde que de costumbre, me llamó la atención que no estuviera esperándome, pero pensé que debía de haber salido por la ventana que, prudentemente no olvidaba dejar abierta.

Esperé largo rato leyendo, y cuando me aprestaba a dormir, unos maullidos lastimeros me hicieron saltar de la cama.

Allí estaba mi gata, herida y llena de magulladuras, se había aventurado a conocer el mundo, y éste, la había tratado con la agresión que lo caracteriza.

Le prodigué mis mejores cuidados, y cuando partí por la mañana me pareció que se sentía mejor.

Ese día regresé temprano, pero por más que busqué por todos lados, mi gata no estaba. Se había ido, y con el paso de las horas comprendí que por su amor hacia mí se fue a morir lejos, evitándome así la dolorosa tarea de sepultarla.

Hoy ya ha pasado mucho tiempo desde aquello. Mi gata es solo el recuerdo que guardo de alguien que me amó, pero aún pienso en el ejemplo que nos dan los animales, a nosotros, los seres humanos, ya que ellos, antes de dar un dolor a quién aman, prefieren irse lejos.

  

Angela

Angela

 

El sonido de la puerta al cerrarse retumbó en toda la habitación. Ángela se había marchado, y esta vez, como había ocurrido en anteriores ocasiones, existían los indicios necesarios para llegar a la conclusión de que Ángela no volvería jamás. Dionisio lo sabía, no era la primera vez que ocurría. Siempre era igual, una cuestión de tiempo. Ninguna mujer era capaz de resistir la forma de amar que tenía Dionisio, si es que era amor lo que realmente transmitía. Ángela invadía todo en él, aunque a su manera, una manera muy especial que tan solo él era capaz de reconocer. Desde que la había conocido hacía ya mas de dos años, ella se había instalado cómodamente en su corazón y en todo, absolutamente en todo lo que él hacía o decía, Ángela estaba presente. Era imposible hacer o sentir sin que su imagen se precipitara por delante predeterminando de forma inconsciente sus decisiones y su actuar. Cualquier posibilidad de disfrutar o tan solo de sonreír, dependía de ella. Pero eso Ángela no lo sabía. Desde hacía dos años ella se debatía entre el amor y el desamor por Dionisio. A los buenos momentos de pasión le seguían otros de total rechazo, abandono y casi indiferencia, que mataban cualquier anhelo o esperanza que ella pudiera albergar. Plenitud y vacío se entremezclaban y se sucedían sin solución de continuidad y el corazón de Ángela no pudo aguantarlo ni un día más. Sufría y no entendía nada. Palabras y hechos entraban en continua contradicción y mientras tanto el alma se le iba haciendo pedazos. Lo habían hablado mil veces y Dionisio siempre le había prometido que cambiaría, pero él nunca lo llegó a conseguir. Mas temprano o más tarde él huía, desaparecía, la abandonaba, para luego volver como un loco desdichado ávido de ella. Ella nunca logró entender lo que pasaba y él no era capaz de explicárselo.

 

El recuerdo de aquella maldita noche, se había quedado pegada a la memoria de Dionisio de forma tal, que era imposible despegarla. Quería olvidarla, ser él mismo, vivir una vida incondicionada, libre de obsesiones, pero el recuerdo era más poderoso que el ánimo y el deseo de sobrevolarlo y siempre le ganaba la partida. Ya había sucedido antes. Todas las mujeres que habían logrado abrir la puerta de su corazón, habían terminado derrotadas y se habían marchado dando un portazo. Ninguna, ni la fuerte y valerosa Ángela, habían podido vencer el fantasma del pasado.

 

Aquella noche, cuando la puerta se cerro y Dionisio quedo tumbado en el sillón, aquella terrible escena volvió a su mente. Cada vez que una mujer le abandonaba definitivamente, cada vez que la derrota se apoderaba de la esperanza, la escena se volvía a instalar en la cabeza de Dionisio, como si de una película se tratara.

 

Mientras el desastre no ocurría, él lograba, al menos conscientemente, no reproducirla, pero cuando ellas se marchaban para no volver, cuando se quedaba solo, la escena volvía a apoderarse de Dionisio para acompañarle en su existencia agónica. Esta vez, no quería que fuese igual, quería destapar al fantasma del pasado y, casi sin darse cuenta, se dirigió a la puerta y a gritos desde el descansillo la llamo para que volviese. Al oír los gritos, Sofía se quedo petrificada. Nunca le había oído gritar de aquella manera. Otras veces se había marchado de su casa y nunca había hecho nada por impedirlo. Esta vez, estaba emitiendo una señal desesperada. Entonces, sin saber muy bien porque y sin reflexionar su decisión, volvió sobre sus pasos y deshizo el camino andado desde el portal hasta el apartamento de Dionisio.

 

Cuando él la vio aparecer, se puso hablar sin darle derecho u opción a decidir si quería o no escuchar lo que él le ibas a contar. Ella se quedo impasible, sin expresión en el rostro, mirándole fijamente como sí irremediablemente no hubiese otra opción que escucharle pero con un agotamiento difícil se recuperar.

 

Dionisio comenzó su relato: Tan solo tenía cinco años y era un niño feliz. Adoraba a mis padres y ellos me adoraban a mí. Nada especial ocurría en nuestras vidas pero la "calma" o "rutina" de mi hogar era para mí la felicidad más absoluta. ¿Qué podía pedir un niño a esa edad?. Un padre que trabajaba sin cesar, que me daba todo cuanto pedía y no faltaba nunca a su cita de beso y buenas noches. Una madre entregada, que siempre estaba allí, que me acompañaba al colegio, me compraba la ropa que me gustaba, me hacía tortitas con nata y sirope cuando había tenido un mal día, me dejaba jugar en la bañera con mis soldaditos de plástico hasta que la piel de los dedos de mis manos y mis pies se quedaba arrugada como una uva pasa, me escuchaba aquellas batallas colegiales interminables, me abrazaba cuando estaba triste y me reía todas las gracias. Un mundo perfecto, un escenario ideal para un niño que comenzaba a despertar en el mundo de las emociones y los sentimientos. Pero toda la magia se esfumó, desapareció como el conejo desaparece de la chistera del mago, pero sin humo, sin polvitos mágicos, en el tiempo que tarda en sonar el chasquido de unos dedos y ............. desde aquella noche nada pudo ser ya igual.

 

Eran las nueve de la noche de un Lunes cualquiera. Yo estaba en la cocina con mi madre, bañado, repeinado a lo "Carlos Gardel" y con mi impecable pijama de rayas azules y verdes recién planchado abrochado hasta el último botón. En la cocina, el olor a colonia infantil se mezclaba con el olor de la tortilla francesa que mi madre estaba preparando. Yo no paraba de hablar y hablar como de costumbre, intentando contarle a su madre lo malvada que era mi profesora de matemáticas y el estúpido e injusto castigo que nos había impuesto a toda a la clase. Mi madre me escuchaba ausente, lo cual yo, en mi ingenuidad, interprete como un elogio e interés hacia mi relato. Así que continué, hablando sin parar, aprovechando que mi madre no me interrumpía, como era habitual - siempre lo hacía para corregirme expresiones o censurar alguno de mis comentarios infantiles al profesorado -. De repente, un sonido inusual interrumpió mi relato. Era un sonido familiar, pero no a aquellas horas. Tan solo el sonido del teléfono podía interrumpir aquellos momentos rutinarios de Lunes a Viernes entre su madre y yo. Una llamada de la abuela, de Flora, - la mejor amiga de su madre - o de mi padre -para informar de que se iba a retrasar - podían entremeterse entre nosotros un día de diario a las nueve de la noche. Mi padre solía llegar más tarde, cuando yo estaba en la cama, había leído por una millonésima vez mi libro de aventuras favorito, "la Isla del tesoro" y mis ojos empezaban a cerrarse. Al sonido de la puerta le siguieron unas lentas pisadas interrumpidas en dirección a la cocina. El silencio y la expectación se apoderaron de mí. Mi madre, por el contrario, seguía en otro mundo, enjuagando por séptima vez la sartén que había utilizado para cocinar la tortilla. Parecía que ella no fuera consciente de lo estaba pasando, que no hubiera escuchado el ruido de la puerta o que el mismo no le hubiera sorprendido lo más mínimo. La sombra de mi padre apareció en la cocina y sin saber muy bien porque yo me quede en silencio. Su rostro no era el rostro habitual que tenía mi padre. Aquel hombre que estaba allí, no era mi padre, el seguro, el marido, padre, el hombre de negocios al que todo le salía bien.

 

Mi padre se quedó también callado, apoyado en el quicio de la puerta y mirando fijamente a mi madre mientras ésta seguía dándole vueltas al estropajo sin levantar la vista ni tan siquiera para saludar.

 

Yo observaba atónito la escena. No se atrevían ni a parpadear y mi boca era incapaz de articular palabra

 

 - cosa rara y poco usual en mi.

 

- Me llamó Alberto - dijo mi padre entonces sin mediar saludo alguno.

 

- Ya me lo imaginaba - contesto mi madre sin levantar la vista no volver la cabeza hacía donde estaba su parte.

 La expectación y el asombro iban creciendo en mi interior. No entendía nada. Alberto era un amigo de mi padre, con el que solía jugaba al golf los domingos y salir algún que otro Sábado a cenar.

- Entonces .... ¿es cierto ? - continuo diciendo mi padre -. Recuerdo que en ese momento se me resbaló el tenedor de las manos y que un trozo de tortilla calló al suelo. Aquello no había quien lo entendiera. Mi madre afirmó con la cabeza y por primera vez se dio la vuelta para mirar a mi padre. Aquella mujer que estaba ante mis ojos, tampoco era mi madre. Sus facciones eran totalmente distintas. Sus ojos no eran los mismos. La sequedad que siempre transmitían había sido sustituida por la humedad de unos ojos que yo no lograba identificar - ahora se que son los ojos del amor, pero en aquel momento no era capaz de identificarlos -. Su boca era más cálida, su boca más carnosa y sus pómulos radiaban un rubor que nunca antes había visto en ella. Aquella no era mi madre aunque debo de confesar que por primera vez vi el rostro de una mujer bellísima.

 

Entonces ambos se quedaron fijamente mirándose sin decir palabra durante unos instantes, ajenos en todo momento a mi presencia, para inmediatamente y al mismo tiempo bajar la vista.

 

- Lo siento - dijo mi madre -. De verás que lo siento. Solo Dios sabe que lo he estado evitando con todas mis fuerzas, pero no he podido Julián, te juro que no he podido - Terminó diciendo ella.

 

Mi padre, le pregunto en un tono desesperado que demonios significaba todo aquello que le estaba diciendo, todos aquellos sentimientos de culpa que estaba escupiendo.

 

Entonces mi madre le volvió a decir:

 

 - Que me voy, que te dejo, que no puedo seguir aquí. Que no aguanto más esta situación. Que quiero ser feliz y no lo soy. Que me he enamorado de otro, que .........

 

Mi padre, por primera vez en su vida, perdió por completo los nervios y con las manos tapándose los oídos a gritos le imploró: ¡Para por Dios!. ¡No sigas!. ¡No quiero escuchar más!. ¡Soy un cornudo! ¡todo el mundo lo sabia excepto yo!. Mi mejor amigo.......... Maria, me has matado María, entérate, me has matado en vida.

 

Mi madre se acercó a él e intentó abrazarle pero el se negó y la empujó bruscamente hacia el otro lado de la cocina. Mi madre se tropezó con el mueble de la despensa y creo que se hizo daño. Mi padre salió de la cocina y subió a su habitación. Mi madre se quedó en donde estaba, con las manos tapándose el rostro y moviendo la cabeza de un lado a otro, negando todo lo que en realidad estaba ocurriendo pero sin derramar ni una sola lagrima. Yo, seguía allí, aunque ninguno parecía darse cuenta. Yo, que tampoco era ya yo, el niño feliz que cenaba junto a mi madre recién bañado y le contaba las nimiedades del día, esperando la llegada de mi padre. Desde aquel mismo momento y sin entender con exactitud lo que había sucedido, yo acababa de dejar la infancia, la ingenuidad, la seguridad, los valores familiares para convertirme en un ser solitario, inseguro e incapaz de amar y entregar a nadie ni tan siquiera una parte de mi corazón.

 

Mi madre salió de la habitación sin tan siquiera mirarme. Ni una palabra ni un gesto de calma. Yo ya no existía para ella.

 

Mi nuevo yo, se quedo solo, ante un plato con media tortilla francesa fría y un vaso de leche que ni había probado. Seguí allí sentado no se cuanto tiempo. Oí la puerta de la calle y el coche de mi madre ponerse en marcha. Escuché los llantos de mi padre que salían de su habitación. Escuche en el aire el sonido de la desgracia, de la desdicha y la pena, y en ese mismo instante, me jure a mí mismo que jamás volvería a vivir aquella escena.

 

Mi padre sobrevivió como pudo. Aún vive, en la misma casa donde mi madre le abandonó y rodeado de los mismos recuerdos que estaban cuando ella se marchó. De mi madre nunca más supe. Creo que se casó con Alberto y que al poco tiempo se separó. No sé muy bien donde está, que hace, ni tan siquiera sé si vive. No me preocupa, para mí murió en aquel momento y con ella todas mis ilusiones de niño y también de adulto.

 

Ángela escuchó a Dionisio sin interrumpirle y por unos instantes la historia le enterneció. Parecía que tenía ante ella a ese niño de cinco años, limpio, repeinado e ingenuo que descubría el lado amargo de la vida ante una tortilla francesa y un vaso de leche. Sintió deseos de abrazarle pero no lo hizo. Sencillamente, se levanto del sillón donde se había sentado, cogió su bolso y se dirigió a la puerta. Una vez allí, se volvió hacia donde estaba él y le deseo buena suerte.

 Dionisio no contestó, se limitó a observar como ella se marchaba. Por un momento le pareció estar viendo a su madre, sus ojos, su boca, sus pómulos relucientes atravesando la puerta de su vieja casa. Creyó incluso oír el sonido de su coche ponerse en marcha y los llantos de su padre en el piso de arriba. Se levantó, se dio una ducha, se peinó a lo Carlos Gardel, se embadurno de colonia y se metió en la cama con el pijama abotonado de arriba abajo. En la mesilla su libro favorito, "La isla del tesoro". Lo cogió y se puso a leer esperando a que su padre apareciese y le diera un beso de buenas noches  

El falso accidente

El falso accidente

  Ya han encontrado mi cadáver. La policía científica ya lo está examinando. Pronto sabrán la causa de mi muerte. Sabrán que caí al vació desde el puente. Se afanarán en buscar una explicación al porqué de mi presencia en ese inhóspito lugar. Tras incesantes preguntas conocerán a mi familia, lo conocerán todo sobre mí y llegarán a saber como llegué hasta el puente. Pero el motivo que me llevó a ese fatídico lugar, ellos nunca lo sabrán; es un secreto.

Todo comenzó hace años, un día como cualquier otro o por lo menos todo parecía indicarlo, mientras miraba por la ventana de clase evadiéndome de una aburrida y monótona lección de matemáticas. De pronto mi ensoñación fue interrumpida con la llegada de ella. El director entró en el aula con una chica que no había visto nunca. Con su voz autoritaria, el director nos presentó a nuestra nueva compañera de clase; se llamaba Sonia. Sin decir ni una palabra se sentó en silencio en un pupitre vacío mientras todos la mirábamos con curiosidad. Parecía una chica introvertida pero pronto supe que estaba equivocada, como casi siempre que se juzga a una persona que no se conoce. Sonó el timbre y mis amigas y yo nos acercamos a ella y le propusimos que viniera con nosotras al recreo. Ella aceptó y antes de que terminara el recreo ya se había metido a todas nosotras en el bolsillo. Era una chica muy interesante y madura para sus 16 años de edad. Había llegado a la ciudad porque sus padres se habían divorciado y su madre había decidido huir del pueblo y empezar allí una nueva vida.

 

Dos veces a la semana, yo colaboraba en un local de voluntariado que recaudaba fondos para el tercer mundo y ayudaba a todas esas personas marginadas y excluidas de nuestra estúpida sociedad. Me sentía muy orgullosa de mi labor y allí pude comprobar lo egoísta y equivocada que está la gente al despreciar a las personas de otra raza o cultura, pues con aquellas personas, que no tiene nada más que sus vidas, conocí el significado de la amistad, del esfuerzo y de todo lo realmente importante en la vida. Una tarde, Sonia apareció en el local, pues quería colaborar. Me sorprendió saber que desde hace dos años, ella se dedicaba al voluntariado en otra ciudad cercana a su pueblo.

 

Pronto nos hicimos intimas, y poco a poco abandoné a mis amigas de siempre para pasar más tiempo con ella en el local. Me fascinaba todo lo que me contaba. Un día me contó con lágrimas en los ojos, como su padre había maltratado a su madre durante varios años y al final había decidido denunciarle. Al cabo de un tiempo su madre, había conocido a otro hombre, siendo ese el motivo de su llegada a la ciudad. Mientras me contaba su historia, sentía pena por ella y solo quería que nuestra amistad durara mucho tiempo para estar a su lado, y que no se sintiera sola nunca más.

 

Todas las tardes salíamos a la calle a dar largos paseos en los que hablábamos de la vida, de nuestros sueños para el día de mañana a la vez que nos reíamos de esas cosas absurdas de las que se ríen dos adolescentes en una larga tarde de primavera. Una noche, sentada en mi cama, me sorprendí a mi misma pensando en ella; solo tenía en la cabeza el deseo de que llegara el día siguiente para poder estar toda la tarde junto a Sonia. Este sentimiento fue aumentando a media que pasaba más tiempo con ella y llegué a pensar que no podría soportar pasar un día sin su compañía. Sentí una sensación de vértigo y confusión pues me di cuenta de algo que no había querido ver hasta entonces: Cupido me había atravesado con una de sus flechas.

 

Me sentía desconcertada, no sabía que pensar: tenía una sensación de culpabilidad, miedo y satisfacción, pues acababa de conocer una parte de mí que desconocía. Decidí no contárselo a nadie, sería un problema para nuestra amistad si Sonia se llegara a enterar. Comprendí entonces que este amor platónico sólo me iba a traer sufrimiento. Acepté las condiciones con tal de poder observar su largo cabello castaño, sus grandes ojos verdes, mientras me contaba historias con esa dulzura y candidez que trasmitía al hablar. Tonta de mí al haber accedido a jugar a este juego.

 

Sonia y yo seguíamos quedando todas las tardes, íbamos al local, estudiábamos en la biblioteca, fantaseábamos en el cine o nos íbamos de compras al centro comercial. Cuando Sonia se probaba algún complemento, yo dejaba volar mi imaginación, sabiendo que nunca podría llegar a poseer aquel cuerpo que tanto anhelaba. Situaciones como aquella, en las que tenía que contenerme para no besarla, eran ya algo normal, incluso llegue a acostumbrarme. Mi mente era el único lugar donde podía ser libre.

 Un día mientras conversábamos me contó que Julián, un chico de nuestra clase, le había preguntado si podrían quedar por la tarde para ir a tomar algo. Sonia me dijo que ese chico le parecía muy simpático y que había accedido a quedar con él al día siguiente. Pasé la tarde encerrada en casa, muerta de celos. A la mañana siguiente me llamó emocionada y me contó lo bien que se lo había pasado y que esa tarde había quedado con él y sus amigos para salir y que yo debía ir, que ya vería lo bien que me lo iba a pasar. Acepté a regañadientes y pasamos la tarde con Julián y sus amigos, unos chicos que tenían como única aspiración dejar pronto los estudios para ponerse a trabajar de albañil y poderse pagar así la moto que tanto los gustaba. En fin, como podrás imaginar, no quise volver a salir con ellos, pues no era el tipo de gente que me gustaba. El problema era que Sonia sí que se divertía mucho con Julián y pronto me dio la noticia de que estaban saliendo juntos. Esa noche la pasé llorando hasta que el despertador de la mesilla me devolvió a la rutina del instituto. Sonia se empeñaba en que saliera con ellos, pero yo me inventaba alguna excusa para evitar ver lo felices que eran el uno con el otro. Yo aprovechaba los ratos que no estaban juntos para estar con Sonia y así volver con mis fantasías en las que en este caso, las dos disfrutábamos de nuestro amor, la una junto a la otra. Pero me estaba engañando, ese final feliz que yo deseaba, no se iba a producir, en el fondo de mi corazón lo sabía.

Después de varios meses, el día fatídico llegó. Sonia y yo nos sentamos como todos los días en nuestros pupitres, esperando a que llegara el profesor a dar su clase. Aquella mañana mi sentimiento hacia ella era más fuerte que otros días y me pasé toda la mañana observándola, con una mirada que delataba mi interés por ella, mi cariño hacia ella. La quería, la deseaba y decidí, antes de perderla para siempre en los brazos de Julián, contarle mis sentimientos; al fin y al cabo, no podía pasar toda la vida sufriendo por ella, debía arriesgarme. Nos despedimos y quedé con ella que por la tarde pasaría a buscarla a su casa. A las 6 de la tarde llegue al portal de Sonia. Nerviosa como estaba llame al timbre y al cabo de unos segundos, que se me hicieron eternos, la madre de Sonia abrió la puerta. Me dijo que no estaba, que había salido con Julián. También me dijo que había dejado una carta para mí. La recogí y la abrí de camino a casa. Mis ojos se llenaron de lágrimas al leerla. Sonia se despedía de mí, huía con Julián pues le habían dado trabajo en una empresa en un lugar que no me quiso decir, pues no quería que nadie los supiera. También me contaba lo importante que yo había sido para su vida, que nunca me olvidaría. Me dijo que yo lo entendería, que el amor te lleva a hacer locuras como esa. Su madre no lo entendería, nunca había entendido su relación con ese chico, por eso huía sin avisar. Finalmente me mandaba un beso. Con las mejillas empapadas corrí tan deprisa como pude hasta la estación de autobuses. La busqué, pero no la encontré. La había perdido, había perdido todo lo que me importaba en la vida. “Sonia”, grité desconsolada. Estaba sola. A mitad camino de casa, todavía destrozada, encontré a los amigos de Julián y se ofrecieron a llevarme en una de sus motos hasta casa. Pero ellos tomaron otro rumbo. Nos alejamos de la ciudad a gran velocidad y pronto me di cuenta de que habían bebido mucho. Les pedí que volviéramos, pero ellos se reían y aumentaban la velocidad. Después de media hora, las motos se pararon. Yo respiré aliviada. Juanma, que era el chico que me había llevado en su moto, me empujó de ella y caí al suelo. Los demás se rieron, y me empezaron a decir que era una amargada y que no salía de casa y que encima ayudaba a los negros. Las lágrimas volvieron a mis ojos. Dieron media vuelta y riendo, se fueron por el mismo sitio por el que vinieron, dejándome allí tirada en la carretera. Al cabo de un tiempo, me levanté y eche a andar de camino a la ciudad. Sentía un gran dolor en mi interior. Era una fracasada, nadie me querría jamás. El recuerdo de Sonia hizo que diera un grito de dolor. No quería estar sin ella. Di media vuelta y corrí hacia el puente que se encontraba unos metros más allá de donde me habían abandonado. En el puente encontraría la salida de mi dolor. Me subí a la barandilla y me asomé al vacío. La caída acabaría con ese dolor que me carcomía por dentro. La solución estaba a sólo un paso. Pensé en Sonia, en como nos conocimos y en el día en que me di cuenta que sentía algo por ella. Me había abandonado. Ni siquiera le había podido decir lo que yo sentía. Nunca lo sabría. Caí en la conclusión de que Sonia no me había conocido realmente, y eso me entristeció todavía más. Sólo un paso. Sólo un paso. De pronto me vino a la mente, no se si por consuelo o por casualidad, toda esa gente que sufría como yo estaba sufriendo. Unos sufrían por amor, otros por la libertad, otros por la igualdad. Todo eso lo había aprendido en el local de voluntariado al que no había ido desde hace tiempo, a causa de mi obsesión por el amor. Todas esas personas, sufrían y sin embargo no se les pasaba por la cabeza la opción de abandonar el mundo. Mi idea de suicidarme fue perdiendo intensidad poco a poco hasta que al final me creí una egoísta al haber pensado en abandonar todo, destrozando a mi familia, sólo por un amor no correspondido. Entonces decidí que a partir de entonces lucharía por ser feliz y que ayudaría lo máximo posible en el local de voluntariado a esas personas infelices que les ha tocado una vida poco cómoda. Pero la vida es caprichosa. Mientras pensaba en los planes de futuro que reharían mi vida, no oí como se acercaba un coche que descontrolado se salió de la carretera arrollándome y produciendo que cayera al vacío.

 

Después de unas horas, un conductor pasará por esa vieja carretera y se encontrará con un coche destrozado. A la media hora la policía llegará y encontrará el cuerpo del conductor del coche siniestrado sin vida y al mirar debajo del puente, encontrarán el cadáver de un chica, que pronto descubrirán como se llamaba, quien es su familia y como llegó hasta ese lugar. Lo que no sabrán es que le llevó a subirse a la barandilla y retar al vacío. Eso nunca lo sabrán; es un secreto.

    

Y para que sirve saber la edad

Y para que sirve saber la edad

José miraba la casa desde un peñasco, la miraba, pero no la veía. Recordaba a su padre arreglando las ventanas y el tejado y a su madre regando las macetas de los alféizares. Sonrió, a la vez que percibía el calor que le regalaban los últimos rayos de aquel sol primaveral. La casita era de piedra y madera, surgía de la tierra como un milagro, la poderosa piedra .dominaba en su visión a la madera , pero esta se defendía altiva con el techo coronado de pizarra. Olfateó el aire y pensó que iba a llover, prestó atención al viento y estaba quieto, se reafirmó en su pensamiento, echó una ojeada a sus animales todos estaban en el establo porque como él, ellas también lo sabían... Antes de retirarse a descansar oteo el cielo: al sol se lo había tragado la tierra y en su agonía había dejado pinceladas de naranjas, fucsias, amarillos, rojos..., se sintió complacido del espectáculo y tuvo suficiente para dar por terminada la jornada..

 

No conocía días de calendario, entre otras cosas porque no tenía, pero si sabía cuando llegaba cada estación incluso antes de que cualquier papel se lo anunciara.

  

Vivía de lo que sus animales y la tierra le daban, de las cabras: la leche, le templaba el estómago, hacía queso y su lana le abrigaba en el invierno de las gallinas, sus huevos, carne y compañía. Comía las frutas del tiempo, las verduras que él labraba, y el pan que él mismo hacía unas veces de maíz otras de trigo.

  

El clima era austero de alta montaña con fríos inviernos blancos y cortos veranos que se mezclaban con primaveras y otoños. Aquel lugar parecía olvidado de la mano de Dios, el tiempo se había parado, el silencio espectral de la montaña no tenia reloj, nada marcaba el ritmo sino el sol, las estrellas, el frío o el calor...

  

José cuando murieron sus padres, hacía mucho de eso. se quedó solo sin mas familia que sus animales; que ni siquiera perro le quedó ya que también murió y al no tener hembra no le dejo descendencia de compañero. Amaba los atardeceres ventosos del color del fuego, el reventar de colorido de las flores del bosque y la pradera, que impregnaban su retina y construían las nuevas células de su cuerpo, imaginaba que sus huesos se coloreaban como ellas y su sangre enrojecía mas que nunca.

 

La primavera como cada año, dio paso al verano, El tiempo ojeaba plácidamente las paginas de su libro, las estrellas veraniegas volvieron a aparecer ¡como si estuvieran nuevas! Con un brillo a estrenar, impecable, dispuestas a lucir sus mejores galas. Con esa luz que sólo en los cielos oscuros de los altos lugares se puede contemplar, al amparo de grillos y de mas fauna nocturna, disfrutaba de toda la bóveda celeste que se le ofrecía; no se cansaba de su belleza y gustaba contar las estrellas fugaces como si de cohetes de una fiesta de pueblo se tratara.

 

No muy a lo lejos el bosque de abetos y pinos en verano se tornaba en especial protagonista. Su frescura no era comparable mas que al agua del riachuelo. Al pasear por él, José recibía miles de finos rayos de sol que se filtraban por los árboles como podían a duras penas entre las frondosas y competitivas ramas; una cortina tejida de hilos de oro rayaba el paisaje. Su sonido: ecos silenciosos, algún pájaro irrespetuoso, alguna ardilla mañanera, el piar hambriento de un nido impaciente, ¡lo envolvía. Recogía pinas, que a posterior le serviría de leña y sus piñones de alimento. Su olor:: tomillo, espliego, lavanda llantén, diente de león, brezo, romero, alguna orquídea...,    impregnaban al bosque a modo de perfume . Aquella mañana de verano -el bosque estaba realmente acicalado -pensó José.

 

Casi sin darse cuenta llego el invierno, y vistió las montañas de novia con un blanco inmaculado, profanado solo por el rastro de pasos de algún animalillo.

 

La vida sé ocultó.

 

El paisaje parecía dormir el sueño eterno, José calzaba sus raquetas de nieve y gustaba salir a pisarla, y oír como crujía a su paso. Vigiló: que a sus animales, no les faltara comida en el establo, que el techo de su casa no tuviera demasiada nieve. Se alegró de haberse dejado la barba por el abrigo que sentía, y se dispuso a retirar la nieve del caminito hacia la puerta; este año había llegado casi a las ventanas y pensó que hacía tiempo que no nevaba tanto.

 

Su vida transcurría sin más, ni demasiado lenta ni demasiado rápida; al compás de la naturaleza, viviéndola como llegaba.....

 

El invierno comenzó a dar por terminada su visita, después de cinco meses de nieve. Y la primavera con su cálida escoba barría los restos de hielo y con sus largos dedos escudriñaba en las madrigueras invitando a bailar su vals a todos los perezosos animalillos que despertaban del aletargado sueño invernal..Aquella mañana José mientras partía piñones sobre una piedra, observó que en el paisaje quedaban muy pocos restos de nieve; sólo en las partes mas altas se podía ver una pequeña capa. En ese instante entre el ruido del viento y sus pensamientos oyó a lo lejos un chasquido de ramas, se levantó y quiso mirar  para investigar, no vio nada, aún así, no perdió de vista eí horizonte.

 

Hasta que como premio a su insistencia vio como se acercaba hacia él una figura cansada. Se levantó no sobresaltado, pero si sorprendido, hacía mucho tiempo que no veía un ser humano.

 

El caminante era un hombre moreno, delgado, con barba de algunos días, de paso firme y ágil; llevaba a la espalda un bulto enorme a modo de equipaje; a medida que se acercaba hacia José esbozaba una sonrisa de saludo.

 

José así lo interpretó y su ligera vigilancia del principio fue tornándose, en relajada acogida.  -Buenos días- dijo el forastero,  José lo miró todavía sorprendido y un poco balbuceante contestó el mismo saludo. El improvisado visitante se presentó- me llamo Enrique- y alargó su mano incitando el saludo; se quedó mirándola y con un gesto no entrenado le respondió con la suya, con sencillez.

 

-Yo José- contestó.

 

-Estoy de paso, y hace una semana que no veo a nadie por aquí- José le contestó.

 

-En estas tierras hace mucho tiempo que no vive gente-. Enrique echó un vistazo rápido a la casa, el, establo y sus alrededores, el lugar le pareció precioso, tranquilo, justo lo que estaba buscando transcurrieron unos instantes incómodos, porque ninguno de los dos sabía que decir. Hasta que José rompió el hielo.

 

-¿en qué le puedo ayudar?. Enrique.

 

-verá... si usted tuviera a bien dejarme dormir esta noche en su establo.

 

José le miró a los ojos escudriñándolos como hacía cuando se enfrentaba a un jabalí para descubrir su intención o no de atacar, y vio en ellos buenas intenciones, le ofreció su casa.

 

Enrique contento quiso pagar su hospitalidad, y sacó dinero. José los miró...

 

-esto aquí no sirve de mucho -dijo tímidamente.

 

-Tiene razón improvisó rápidamente Enrique,

 

-¿qué le parece si lo ayudo en sus tareas?

 

- eso no me parece mal- contestó José.

 

Le invitó a pasar a su casa. Enrique se encontró con una estancia perfectamente ordenada, era cuadrada sin paredes intermedias; la puerta ocupaba el centro de uno de los lados, entrando a la derecha, colgaban en la pared arcos, flechas, una lanza, unos esquíes de madera y unas raquetas de nieve, entre otros utensilios.

 

La cabeza de un gran jabalí disecada con unos ojos vítreos, recibía desafiante al invitado.

 

José le hizo pasar y le indico una tosca mesa de roble, el calor tímido de la chimenea, era suficiente para un día de primavera en la montaña. Desde una de las ventanas los rayos tenues del sol se alargaban jugando con las llamas El resplandor del fuego sombreaba el paso del tiempo en la cara   de José, aparecía apacible, sencilla, llena de paz; ,el reflejo plata del cabello le daba un aspecto venerable casi mágico.

 

Enrique inspiró profundamente la tranquilidad que flotaba en el aire; como queriendo retenerla en sus pulmones y envidió aquel hombre sin prisas, humilde lejos del estrés del mundo civilizado, lejos del cemento, del ruido, del progreso, de la radio, la televisión, de la comida basura, del mundo de las apariencias, de la ambición, del odio...

 

Se escuchaban los pájaros primaverales, se olía a fuego y se saboreó aquella leche que sabía a gloria. José era un hombre parco en palabras, pero su mirada lo decía todo.

 

-José, vive sólo?

 

-Si- contestó. Aunque se acabarán de conocer una corriente de ida y vuelta había nacido entre los dos, con la sensación, de haberse hallado el uno al otro.

 

-¿Cuántos años tiene? - siguió preguntando Enrique.

 

-No lo sé, exactamente, deben ser unos cuantos..

 

-yo tengo cuarenta y tres años, apresuró a decir Enrique, estoy justo en la crisis de los cuarenta sonrió.

 

José con ingenuidad preguntó...

 

-¿y para que sirve saber la edad

 

La pregunta le dejó perplejo. nunca se lo había planteado -continuó José,

 

-saber la edad no sirve para mucho ¿no cree?

 

-hombre sirve para saber que ya eres viejo por ejemplo -contesto Enrique.

 

-En tu mundo, Enrique, los años actúan como una gran carrera de fondo, para llegar no se sabe exactamente a que meta; con prisas, angustias, absorbidos por un tornado invisible que te obliga a seguir, sin pensar; a competir, llenar una casa de cosas inservibles en su mayoría; casarte, tener hijos...

 

-Ah! pero cuando todo eso lo has llevado a cabo, algo falla....todas las formulas que te ofrecen para ser feliz no funcionan. Y la gente se siente vacía, marioneta, cansadas de la rueda que le han hecho mover para que todo siga igual. Y comienza la gran búsqueda.... .

 

-Todo está en nuestro interior Enrique, la felicidad, es única, intransferible, no se compra ni se vende te la tienes que trabajar solo mirando hacia dentro y respondiendo a tus propias preguntas sólo así podrás encontrarla.

 

-¡Para eso sirve saber la edad, para saber dónde has llegado, y cuanto te queda!. .Estas montañas no saben quien es el mas viejo de los dos, están ahí de testigos silenciosos, sin juzgar, solo observando la desmedida del género humano.

 

Enrique se quedó perplejo. José en su inacabable monólogo le preguntó ¿Qué buscas tú en estas montañas?

 

-Quizá a mí mismo- respondió abrumado.

 

-Algo cambió en la mente de Enrique aquel día, algo que le dio serenidad, y le quitó importancia al transcurso del tiempo. Y sobre todo le llenó de respeto a la vida.

  

Bajo la cama

Bajo la cama

 

Siempre fui muy escéptico para esas cosas. De chico, me gustaba asustar a mis hermanos con historias horrorosas sobre monstruos que vivían bajo la cama. Me escondía y hacia ruidos que los aterrorizaban por mi mas pura diversión.

 

Nadie sabia que cuando estaba solo en mi habitación, en silencio, en la mas oscura de las noches, no me atrevía a bajar de la cama, y me cubría con la colcha hasta la frente, mostrando mi verdadera cobardía. Apenas creía escuchar un ruido me quedaba quieto y en silencio, pidiéndole perdón al posible monstruo, por las burlas y los chistes. Pero al otro día, cuando me levantaba y olvidaba el terror de la noche, seguía con mis engaños de creerme el más valiente.

 

Abusaba de mi mayoría de edad, y me gustaba entretenerme jugando con los miedos ajenos. Me burlaba de sus reacciones, me reía de sus terrores.

Un día, como era de esperar, la astucia se me vino en contra. Alicia, la más pequeña de mis hermanas, se escondió en mi cuarto. Esperó a que me durmiera, y con su mano tibia y pegajosa, me agarro fuerte del pie y se escondió. EL susto fue inexplicable; por un momento creí que el monstruo venia a cobrarse venganza, a hacer justicia por mano propia. Grite, grite mucho. Cuando escuche la risa de mi hermana, y descubrí el engaño, estuve 10 minutos para volver a respirar con normalidad. La hice asustar mas, fingiendo que no podía respirar, que me ahogaba. Se lo merecía.

 

Mis padres también se asustaron mucho y castigaron a Alicia por semanas. Me odió, aun mas si era posible, así como me odiaron mis hermanos. Cosa que nunca me preocupó.

 

Han pasado los años desde aquellas historias de monstruos y fantasmas. He crecido, ya soy un adulto, y mis hermanos hace tiempo qué no me visitan ni juegan conmigo. Sin embargo, sigo envuelto entre colchas y sabanas, aterrado, con miedo de bajarme de la cama, asomarme por debajo, y buscar al monstruo que allí vive. Sabiendo que nunca existió, pero que aparece todas las mañanas cuando voy al baño, me afeito y me miro al espejo.

   

Mi amada

Mi amada

 

Yo solo estaba sentada esperando que me mirase, esperando que girase la cabeza, esa era mi meta, esperar todo el día mirándola y sonreírla cuando su mirada coincidiese con la mía. Tan absurdo, tan estúpido me parece ahora, que recordarlo me avergüenza. Pero aun cuando la veo por los pasillos su belleza me nubla la razón y la sonrío, ocultando en el fondo que me odio por no poder dejar de esperar sentado

 

Cuando la vi por primera vez, recuerdo que me sonreíste y te fuiste, para ti no seria especial, pero tu sonrisa me alegro inmensamente sin saber porqué. Poco a poco te fui conociendo y me di cuenta de que mis estados anímicos eran controlados por ti y me hiciste llorar, llore mucho cuando me hablaste de ella. Apenas podía comprender por que estabas con ella y no te fijaste en mi. Os escuchaba hablar y sentía como mi corazón se encogía, hasta que un día comprendí que no eras para mi. Entonces, ese día, un día de lluvia, llamaste a mi puerta con la cara desencajada y sentí que mi corazón volvía a latir cuando me dijiste que te había dejado, pero no podía mostrarte mi felicidad ¿Que habrías pensado?

Tu forma de hablar de ella me hizo entender que la querías de verdad y me sentía fatal, horrible pensando que la persona a la que yo quería estaba llorando por su amada y solo podía sentirme feliz deseando besarla, abrazarla, acariciarla, consolarla.

 

Me aparte un poco para no caer en la tentación de tus labios y me abrazaste, te derrumbaste, desee ser ella en ese instante para que lloraras por mi como tantas veces había echo yo, que me amases como a tu mayor amor. Acaricie tu cara limpiando tus lagrimas y me incline ligeramente para besarte. No pude hacerlo, pensé que si te besaba ahora no seria justo para ti y seria doloroso para mi pensar que quizás abría algo mas escondido en ese beso y me mentiría con ello pues para ti solo era un consuelo.

 Te quedaste sorprendida esperando ese beso que no llego y me tuve que alejar, escucharte llorar desde la distancia para que no viese como mis lagrimas brotaban y mi orgullo sonreía de felicidad.   

La Muerte

La Muerte

 

El frío aliento de la noche entraba por la ventana abierta de par en par. Sentado en el borde de la cama, con su inseparable cigarrillo en la mano y sin que el gélido ambiente de la habitación consiguiera despejar su mente, Camilo repasaba su vida rebañando hasta los mas pequeños recuerdos que su memoria guardaba.

 

Aquella misma mañana había recibido, por boca de su amigo y médico desde hacia mas de cuatro décadas, Florencio Sánchez, el resultado de los últimas pruebas y análisis que le habían efectuado.

 - Apenas tres semanas de vida tienes por delante Camilo - le dijo a bocajarro y con la sonrisa helada el Doctor Sánchez.

Camilo se levantó de la silla y se despidió de su amigo con un escueto - nos vemos, Floren -

 

No podía decir que aquella noticia le hubiera pillado de sorpresa, el sufrimiento que su enfermedad le producía desde hacia unos meses no podía tener otro significado mas que el fin de sus días estaba en puertas.

 

Frente a un excelso guiso de setas con bacalao, plato estrella de Casa Marcial, donde comía regularmente desde que se instaló definitivamente en Madrid hace algo mas de cinco años, Camilo tomó la decisión de desentrañar para si mismo y para el mundo, el misterio que había llenado toda su vida.

 

Desde que a la edad de cuatro años vio, en el Tarot de su tía Clara, aquella carta, todo lo que en su vida había hecho estuvo encaminado a descifrar aquella pregunta que su tía no pudo responderle.

-¿Que representa la figura de esta carta, a la que no se le ve el color de los ojos, tía? -

 

La tía Clara le miro por encima de sus gafas de nácar con gesto pensativo.

- Esta carta es La Muerte y no se ve el color de sus ojos porque nadie conoce cual es. -

 

La noche pasó en blanco para el pequeño Camilo, cuando el sol comenzó a asomar entre la persiana que mal cerraba la ventana de su habitación, Camilo ya había decidido que aquel nuevo día lo dedicaría a descubrir cual era el color de los ojos de La Muerte, pensando que contándoselo a su tía, ésta seria la mas famosa tarotista del mundo pues sería la única que lo supiera. Lo que Camilo ignoraba aquel amanecer es que dedicaría toda su vida, no solo aquel día, a buscar la respuesta.

 

La bulliciosa Plaza de España transmitía su arco iris de sonidos, a través de la ventana abierta en aquella habitación de la decimosexta planta del Hotel Plaza, como si se produjeran a escasos metros de sus oídos. Su reloj de pulsera que descansaba sobre la mesilla de noche apenas iluminada por la tenue luz que llegaba del baño, le indicaba que la media noche había quedado atrás. No le había llevado demasiado tiempo pasar revista a su vida, toda ella un solo camino del que, por inverosímil, difícil, peligroso o doloroso que hubiera resultado nunca se separó. Se sentía feliz, todas las horas pasadas en bibliotecas, en oscuros y remotos santuarios, en peligrosos viajes a lugares marcados por el misterio y las leyendas, en conversaciones con santones, nigromantes y charlatanes; en definitiva, horas llenas de emociones, esperanzas y fracasos, que le habían hecho, aunque pudiera parecer un contrasentido en el alguien que busca la muerte, ¡vivo!.

 

En sus recuerdos un solo nubarrón existía, aquella hermosa mujer de cabellos dorados como diosa nórdica con la que compartió su vida, en aquella pequeña villa del centro de Italia, durante unos pocos y maravillosos meses. Nunca olvidaría su nombre, Clara, ni sus lagrimas rodando sobre su hermosa sonrisa el día en que el destino y su obsesiva búsqueda les separó para siempre.

 

-No debo esperar mas- pensaba Camilo, si espero a que la muerte me alcance dentro de tres semanas, tal vez pueda ver el color de sus ojos cuando este junto a mi, pero posiblemente no tenga ocasión de comunicárselo al mundo y mi muerte será una mas y mi vida no habrá tenido sentido. Sin mas demora se encaminó hacia la ventana hasta sentarse en su cornisa.

-Si me lanzo al vacío es de esperar que la muerte se acerque a mi para tocarme con sus manos antes de que mi cuerpo se estrelle contra el asfalto, así podré ver sus ojos y gritarlo para que el gentío que recorre las aceras de esta plaza lo oiga y pueda transmitírselo a todo el mundo.-

 

Forzándose a si mismo a no cerrar los ojos, Camilo se lanzó al vacío en busca de la respuesta a la pregunta que había sido su vida. Apenas el salto estaba en su nacimiento cuando Camilo sintió a su lado la presencia fría y gris de La Muerte. Por un instante, eterno para Camilo, el reflejo de las luces de la plaza hizo visible el rostro de aquella figura, hasta ahora oculto por la negra capucha de su habito mortal. La sonrisa inundó la cara de Camilo, cualquiera que le hubiera visto en ese momento habría pensado encontrase ante la felicidad en persona.

 

Apenas le dio tiempo a lanzar, con toda la fuerza de sus pulmones un desgarrador grito antes de estrellarse junto a la puerta del Hotel Plaza, -¡¡La Muerte tiene los ojos azules!!

 

Noticia publicada al día siguiente en la prensa de la ciudad:

 Minutos antes de la una de la madrugada un varón, de 63 años de edad se lanzó al vacío, con funesto resultado, desde uno de los edificios emblemáticos de la Plaza de España. La Policía investiga los hechos de este suceso sin que hasta el momento puedan aclarar las circunstancias del mismo. Según declaraciones de testigos presénciales, dos turistas alemanes de avanzada edad que en ese momento salían del hotel en busca de unas horas de diversión en un bingo cercano, el presunto suicida y seguro difunto, gritaba sin parar lo que parecían ser sus últimas palabras, las cuales no pueden reproducir porque desconocen la lengua de Cervantes. 

La despedida (capitulo final)

La despedida (capitulo final)

 

Acto seguido cuando me disponía a contestarle y sin tan siquiera mirarme, descolgó el teléfono.

 

-                    Mónica, por favor, en cuanto salga Ana de mi despacho quiero que me pongas con el Director de Recursos Humanos. Dile que es urgente. O mejor, que deje lo que esta haciendo y que suba a verme, que pase inmediatamente.

 

Mi cara se desfiguró y la ira se apodero de mis ojos. Si las miradas mataran, con toda seguridad acababa de matarle con un rayo desde mis pupilas. ¿Qué demonios estaba intentando demostrarme? ¿Su poder? ¿Qué se estaba intentando demostrase a si mismo? ¿Qué las amistades se cuidan a través de los Directores de Recursos Humanos?

 

-                    Bueno, Ana, no voy a tener encuentra lo que has dicho – sentencio – Ya me has oído, encuanto terminemos ingesta charla, hablare con los de RRHH y veré donde esta el problema. Quien es el estúpido que te esta perjudicando. Hablamos de otra cosa – dijo cambiando instantáneamente de semblante -  ¿qué tal esta? ¿tu hijo bien? ¿tu ex sigue dando por culo a todas horas? ¿novios?.....

 

Ahora era su teléfono móvil el que sonaba y de nuevo, sin tan siquiera pedir una disculpa con un pequeño gesto, volvió a contesta la llamada.

 

Como ya era habitual, yo espere en silencio a que acabara con otras de sus malditas conversaciones acaloradas, donde los insultos y las buenas maneras se entremezclaban con un exceso de elogios.

 

-                    Perdona, por donde iba, así que como........- no le deje terminar.

 

-                    Todo bien y en orden, mi hijo cada día más grande y precioso. Mi ex, como tu bien te preocupas en señalar, también bien. No me “da” por ningún sitio – añadir no sin cierta sorna – es un buen padre y lo hace lo mejor que puede –concluí, y eludiendo la estúpida pregunta de mis novios.

 

-                    Ya, ya..........eso me dijo mi ex mujer, y mira después de dos años igual la bruja, pidiendo, llorando y dándome por el culo. Como fui capaz de aguantarla veinte años. ¿Porque no se echará un novio y se olvida de que existo? Claro que, como no sea ciego, no encuentra a nadie ese cardo.

 

-                    De ex a ex – le interrumpí, pensando bien lo que iba a decir a continuación y cansada ya del mismo discurso de victima – nunca te lo he dicho, pero creo que ya va siendo hora. No creo que sea inteligente lo que haces.

 

-                    ¿Inteligente? ¿Lo que hago? –se pregunto así mismo sorprendido de que alguien pudiera poder en duda su inteligencia.

 

-                    Si, me refiero a los comentarios que de forma tan marcada y publica haces de tu ex mujer. Yo, sinceramente, creo que con ello lo único que haces es descalificarte a ti mismo.

 

-                    ¿Perjudicarme yo por decir la verdad sobre mi ex pareja? La verdad nunca es poco inteligente, la verdad va siempre por delante, la verdad...................

 

-                    ¿La verdad o tu verdad?.

 

-                    ¡Ana por Dios! Es evidente que mi pareja es una mala bestia, insoportable, inaguantable..........

 

-                    Pues no lo sé, yo no puedo hablar de ella con la seguridad que lo haces tu. Lo único que tengo claro es que, ese pedazo de carne con ojos que tu describes fue tu mujer, la que tú y solo tu escogiste para casarte y formar una familia. Porque tus hijos, a los que tanto adoras y ves tan inteligente, llevan su sangre, sus genes, porque lo único que estas demostrado es lo imperfecto que eres tomando decisiones y lo estas demostrando  - y lo necio, pensé – y ¿porque?

 

-                    No digas bobadas – contestó ya enfadado y con el tono mas alto – como te gusta sacarle punta a las cosas. ¿Quién va a pensar semejante cosa? Solo tu, con ese afán de enredarlo todo, eres capaz de pensar seméjate cosa. Las que de verdad me conocen, saben que el tema no va en esa dirección.

 

-                    Esta bien, tampoco se trata de hacer un análisis exhaustivo de quien sí y de quien no. Desde luego si preguntas aquí dentro, no creo que mi tesis tenga fundamento – finalice con seguridad de que nada había servido lo dicho.

 

El teléfono sonó y sin tan siquiera pedir excusa, como era su costumbre, inicio nuevamente una conversación telefónica cambiando totalmente el escenario. Me quede pensativa un momento y caí en la cuenta que ni él me había preguntado ni yo le había comentado a donde me iba. Como siempre había llevado la conversación al terreno que le convenía y, una vez mas, yo había caído en la trampa. Pero esta vez, no iba a ser como las otras, así que mientas seguía enredado con la llamada telefónica, cogí una pluma de oro que tenia encima del escritorio y una cuartilla blanca y en el centro, con letras mayúsculas, claras y firmes, escribí:

 “NO TE ENTRETENGO MÁS. POR SI TE INTERESA, ME MARCHO A LA COMPETENCIA, SI BIEN, NO CREO QUE ESO PUEDA HACERTE NINGUN DAÑO. AL DIRECTOR DE RECURSOS HUMANOS NO LE MOLESTES, SEFGURO QUE TIENE COSAS MÁS IMPORTES QUE HACER. UN BESO Y HASTA SIEMPRE.

                                   ANA”