Blogia

LAS HISTORIAS DE QENA

La despedida (capitulo I )

La despedida (capitulo I )

 

Eran las nueve de la mañana y me disponía a entrar en el despacho de Eduardo Mendoza, Consejero Delegado del gran mastodonte de las construcciones españolas, mi empresa desde hace quince años, aquel elefante de cabellos blancos y colmillos retorcidos que me había estado amamantando durante todo este tiempo a costa de controlar desde su inmensa fastuosidad mis estados de ánimo, mis pensamientos, mis decisiones y mi autoestima personal y profesional.

 

Eran muchos los sentimientos que se encontraban implicados, pero cuanto más se acercaba el momento, mas me daba cuenta que eran pocas las palabras que tenia que utilizar para transmitirlo, entre otras cosas, porque la decisión ya  se había tomado y no había marcha atrás.

 

-                    Buenos días, Mónica ¿ha llegado el jefe? –pregunte a su secretaria convencida de la respuesta negativa.

 

-                    Pues no, Ana, me acaba de llamar desde el conche que esta en camino. De todas formas, y porque eres tu, - subrayando convenientemente – ya le he recordado que antes de nada querías pasar a verle – contesto mientras se restauraba el rostro, estirado ya mas de tres veces en las mejores clínicas de cirugía de estética de Madrid. ¿Un cafecito? – akadio sin tan siquiera mirarme

 

-                    Vale, no todos los días puede una sustituir el café de la maquina por un buen café expreso.

 

-                    Sírvetelo tu misma, yo estoy muy liada. Una día –continuo sin dejarme ni tan siguiera responder – voy a pedir la baja porque este trabajo es nocivo para mi salud, tanto estrés, tanto...........

 

-                    Si ya veo, aunque no sé para que te pintas tanto, tú al natural esta preciosa – termine diciendo en un tono evidentemente adulador.

 

-                    Mujer, siempre se puede mejorar.

 

Me fui al Office que tenia el jefe a la derecha de su despacho y me dispuse a tomar un café bien cargado y a esperar pacientemente el aterrizaje, casi siempre forzoso, cuando oí su inconfundible voz aguda salir del cuello de su resplandeciente camisa blanca de Versace.

 

-                    Mónica, por favor vete poniéndome con el Presidente del Banco Mundial – dijo sin tan siquiera dar los buenos días.

 

-                    OK, jefe – contesto su secretaria, tan acostumbrada a tan grato trato – Por cierto, esta aquí Ana – termino diciendo a nadie, ya que se había encerrado a cal y canto en su despacho.

 

Yo, que había estado presenciando la escena desde una esquina de la cocina, me dispuse a sacar toda la paciencia de que podía contener mi interior, a sabiendas de que esta seria la ultima vez que tuviera que usar de todas mis reservas, así que continué preparándome mi dulce y oloroso café, a la vez que recordaba a mi nuevo amor, al cual había visto la noche anterior y me había dejado el espíritu como si cien mil campanillas estuvieran tocando sin cesar dentro de mi cuerpo. La voz de Mónica, me saco de mi dulce, musical y placentero sueño.

 

-                    -Anaaaa, que dice el jefe que pases.

 

-                    -Voooooy. De dije bebiéndome el café de un trago.

 

Me compuse la falda y la chaqueta, me arregle el pelo – por aquello de que mi aspecto resultase desenfadado y natural y con ello mi mensaje – y me dispuse a flanquear aquella puerta de madera noble con apariencia de caja fuerte donde me esperaba el hijo del “gran mastodonte”, sentado, o mas bien colado – dado su tamaño – en un sillón de cuero negro, abatible, flexible y antiestrés, ultimo modelo de la mejor firma italiana especializada en tipos de muebles de oficina minimalista y de su ultima generación.

 

-                    Pero vamos a ver Ana – comenzó diciendo sin mas preámbulos - ¿qué demonios haces tu pidiendo una cita a la cacatúa de mi secretaria para verme? - ¡a mí! ¡Eduardo Mendoza, hijo de un panadero rural de un pueblecito de Toledo, a este hombre sencillo y corriente, a tu amigo Eduardo al que conociste hace ya mas de catorce años cuando todavía no era nadie en esta empresa.

 

-                    ¡¡¡¡Por Dios, Ana!!!! – exclamo – que somos amigos, que estamos en el mismo bando, que hemos compartido cenas hasta la madrugada, borracheras, penas y alegrías, que nos queremos, que nos preocupamos el uno del otro..........

 

Como yo no estaba dispuesta a escuchar el mismo discurso introductorio de hace ya algunos años, con la confianza que aparentemente me estaba concediendo, aunque la misma se había perdido hace mas de cuatro años, cuando Eduardo, era tan solo un compañero para de forma mágica convertirse en el Consejero Delegado de la compañía.

 

Le corté en seco.

 

-                    Ya sé, ya sé, Eduardo. Digamos que lo hago tan solo por una cuestión de orden y disciplina, tu ya no eres, profesionalmente hablando – matice para no herir su orgullo de panadero toledano – el que estas cortando y no tienes bajo control todo tu tiempo. Además – añadí sin dejarle contestar – el tema que me trae aquí, es un tema estrictamente profesional que creo, por esa amistas que nos ha unido, debo contarte personalmente antes de que te enteres por terceras personas.

 

-                    ¿Que nos ha unido? – volvió a exclamar

 

-                    Perdón, que nos une – conteste rápidamente para salvar la situación y evitar que siguiera con teatro habitual que ya hacia algunos años atrás.

 

-                    ¿Me estas intrigando? ¿No me digas que te vas a casar otra vez? O peor ¿ qué has vuelto con el indocumentado de tu ex? O quizás........

 

-                    Parece que no escuchas, Eduardo. Te estoy diciendo que es estrictamente profesional. Si fuera algo personal ¿crees que hubiera pedido cita a tu secretaria?

 

-                    ¿Profesional? ¡Quién te esta jodiendo! ¡Quién tiene el valor de tocarte en esta empresa sin que yo no lo descuartice en cuestión de segundos! ¡Dímelo, que lo mato. ! ¡Mis amigos son mis amigos y lo serán hasta el día que me muera, nadie toca a ninguno de ello! Por la gloria de mi madre.

 

-                    Por favor, puedes dejarlo por un segundo. Escúchame aunque solo sea por esta vez. Déjame que te diga todo lo que tengo que decir y luego dices lo que quieras, rezamos a tu madre si es preciso y lo que tu quieras.

 

-                    Esta bien, me callare. Pero sí alguien té esta...........

 

-                    Me lo has prometido.

 

-                    Vale, vale cierro la boca.

 

-                    Me marcho de la compañía.

 

-                    Queeeeeeeeeee!!!!!!!!

 

-                    Lo que oyes, y no te hagas el sorprendido, porque en el fondo sabias que tarde o temprano sucedería. De hecho, ya no te acordaras pero antes de que llegaras a ese sillón lo habíamos hablado infinidad de veces. Para crecer hay que moverse, y tu tan solo eres la excepción que confirma la regla. Además ¡qué narices! Es normal si tenemos en cuenta que somos profesionales y queremos seguir escalando picos.

 

-                    Escalar, ¿a dónde?  Sí estas en la montaña más alta. Sí estas en el mejor sitio, en la mejor compañía con el mejor jefe.........

 

-                    No me lo puedo creer, siempre que nos vemos acabamos discutiendo y esta vez me he prometido a mi misma no hacerlo.  Escalar montañas, aunque sean pequeñas. Esta, es tu montaña, es muy grande, pero y me quede hace tiempo a mitad de camino y no me permites subir. ¿Te has creído que tu suerte la corremos todos los demás? El mundo laboral es así, ni justo ni injusto. Muchos factores son lo que acompañan al éxito y no siempre este llega.

 

-                    ¡Que no te dejo subir! – exclamo fuera de si – a ti, la mejor profesional que tiene esta empresa, la única con sentido común, la que me ayudo a estar donde estoy.........

 

-                    Pues será el sistema.

 

-                    ¿El sistema? ¡Quién cojones piensas que es el sistema! El sistema soy YO – dijo fuera de si.

 

-                    Pues entonces serás tu – me atreví a decir por fin.

 

-                    Ana, no puedes estar acusándome de manera tan escandalosa. Como puedes decir que o no te dejo crecer... crecimos juntos, sufrimos juntos los avatares y desvelos, aguantamos fusiones, vencimos compras-ventas, estamos aquí juntos como el primer día. Algún desgraciado esta haciéndote la puñeta y yo no me he esterado. Algo esta fallando en mis canales de comunicación. Alguien se esta saltando el proceso, alguien.....................no sabe todavía quien es Eduardo Mendoza y lo que para él significan sus amigos.

  

Solo cuatro palabras

Solo cuatro palabras

 

--¡ No Josefina, así no!

 

Tan sólo cuatro palabras bastaron para que su vida hasta ahora se derrumbase como un castillo de arena. Fueron dos negaciones, un adverbio y un sustantivo, que como una clave secreta activó un mecanismo escondido, enterrado en las profundidades de su conciencia, ansioso por rasgar la superficie que permitió liberarla de su mundo. Un mundo sin mañana sin futuro, con muros de tristeza, aprisionada como una sirena asustada en una esponja de lágrimas, absorbiendo los odios, la ira, de los demás y de su entorno.

 

Josefina estaba a punto de servir el café a la mesa número ocho cuando se percató de que había olvidado tanto el azúcar como la crema. Alarmada, pálida, con una sonrisa insegura, disimulando, volvió sobre sus pasos dirigiéndose a la cocina. Pero antes de pudiera enmendar el entuerto, su marido, apoyado en la barra, que aprovechaba cualquier motivo para descargar su resentimiento sobre ella, le escupieron las cuatro palabras, como cuatro cañonazos, cargados de odio y de metralla.

 

--¡ No Josefina, así no!

 

Josefina acostumbra a ser la víctima, encogió su cabeza entre los hombros y cerró los ojos, veterana en capear berrinches y temporales. No obstante, sucedió lo inesperado, lo imprevisible. Cuando aún se negaba el silencio a engullir las palabras arrojadas por la boca de José, su marido, Josefina se irguió y abriendo los ojos como si fueran dos lanzallamas, que lo devoraban a todo y a todos con su mirada, avanzó de nuevo hasta plantarse en medio del local. Ante la mirada furiosa de su marido y la huidiza de su madre, camuflada detrás de la caja, con una tranquilidad que incluso aterrorizaba, dejó caer Josefina de su mano la cucharilla, la taza y el platillo. Mientras los objetos se deslizaban hacia el suelo, observaba el ambiente: el rencor y la impotencia de su marido; la cobardía y el asco de su madre; la mirada fría de su padre, cuyo rostro de toro sobresalía amenazador por el resquicio del ventanuco de la cocina; los clientes, los de siempre, que parecían ya muebles con patas y que pertenecían desde hacía décadas al inventario; el viejo mostrador de madera pulida; las paredes del local, canosas con el amarillo de los años; los manteles, que parecían tableros de ajedrez desgastados; las pesadas cortinas rojas que ocultaban la puerta de salida, en donde se filtraba con valentía un luminoso sol de invierno. Todo era gris; todo olía a esclavitud y dependencia. Por último, sus ojos perforaron las sucias vitrinas para posarse en la avenida soleada repleta de plataneros. El viento mecía las ramas desnudas de los árboles que en un eterno saludo siempre se acordaban de ella. El viento, el sol y las arboledas habían sido su único consuelo en largas jornadas cuajadas de hastío, hasta hacía poco.

 

A medio camino en su descenso, antes de que la cucharilla, o al menos la taza y el platillo culminasen su suicidio, la ley de la gravedad optó por dormirse. Los tres objetos flotaban inmóviles en el aire. Parecía como si esperaran, agradecidos por las innumerables caricias de Josefina, a que el mecanismo libertario de ésta consiguiese alcanzar la superficie y se saliese con la suya. La incitaba a razonar, a comprender, a encontrar la luz que la esperaba. Y Josefina aprovechó la tregua que el tiempo le concedía para hacer un breve repaso de su existencia, tanteando en la vaga oscuridad de los recuerdos, en busca de los orígenes de su dolor...

 

Sus primeras imágenes de la infancia, deseosa y presurosa de obtener la ternura de sus padres. ¡ Cómo no! Todos los hijos aman a sus padres y Josefina no era diferente. Se acordó de las manazas de su padre que la lanzaban por los aires y que semejaban las blancas tiernas alas de una paloma, para convertirse con el paso de los años en garras negras de cuervo que la dañaban, que le negaban el deseo de convertirse algún día en una mujer...

 

Buscó el apoyo de su madre, pero ella la rechazaba, como si su cariño la quemara, la dañara. Ésta, acostumbrada a vivir en tinieblas y como un siervo fiel, al dejarla sola, abandonada, la entregaba de nuevo a su padre, que no soportaba ni su pureza ni su belleza. Según crecía y poco a poco se convertía en una adolescente, aprendió a detestar la soledad, a rehuir la figura de su padre, evitándolo, escondiéndose por los rincones de la casa.

 

 Con el despertar de su mancillada juventud aparecieron los primeros brotes de rebeldía. Se oponía a las decisiones salomónicas de su padre, a los juicios sumarísimos, producidos por cualquier necedad, para hacer de escudo, protegiendo a sus dos hermanos menores, que buscaban tanto su ayuda como sus afectuosos achuchones. Los dos, uno después de otro, habían podido escapar, abandonando hacia años el seno familiar.

 

Conoció a José, su marido, en la escuela. Lo conocía desde siempre, compañeros infatigables de juego. No lo amaba, pero lo quería. Además, no veía en él una amenaza. Por este mismo motivo, apenas cumplidos los veinte,  cuando le hizo una propuesta de matrimonio, aceptó gustosa. Poco después de la boda, las caricias tímidas, los esbozos de ternura, incluso la comprensión, dejaron paso al resentimiento, al odio y la ira. Josefina estaba convencida de que a partir de su unión con José las cosas cambiarían. Se equivocó. Su marido se convirtió en otro guardián más. Quizás el peor, el más malvado. Josefina se escapó de una cárcel  para entrar en otra más vigilada. Fue un cambio de celda.

 

Los años volaban, pero las horas se pegaban al reloj; le hacían la competencia a la eternidad. Decían que el sueño es el hermano de la muerte y ella lo único que deseaba era  acostarse, cerrar los ojos para no despertar nunca más. Entonces, cuando la esperanza era ya una luz diminuta, perdida en el fondo de los océanos de su amargura, apareció él. Al principio otra sombra más, del montón.  Pero mientras más conversaba con ella, más alumbraban sus palabras su corazón. ¡ Quién lo diría! Esta bella historia de amor comenzó como es debido, como las matemáticas, por la pura y simple comunicación.

 

Ella descubrió que el amor no era tan sólo cuatro palabras, o cinco minutos manoseada en la oscuridad entre gemidos animales. Había mucho más: ternura, cariño, entrega desinteresada. Descubrió también el sexo, la lujuria sana, y que las manos de un hombre no están sólo para hacer daño. Y él tenía las manos pequeñas, suaves. Por primera vez en su vida, en los pocos ratos que lograba escapar de su cárcel, fue feliz.

 

Josefina  hipnotizada,  tenía puesta su mirada en los objetos que seguían flotando estáticos en el aire, hasta que en un momento preciso su espíritu se liberó emergiendo a la superficie. Comprendía por fin, que aunque ella no era la culpable de los odios y el resentimiento de su entorno, no volvería aceptar jamás la carga que los otros le imponían. Ella era más fuerte que ellos, por eso la detestaban. Supo que era como un espejo, en donde sus virtudes reflejaban los defectos de los otros. Consciente de ello, descubrió que no había ni cárcel ni carceleros si ella no lo consentía. Su voluntad era la llave que le permitía encontrar la puerta de salida.

 

De repente, la ley de la gravedad despertaba ofendida y los objetos se lanzaban en picado hacia abajo. Josefina perdía terreno. Por unos instantes la amargura y el miedo que durante toda su vida la había; acompañado, se hicieron dueños de la situación. Pensaba que cuando la taza y el platillo se estrellasen contra el suelo haciéndose añicos, al mismo tiempo, su esperanza, como una burbuja frágil de cristal, saltaría en mil pedazos. Pero  ada de esto sucedió. Tanto la cucharilla como la taza y el platillo golpearon el suelo con un leve tintineo. Éste tenue tintineo se convirtió en un suave sonido que sabia a gloria, y que de un salto se alzaba por los aires para posarse en su boca, contagiando a  Josefina. El síntoma más revelante de esta maravillosa enfermedad era el esbozo de una sonrisa, que luchaba con éxito por abrirse camino entre las comisuras de sus labios.

 

Josefina ignoró a los clientes que la miraban con la boca abierta y cara de idiota. Lanzó su delantal al vació y se dirigió hacia la puerta, haciendo caso omiso a los gritos angustiados de su marido:

 

-- ¡ Josefina!,¡Josefina¡ ¿A dónde vas? , ¡Vuelve!, ¡Josefinaaaaa!

 

Eran ecos de derrota y los tacones de Josefina golpeaban el suelo produciendo casi chispas, como si fueran llamas, que reflejaban la luz de su victoria, la alegría de su recién obtenida libertad. Salió a la calle y el sol se arrojó a sus brazos, como un viejo amigo. El aire mecía sus cabellos; le acariciaba la espalda con cariñosas palmaditas; le susurraba; le anima a seguir adelante. Iba a su encuentro, en busca de él.

 

Claro que era algo hermoso saber que él la amaba, que ella era una parte muy importante de su universo. Pero no era el amor el motivo principal de su dicha, sino que por fin era consciente de que le había perdido el miedo a la vida, de que por fin le había dado la espalda a su ausencia y el olvido.

 

Josefina desconocía, ignoraba, que la causa que había producido tal radical cambio, no había sido ni Díos ni el diablo ni el destino, tampoco por arte de magia, tan sólo cuatro palabras.

 

Ella

Ella

 

Pasaban de las once de la mañana, cuando la puerta de mi pequeño restaurante, se asomó el rostro de aquella mujer que más tarde escenificaría el suceso del cual no pude hacer nada para evitarlo. Mirando cuidadosamente todo el salón, daba la impresión de buscar a la persona con quien quedó de encontrarse, pero unos minutos después, pude comprobar, que trataba de acomodarse en una mesa que le permitiera mirar hacia un lugar específico.

 

Tomaso, era un viejo que iba desde que el primer dueño fundó ese lugar. El octogenario leía su periódico todos los días, cubriéndose la cara por largo tiempo concentrado en su lectura, parecía no advertir la llegada de aquella mujer. Quise esperar a que ella tomara su tiempo, mientras se ubicaba en la mesa que le quedaba frene a la del anciano, mirando hacia la calle a través del cristal.

 

Era una mañana de pocos clientes. Las primeras dos horas, y a partir de las cuatro de la tarde, eran los mejores momentos del restaurante. Mi sobrino Antonio, alternaba el tiempo libre de su trabajo, cuando el cocinero lo necesitaba, ahí estaba, su eficacia se extendía desde preparar las verduras, hasta ayudar a Choni (la camarera) a dar órdenes. Era un muchacho alegre, su delgadez y su estatura le proporcionaban cierto atractivo, sus ojos claros y su sonrisa, parecía combinarla con su altivez, sabía en su interior lo que tenía, su piel bronceada salpicada de pecas llamaba la atención de las muchachas. Quería mucho a mi sobrino, aunque tuvimos una larga discusión esa mañana, por haber llegado al amanecer.

 

Durante varios días me dio por observar su comportamiento, algunos cambios en su conducta me inquietaban, frecuentaba ciertos amigos que no me convencían del todo, su juventud precipitaba sus actos, a sus veinte años veía mis consejos como represalias. Al manifestarle que su madre estaba muy preocupada, porque no durmió en la casa, me dijo que ya era un hombre y que lo dejara tranquilo, nunca me había hablado así, su rebeldía era parte de la camarilla con que se juntaba. Pero cuando realmente me sacó de mis casillas, fue cuando escuche una conversación por teléfono con uno de esos amigos. Con una vanidad desmedida, le contaba su desbordante noche de sexo con una prostituta, se notaba su orgullo desmesurado al exhibir su nueva faceta de macho insensible, le decía que no le había dado ni un euro, y que era de las caras, de esas que andan con todo elegante, y que les ponen buen precio a su cuerpo. Cuando colgó, tuvimos una larga discusión, fue tan acalorada, que mi enojo me provocó palpitaciones, por lo que pensé tomarlo con más calma. Le dije que se fuera a su trabajo. Unos meses antes, él mismo me pidió que lo recomendara en la tienda de calzados que quedaba al frente, el dueño era un árabe, mantenía muy buenas relaciones con todos los comerciantes del bloque, en un buen gesto le acomodó el horario para que pudiera ayudarme.

 

Precisamente pensaba en mi sobrino cuando entró esa mujer. Choni no estaba, le había dado permiso para comprar un regalo de cumpleaños a su hija, por lo que en ese momento yo estaba de camarero.

 

-¿La puedo ayudar?- le dije con cortesía

 

 -Un café por favor- contestó a media sonrisa.

 

-¿Algo más?- pregunté, tratando de complacerla.

 

-Por ahora si, luego veré el menú- dijo -¿puedo fumar? Añadió.

 

-Por supuesto- le dije, mientras caminaba a buscar lo pedido.

 

Le serví el café, y entre cuenta y cuenta la miraba como dejaba caer el azúcar lentamente hasta endulzar a su gusto, luego removía la bebida con la pequeña cuchara, se le veía pensativa, de vez en cuando se notaba cierto grado de impaciencia, se esforzaba por controlarse, pero no pudo evitar derramar el líquido en el pequeño plato. Luego encendió el cigarrillo, inhalando el humo con placer, dejando expandir el humo en dirección al cristal, lo colocó en el cenicero, moviendo la silla hacia atrás con cierta delicadeza. En ese momento fijé mi vista en las facturas, pensaba que ella me había sorprendido mirándola. Un sonido seco de unos pasos que rechinaban en el piso de granito, se acercaba cada vez más. Cuando decidí mirar ya estaba frente a mí. Pude notar unos ojos cansados, seguro de una mala noche, por su vestimenta no parecía venir de su casa, una noche de rumba sin un final feliz, fue la impresión que me causó. De sus labios surgió la pregunta que pudo haber sido el motivo por el cual entró a tomar el café, pero mi experiencia no me sirvió en esa ocasión, buscaba algo más.

 

-¿Puedo pasar al baño?- preguntó, con voz un poco apagada.

 

-Al final a la derecha- le dije.

 

Mientras iba por el estrecho pasillo, pude ver con exactitud su bien formada figura, su vestido negro, apretado al cuerpo, sus piernas, de piel clara y limpia, zapatos negros, de tacos altos, hacían que con sus movimientos se viera más voluptuosa. El perfume de Boucheron que se adhería a un sudor seco, confirmaba mi conjetura. Al regresar del baño, el cambio fue notable, su pelo negro mejor arreglado, el maquillaje magistralmente renovado, el carmín en sus carnosos labios acentuó su sensualidad, sus ojos negros estaban más despiertos, me preguntaba si la frescura que irradiaba su cara era producto de un baño de agua fría. El cambio le hizo tener más confianza.

 

-Es muy limpio este lugar- me dijo.

 

-Gracias-

 

Miraba el suelo, como si pasara inspección, observó las mesas vacías con sus manteles blancos, luego fijó su vista hacia la calle mientras caminaba a sentarse. Le llamó la atención la flor que estaba colocada en el pequeño envase, tomándola en sus manos y comprobando que era artificial. En ese instante, vio que salía una persona de la tienda de zapatos. Desde mi posición, no podía mirar quien era, fingí que iba a preguntarle algo al viejo para tomar mejor ángulo, estaba alguien parado en la puerta de la tienda, camisa blanca corbata negra, todos los empleados del árabe vestían de esa manera. Mientras conversaba cualquier cosa con Tomaso, me ponía mis gafas, pude ver bien su cara, era mi sobrino, venía en dirección al restaurante, pero procuró mirar por el cristal, eso lo hacía con frecuencia, para ver si yo necesitaba ayuda. La mujer se acercó más al vidrio, yo estaba casi detrás de ella, podía ver perfectamente como empalidecía el rostro de Antonio cuando ambas miradas se cruzaron. Pensé por un momento que iba a volverse, pero caminó hacia la esquina y dobló fingiendo buscar algo.

 

Como si perdiera la calma y decidiera luchar contra el tiempo, la mujer pidió la cuenta. Cuando procedía a darle la vuelta, en un acto de impaciencia se paró delante de la caja, dio las gracias y salió precipitadamente, pude caer en cuenta cuando me acerqué al cristal, al verla cruzar la calle y doblar la misma esquina por donde iba Antonio.

 

Unos pensamientos que trataba de evitar insistían en atormentarme. Tomaso se había despedido alegando que tenía una cita con el médico, pasaron unos minutos, cuando iba camino de la cocina para decirle al cocinero que atendiera el negocio por un momento, la puerta se abrió nuevamente, el anciano regresaba, intentaba decirme algo, pero no podía, le pregunté que le sucedía, el pánico se apoderaba de su rostro envejecido, sus ojos desorbitados me anunciaban el preámbulo de la mala noticia, hasta que pudo hablar.

 

-En la esquina, tu sobrino está tendido en el pavimento, con una puñalada en la espalda- dijo con voz triste y temblorosa.

 

Mi impotencia me inmovilizó, con un impulso casi mecánico, pude mirar hacia la mesa donde estaba esa mujer, la flor artificial volteada en su envase sobre el blanco mantel, el cigarrillo apagado en el cenicero, la taza de café que aún no estaba recogida, t que en su borde se veía pintado el carmín de sus labios, dejando el recuerdo de su espera.

    

Drako

Drako

 Hoy, el día en el que por fin me he convencido de que nada volverá a ser como antes, he decidido dejaros este testimonio, este desahogo. Nos adjudican, como elogio, que somos el mejor amigo del hombre, ¿pero quién es el que se beneficia de esta cualidad que sin duda no podemos evitar que adorne nuestra animalidad?Cada año lanza grandes campañas publicitarias para concienciar al gran publico de que no nos abandones con aquello de “él nunca lo aria”, pero seguimos siendo sus mas fieles amigos a pesar de todo lo que nos hacen los humanos, que se llaman a si mismos amantes de los animales.

Cada vez me convenzo mas que es puro escaparate, pura publicidad para auto convencerse de que no son lo que en realidad no son.Hipócritas convencidos de su gran superioridad humana.

Estoy convencido de la gran superioridad del humano, de su potente raciocinio y poder para desarrollar variadas habilidades, pero sin duda la fidelidad y el compromiso no son su fuerte. Sin embargo, para nosotros, una caricia, un reconocimiento supone tanto, que nos hace hasta minimizar, sus a veces, imperdonables olvidos.Todo cambió cuando llegó Laila. Ahora recuerdo, es cierto, que los meses anteriores, él me dejaba algunas veces en casa, y aunque me molestaba, no le di mucha importancia, lo atribuí a que últimamente yo andaba más despacio, me habían empezado a doler los huesos, pero estaba convencido que me necesitaba para sortear los peligros de la calle y jamás prescindiría de mí.

Aquel fatídico día en que ella llegó, cuando él cogió el arnés, como siempre, yo me acerqué, me apartó con delicadeza. Vi con sorpresa que se lo ponía a Laila. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo y no pude evitar sentir una punzada de decepción en las tripas. Recuerdo que esa mañana, solo en casa, invertí esas largas horas en pensar lo que había hecho mal los días anteriores. Por mucho que busqué errores, no los pude encontrar, estaba convencido que yo había trabajado como siempre.

Los primeros recuerdos de mi existencia son de juegos y travesuras. Pero pronto fui a la escuela, y aunque empecé con el entrenamiento, recibía felicitaciones por hacer lo que me enseñaban. Andar en línea recta o esquivar cualquier obstáculo, siempre iba seguido de una caricia del monitor. Obedecer sus órdenes de gira a la derecha, gira a la izquierda, busca escaleras… era premiado con aquellas tres palabras que tanto me gustaba escuchar “¡muy bien Drako!”.

Después de unos meses, cuando ya lo sabía hacer todo muy bien, llegó él. Me costó un poco acostumbrarme a un nuevo dueño, pero vinimos aquí y yo he disfrutado durante muchos años demostrándole lo bien que cumplía mis cometidos. Es cierto que a veces me despistaba un poco, si veía a otro perro, o me entretenía con algún olor al que no me podía resistir, pero siempre intentaba sobreponerme y cumplir, con lo que sabía que era mi obligación. A veces me daban envidia ésos que podían corretear solos y libres por la calle, o los que simplemente paseaban sin mayor preocupación, pero llegué a entender la importancia de mi misión, cuando me di cuenta que la gente me admiraba: “¡Lo que sabe hacer!”, “¡mira cómo ha buscado la puerta!”, eran frases que yo escuchaba con regocijo.

Laila era alegre y vivaracha. Le gustaba correr y saltar, yo tenía que tener mucho cuidado, pues me daba cuenta que mis reflejos para apartarme fallaban con frecuencia. Envidiaba su vitalidad, su fuerza y su alegría. Me invitaba a jugar, pero nunca acepté porque lo que quería era que desapareciese, me estaba robando lo más importante para mí: las felicitaciones y el aprecio de él. Además estaba obligado a soportar que ella me quitase a veces mi sitio, incluso me llegó a romper la colchoneta donde yo dormía.

Cuando los dos volvían a casa, él me seguía atendiendo como antes, me aseaba y me daba de comer. Me acariciaba y me mimaba como siempre. Pero yo sentía que ya no le era de utilidad, era como si me regalase algo a lo que no tenía derecho, no me merecía.

Cuando me llevaba a hacer mis necesidades, yo aprovechaba esas pequeñas salidas, para demostrarle que no había olvidado mis conocimientos, no le dejaba seguir si había algún obstáculo, me paraba al llegar a un escalón, etc., quería explicarle que seguía sirviendo, que sabía interpretar mi papel, pero de nada me valió, cada mañana se iba con Laila y yo me quedaba solo.

Ayer presentí que algo trágico ocurría. A la hora en la que debían volver del trabajo, entró solo, me acerqué como siempre pero él me ignoró. Estaba nervioso, se movía de un lado para otro sin que yo pudiese comprender el propósito que lo dirigía. Le llamaron por teléfono y le oí contar que la causa había sido un coche que pasó a toda velocidad. Entonces tuve el presentimiento de que Laila no me molestaría más. Inmediatamente pensé, que al día siguiente, todo volvería a ser como antes.

Esta mañana cuando se levantó y me dio de comer, yo esperé ansioso y me preparé como si fuese a partir con él. Pero lo vi coger su bastón blanco, me hizo una leve caricia y cerró la puerta como otros muchos días. No he podido evitar que los remordimientos y la desilusión tiñan estas horas que han pasado, al comprender que no podré realizar nunca más aquello que únicamente ha dado sentido a mi vida, el guiar a una persona ciega.

El olor a humo

El olor a humo

El olor a madera al arder, se queda impregnado en la piel, en el pelo, en la ropa y en mi memoria. Es como si el humo te cubriera con un velo invisible para siempre. Mientras enrollo un papel de periódico para avivar la llama, sentada  junto a las brasas, recuerdo el invierno anterior, en el pueblecito, como si una pequeña cámara lo reprodujera en mi mente.

La casa de piedra, las ventanas cerradas. Afuera niebla y escarcha. Caminos interminables rodeados de montañas. Una Toscana hermosa pero encogida por el frió.

Fue un viaje en avión al pasado, porque es donde ese pueblo se mantendrá eternamente.

El mismo comedor que siempre estuvo repleto de gente, de carcajadas, de platos humeantes, ahora solo lo ocupábamos mi tía y yo. La mesa que siempre se nos quedo pequeña nos volvía diminutas ahora, en su inmensidad de roble.

Pasamos los dos primeros días, una frente a la otra, con las manos apretadas, llorando sin dejar de mirarnos a los ojos. El teléfono siempre cerca, siempre sonando, para volver a empezar, a explicarlo todo, a nadar en una pena que se presentía ya interminable. Mientras ella hablaba, yo miraba las brasas, como ahora, y me ocupaba de avivar el fuego, con la inocente esperanza de que Ali pudieran mejorar las cosas.

Al tercer día salimos a la calle, Alexandro, se había reducido a cenizas y parecía que así pesaba un poquito menos en el corazón, si, lo parecía, aunque no era cierto.

Había tanto que hacer y tan poco tiempo que el día se nos pasaba volando entre visitas al notario, consultas, papeleos, planes de emergencia que inventar para una mujer a la que no le quedaba nada, salvo una casa demasiado cara para seguir pagando y el dolor en los brazos de haber levantado a pulso un cuerpo que formaba parte del suyo, pero ya no estaba.

Por la noche volvíamos a la mesa gigante, solas y abríamos una botella de vino, una de tantas que se iban a quedar en la bodega, cuando marcháramos. Poníamos el mantel de flores, dejábamos la tele de fondo y improvisábamos una especie de cena, en parte por vaciar una nevera todavía rebosante y también para sentir, aunque extraña, un poco de normalidad.

Durante esas noches, que parecían no acabar nunca, mi tía hablaba, una palabra tras ósea, recomponiendo una vida que se le acababa de hacer añicos y yo la escuchaba, no podía hacer otra cosa.

Llevaba dos años en Italia cuando conoció a Alexandro, entonces vivía en una pequeña ciudad muy cerca de Florencia y rodeada de tres murallas , un dato que puede aclara bastante el carácter cerrado de sus habitantes. Pasaba seis días a la semana cuidando un aciano, y el día libre tampoco daba para mucho, así que un día le dio por ojear las paginas de contactos y encontró un anuncio que le llamo la atención.

Viudo, amante de la pesca, busca conocer señora simpática para hacerse compañía mutuamente.

No supo explicarme que fue realmente lo que le gusto de esas palabras, mas bien llamo siguiendo un impulso, una corazonada, haciendo caso al destino, por una vez.

La voz le resulto agradable, firme, familiar y quedaron para el día siguiente, en la “piazza San Michele” para conocerse. Y como ella contaba, allí lo encontró, casi escondido detrás de un árbol, a un hombre grande como un oso, con los pantalones sujetos con tirantes y un sombrero. No era lo que esperaba, hasta que reparó en sus ojos, unos ojitos brillantes, negros como dos canicas que lea miraban entre tímidos y risueños, sintió que valía la pena intentarlo y que la soledad podía desvanecerse con una mirada. Así pasaron a compartí su día libre, paseando, haciendo excursiones por los villas de alrededor, charlando, en definitiva, conociéndose y no paso mucho tiempos para que comenzaran a vivir juntos.

Alexandro tenia un  negocio familiar, un restaurante, y le enseño a elaborar la pasta, para que pusieran trabajar juntos. Ademar era un excelente cocinero, así que mi tía paso en poco tiempo de cuarenta kilos a unos sesenta, pero no importaba, seguía pareciendo pequeña a su lado. Hacían mejor pareja así, decía. Un año después ya eran inseparables, incluso se fueron juntos a Génova, para trabajar en un restaurante de lujo, recién inaugurado, el como chef y ella como ayudante. La experiencia no resulto porque el dueño era un mañoso, gracias al cual, tuvieron el teléfono pinchado durante casi un año,  pero eso si, les quedo como anécdota para contarnos todos los veranos y para confirmar que en ninguna sitio se vivía mejor que en su pueblo.

El resto de la historia yo ya la conocía, una pararte la pase con ellos , pero noche tras noche, la seguía hilando, para acabarla, para vaciarse del todo.

Llevaban una vida tranquila, pasear los veranos con ellos era dejarse arropar por dos corazones enormes, dos seres atípicos, que se pasaban el día riendo, y entonando el canto y no llores para combatir los problemas. La tienda, lasa, la siesta diaria. Él escribía un libro de recetas y ella lo pasa a maquina. Ella dejaba todos los crucigramas a medias y él los terminaba.

Paso un día y otro, hasta que Alexandro enfermo de diabetes, y inexplicablemente eligió morir. Solo tenia que hacer dieta pero ese hombre tan grande, el maestro cocinero, lo dijo bien claro.

Prefiero que me corten las dos piernas a vivir cono un enfermo. Y así ocurrió. Murió un par de años después mientras le practicaban la diálisis. Una semana antes de que le amputaran el segundo pie. Ella lo acepto, ¿cómo llevarle la contraria a un oso? Y mientras me lo contaba no sabia bien si reír o lloras.

Solo llevaban unos meses en la casa nueva, la eligieron porque no tenia escaleras que entorpecieran su paso,. Desde la ventana se podían ver los Apeninos, sus puntas nevadas curaban el corazón, por eso, a veces, nos pasábamos hora mirándolas.

Una tarde, en que mi tía estaba un poco mas animada, me contó que él le había enseñado muchísimas cosas, de la cocina, de la vida, de la ciudad, pero que solo con ella había subido a la torre de la iglesia, las mas alta del lugar, curiosamente coronado por un árbol y con mas de quinientos escalones. Ella se la descubrió y como dos niños pintaron Alexandro y Mariaen una de las paredes interiores. Me enseño fotos de cuando llegaron a la cima, ella no podía ser mas feliz, él me guiñaba un ojo desde la distancia y yo sonreí cómplice al intuir la decena de veces que ya había estado allí arriba.

Eso me lleve de aquellos días, el brillo de su mirada, las nubes tocando el suelo y e olor a humo impregnando en mi abrigo.

Por eso hoy, aunque este tan lejos , me ofrecí para encender el fuego, para llenarme los pulmones de recuerdos y poder transformar al fin, mis lagrimas en cenizas.

  

 

Recuerdos...

Recuerdos...

 

La imagen de aquella niña la había perseguido a lo largo de su vida. Surgía con tanta nitidez que se había convertido en el enigma que necesitaba descubrir.

 

A veces, cuando viajaba en autobús, o cuando dejaba de escuchar al profesor de economía en clase, la volvía a ver, pequeña, descalza, el pelo le caía sobre los ojos ocultándole la cara, la luz del atardecer dejaba ver una puerta próxima, pero siempre cerrada.

 

Intuía, que aquella calle escalonada desde la que se le presentaba, pertenecía al pueblo donde había nacido, pero las veces que procuró investigarlo durante alguna conversación con su madre, no consiguió información de utilidad. Siempre estuvo segura, que ninguna de sus preocupaciones, por importante que fuera, resultaba merecedora de la atención de su progenitora.

 

Recibió con alegría la llegada de las vacaciones, el ambiente cerrado de aquella residencia de estudiantes la asfixiaba e incluso el escuchar sólo hablar inglés, contribuía a agravar su crónica sensación de desubicación. Pero cuando llevaba tres días en casa, sintió que allí no tenía nada que hacer. Inventó que se iba de camping unos días a la sierra con unas amigas, a su madre le hubiese parecido una barbaridad que quisiera ir a aquel pueblo miserable en el que sólo quedaban tres o cuatro viejos, así que sin dar más explicaciones, metió algo de ropa en una mochila y subió al tren para viajar al lugar que no visitaba desde hacía años.

 

Cuando vió la torre de la iglesia, su reloj marcaba las 19.25. El taxista se extrañó que le dijese que habían llegado, le preguntó si estaba segura que allí vivía alguien, y sólo se quedó más tranquilo cuando aceptó la tarjeta con su número de teléfono por si tenía que regresar a recogerla.

 

Dedicó una mirada de indiferencia a la enorme y lujosa casa que sus padres habían hecho construir a las afueras. En una época solían pasar allí el día de la fiesta, el tiempo suficiente para ir a la misa, la procesión y disfrutar de una comida en familia con personas a las que no volvían a ver hasta el próximo año. Pronto se dio cuenta, ya adolescente, que la existencia de aquella casa, sólo respondía al interés de manifestar las diferencias, cualquier idea de mezclarse con el resto de vecinos, estaba totalmente descartada.

 

Los que en otro tiempo vivieron de trabajar la tierra, se vieron obligados a marchar para ganarse la vida pasando diez horas en una de las fábricas de una lejana ciudad. Su padre pasó a beneficiarse de la explotación de aquellos campos, pagando una miseria a unos propietarios únicamente ocupados en conseguir una existencia más cómoda, y recogiendo el fruto de la venta del trigo que daban, en tal cantidad que alcanzó no sólo para los internados en la capital, sino también para las universidades extranjeras de algunos de sus hijos.

 

Continuó la línea de la carretera. A la derecha las casas eran escasas, dejando lugar a las acacias, los olmos y las moreras, y más allá los campos que se perdían en la lejanía. A la izquierda se agrupaban con mayor ahínco, y entre ellas, de vez en cuando, un callejón ascendía hasta otra calle trasera. Se fue fijando en cada uno de ellos, segura que cualquiera podía corresponder al de la fotografía que con tanta insistencia le mostraba su imaginación.

 

Y de repente apareció, estrecho, ascendiendo de modo salvaje, los escalones se podían reconocer, aunque el tiempo se había empeñado en erosionar sus bordes. Temblando de emoción empezó a ascender con lentitud y pronto descubrió a la izquierda la entrada de lo que debió ser una pequeña casa. La puerta era baja, de madera carcomida y con las partes metálicas, cerradura, bisagras y adornos, oxidadas.

 

Se interrumpió al escuchar una especie de silbido, aceleró el paso hacia arriba con la esperanza de descubrir a su autor. El callejón de sus sueños desembocaba en una zona amplia desde la que divisó, lo que debía ser una vivienda, situada en un montículo. Salía humo de la chimenea. Según se aproximaba, vio a un hombre de mediana estatura y unos cuantos perros y gatos a su alrededor. Entonces recordó al tío Toribio, según había escuchado en casa, Los tres o cuatro viejos que quedaban en el pueblo, se iban con sus hijos en el invierno, pero él no los había tenido, y rechazaba todo ofrecimiento de ingresar en una residencia.

 

Él la vio llegar sin asombrarse apenas, como si fuese uno más de los animales que recogía cada atardecer. Ella mintió cuando le preguntó que de quien era, diciendo el primer nombre que pudo recordar. Su único propósito era saber quien había habitado aquella casita que acababa de ver y a ese objetivo dedicó todas las preguntas que le fue formulando.

 

Así consiguió que le contase que allí había vivido una hermana de la dueña del chalet. Era una chica alegre, aunque pronto empezaron a decir que no estaba bien de la cabeza. Recordaba lo bien que bailaba cuando él tocaba el acordeón en la plaza, durante las fiestas, los hombres se disputaban los mejores sitios para verla. Por eso todo el mundo dio por bueno cuando se empezó a correr la noticia que le habían hecho un hijo. El nombre del padre nunca se supo, pues a aquella loca le gustaba restregarse con unos y con otros, incluso la vieron revolcarse en la era con algún casado. Pero claro, su hermana lo tapó todo, desapareció unos meses del pueblo, dicen que estuvo en su casa de la ciudad y volvió como si nada hubiese pasado. De la criatura nada se supo, la gente creía que perdería a su madre, pero acabaría en buenos colegios. Ella ya no volvió a ser lo que era, hasta que unos años después se fue con uno de esos que venían a trabajar en la nueva carretera, de esos que ni se sabe de dónde son y vete tú a saber la vida que le habrá dado.

 

Soportó como pudo el torbellino de emociones que se agolparon en su pecho, hasta que pudo hacer una pausa en aquellas ansias de hablar que tenía el tío Toribio. Después volvió a bajar por la calle, impaciente por llevar a la acción la escena lógica que debía seguir a la imagen de aquella niña, que desolada, había permanecido tanto tiempo ante las escaleras. Empujó la puerta que cedió con facilidad a su presión. La entrada era pequeña y se había reducido con un montón de escombros que habían caído del piso superior. Con el pie limpió un poco uno de los rincones, extendió su saco de dormir y se acurrucó en él. A pesar de lo inhóspito y extraño del entorno, un sueño la envolvió de inmediato, como un velo de plumas y algodón, que le proporcionó lo que más necesitaba en ese momento, calor y una agradable sensación de protección.

 

Su destino final ( parte septima y últma)

Su destino final ( parte septima y últma)

 

Permaneció en silencio delante del confesionario, imaginándose cómo sería la reacción del cura ante su pistola azulada. ¿De pánico?, ¿Asustado? O decidido a luchar por su vida. Acostumbrado a ejercer opresión, no soportó por más tiempo la presión. De un manotazo corrió las cortinas de la casilla, deseoso de encontrarse por fin cara a cara con su víctima.

 

Se tropezó con el vació. No había nadie dentro. De repente, escuchó como si alguien descorchara dos botellas de champaña. El asesino conocía muy bien ese sonido. Miró su pistola. Él no había disparado. Su mirada se dirigió hacia su pecho, y contemplo, más bien sorprendido que aterrado, como dos manchas de sangre se extendían empapándole las ropas. Las piernas le fallaban. Aún tuvo tiempo de agarrase al confesionario y darse la vuelta. El viejito con pistola en mano le sonreía, con esa risa risueña, simpática, casi cariñosa. Despacio, intuyó que todo había sido una trampa, que para algunos sabía demasiado. Moría al final como siempre había vivido. Ya no era el personaje principal, sólo una comparsa, la víctima, y no podía esperar un final feliz. Mientras se desplomaba muerto y su alma, o lo que fuese, huía hacia la nada, fue consciente que no le importaba en absoluto que le hubiesen reventado el corazón de dos balazos, o que lo hubiesen cazado como a un novato principiante. ¡No! Pero no se hacía a la idea, no soportaba que alguien le aventajase como actor, que alguien interpretase su papel mucho mejor que él.

 FIN 

Su destino final (parte sexta)

Su destino final (parte sexta)

 

No pudieron seguir hablando, en ese mismo instante comenzaba la misa. Él asesino miró hacia arriba, hacia la bóveda en tinieblas, perturbada por los valientes haces de luz y de polvo que se colaban por los ventanales policromados del edificio. ¡Qué suerte la suya! No se lo podía creer. Era evidente que el destino estaba de su parte. Sí, era verdad, siempre encontraba el momento idóneo para concluir su trabajo; para purificarse y poder volver al vació de sus cuatro paredes. Sintió lástima. En cuestión de minutos, a lo sumo en un par de horas todo habría acabado. Y precisamente esta piltrafa a su lado, este viejo loco, charlatán y pesado, le facilitaba las cosas. Un júbilo inesperado lo invadió. Satisfecho escuchó paciente el apoteósico discurso de su víctima.

 

Eusebio López Aguirre era feo, feo hasta desagradar. Sin embargo, la fuerza de sus palabras movía masas. Razones no le faltaban para nombrar por su nombre a los terratenientes: culebras, explotadores, carroña, hasta demonios. Si él no hubiera estado ahí para matarlo, habría aplaudido incluso.

 

Transcurrían los minutos. La misa, el discurso y la cólera de un Díos justo, de un Díos para los pobres, llegaban a su fin. Esperó todavía unos minutos, hasta que la iglesia se vació. El párroco desapareció de su campo visual, pero sabía bien donde encontrarlo.

 

Se percató como las últimas tres personas en la iglesia, a parte de él y su victima, se congregaban en fila delante del confesionario, aguardando a que el párroco les absolviese de sus pecados. El primero en la fila, era un joven bien parecido, de pelo rubio, chupado, que cojeaba levemente de la pierna izquierda, vestido con un traje de franela gris. La segunda en comulgar, era una mujer muy gorda, con un traje estampado, de flores, que portaba un sombrero estrafalario. Era curioso, se acordaba de haberlos visto en el tren, durante el viaje. Y cómo no, por último el vejete, que no obstante, pudo localizar con facilidad al asesino, él cual precavido, se había sentado en un banco, oculto detrás de una columna. Le hacía señas, asomando la cabeza entre los pilares para que se acercara. No tuvo más remedio que aceptar este último desafío, antes de que todo terminase.

 

- En fin, me quería despedir de usted. Ha sido un placer conocerle – afirmó el anciano conmovido, tomando su mano entre las suyas.

 

- No, el placer ha sido el mío – tuvo que controlarse. Detestaba por propia experiencia las despedidas y odiaba aún mucho más toda posible muestra de cariño.

 

- ¿ Cuándo vuelve a casa? – preguntó otra vez el anciano sin soltar sus manos.

 

- Esta tarde – afirmó paciente.

 

- Bueno, en ese caso vaya con Díos, hijo.

 

- Y usted también abuelo.

 

Él era, por oficio, un maestro de la paciencia; pero jamás, en su larga carrera de sicario, había sentido una irritación tan grande, que ya rayaba la frontera entre la ansiedad y el desespero.

 

Era su turno, el viejito se arrodilló ante le confesionario. ¡Qué penas tendría este torturador de la palabra! A parte de su petaca de aguardiente.  El tiempo se hacía esperar. El viejito seguía de rodillas sin dejar de murmurar. Cuando ya pensaba seriamente en cargarse a los dos, el anciano se alzó por fin. Sonriéndole se alejó por los espacios vacíos de la iglesia y sus pasos se confundieron con el eco.