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LAS HISTORIAS DE QENA

Una mañana perdida

Una mañana   perdida

Me corren hormigas entre los pies y parece que se hincharan mis manos, hoy es viernes, el mismo de cada semana lleno de sol y mucha gente en la calle aguardando la noche para la rumba de oficio. Es la una menos veinte de la tarde, con el número 348 en mis manos indicando el lugar que me corresponde en la caja del banco para hacer efectivo el pago del cheque. Voy desgranando las horas de apremio que todos tenemos en la cara. Delante de mí el tique señala 47 personas antes que yo. A mi alrededor es inevitable que rápidamente hago un conceo mental de la cantidad de personas de dentro del banco: hay jóvenes, viejas, morenas, blancas, feas, bonitas, mal humoradas y chistosas que sacan cuentas con sus papelitos. Algunas llegan entre bromas y en serio a decir que apostarán al triple del día.

 

En una esquina, hacia una altura de unos dos metros y tanto, una pantalla de televisión intenta alegrarnos la mañana con la programación en vivo, apenas se nscucha, los oídos se nos llenan de las conversaciones de todos los que estamos en espera. Todo tipo de charlas en voz baja y entre dientes se dejan pasar por horas. Es inevitable escucharlas, aun con nuestra atención en los números que reflejan las pantallas digitales de cada caja. “Prohibido usar el móvil” señala un aviso debajo de la cajera morena, a la que trato de enfocar en el centro de mi concentración mental induciéndole el pensamiento para que haga menos chistes y apriete el Enter de su computadora a ver si mueve los números. El mismo aviso se repite en varios sitios visibles del banco, debería estar claro que no puede usarse teléfono dentro de las instalaciones bancarias, sin embargo, a mi lado, una mujer de cabello corto y lentes de sol inexplicablemente tapándoles los ojos se entretiene con una llamada de varios minutos.

 

Nadie presta atención a ese detalle, seguramente a mí me pasaría desapercibido si no fuera por el ocio de esperar por 47 personas que deben pasar por caja antes que yo. Le habla en voz baja a su interlocutor y de vez en cuando la levanta, escapándosele algún detalle revelador de la conversación, la cual no parece nada elegante y mucho menos amigable. Llega a cada rato más y más gente, se habla de todo en el ambiente, y los cajeros se intercambian comentarios de la jornada etílica que dentro de un rato les tocará para cerrar el día. Después de esperar casi dos horas y media, la pantalla señala mi número -el 348-, y presuroso me planto frente a la cajera con el DNI y el cheque en mano.

 

- Señor, tiene que esperar mientras confirmamos la emisión, tenga este tique y espere que ya le llamamos.

 

Un nuevo número me entrega la cajera que tengo entre las cejas para que pulse el Enter. Me río por dentro diciéndome: “después de todo sí es efectivo, aunque tardío, inducirle el pensamiento a la cajerita”.

 

- Muy bien, esperaremos de nuevo, - le respondí.

 

La mujer del teléfono hace rato que ha dejado de hablar, aún tiene las gafas oscuras y está sentada en el mismo sitio como atornillada esperando su turno. En todo este tiempo he ido venciendo la incomodidad de estar parada por un buen rato, he mirado a todos lados, saludado en ritual de cortesía a uno que otro conocido y comentado cualquier cosa para matar el tiempo. Después de todo ello, me acerco a la mujer de gafas por la curiosidad de sus ojos tapados y le pregunto:

 - Disculpe, ¿qué número tiene?

- El 438, ¿y a usted?

 

- Yo tengo el 348, estoy esperando la confirmación del cheque…pero con toda esta gente por delante Ud. tendrá que venir el lunes, le falta bastante todavía…

Son los mismos números en orden distinto y lo noto enseguida. No tiene ningún interés en entablar conversación, y de manera más o menos tranquila mira a ratos la pantalla del teléfono, es evidente que su inclinación está más hacia el móvil que a los números. Detrás de los gafas oscuras se aprecian apenas unos ojos tranquilos que parecen no importarle el tiempo de espera, como quien mira a todos y no ve nada porque sencillamente está en otro lugar. Es una mujer joven y delgada con una expresión nostálgica que contrasta con el torbellino bancario de un viernes de fin de mes. Mirándola con detalle me recuerda mi maestra de cuarto curso, tenía un genio terrible detrás de una mirada serena de ojos pequeñitos.

 

Después de un buen rato, con lo cual sumaría más de tres horas en el banco, me acerco hasta el supervisor en demanda de información.

 

- Perdone, ¿qué ha pasado con mi cheque?

 

- ¿Cuál cheque?...

 

- El cheque que entregué a la cajera a favor de Manufacturas Rapidísima.

 

- Ahh… déjeme ver si está en este lote…, tienes que esperarse porque no hay línea para llamar por teléfono y confirmar la emisión.

 

- ¿Cuánto tiempo? Hace ya casi tres horas que estoy en el banco…

 

- No sé… espere..

 

Al lado del vigilante, una eslogan destaca el lema comercial del banco: “Te apoyamos”, letras grandes y notorias acompañan una cara sonriente de un cajero virtual que, encorbatado de azul y pulcra camisa blanca, hace entrega de un fajo de billetes a un cliente en una indubitable muestra de servicio y amabilidad. Es inevitable que me pregunte si estaré en el banco de la publicidad.

 

En un arranque de velocidad inusitada, las pantallas digitales comenzaron a moverse en promedio mayor que las horas previas, es evidente que el número de personas atendidas ha ido creciendo. A las cuatro y diez minutos de la tarde, cuando el propósito de mi visita al banco ya comenzaba a olvidarlo, el director me llama a su despacho a fin de explicarme las dificultades para confirmar la emisión del cheque. Mi molestia era inocultable y el director, en un gesto de amabilidad que no había mostrado antes, trata de convencerme del improbable desembolso. Mientras me explica, atareado con casos como el mío y otros similares, las pantallas van mostrando nuevos números. Al mirar a mi derecha observo en la pantalla de la cajera # 1 -a la que estuve toda la tarde induciéndole el Enter- el tique 438. Me doy cuenta del tiempo transcurrido, entonces y el director en el acto me dice de modo determinante:

 

- Debido a la hora y el día no podemos atenderle hoy. Tendrá que venir el lunes…

 

No teniendo nada. Sin más que hac*r en el bendito banco y con la rabia de haber perdido toda la mañana, me dirijo hacia la salida. En la puerta me encuentro con la mujer de gafas, que también iba de salida, apenas le veo por última vez los ojos. Antes de montarse en el coche que le esperaba en el aparcamiento, justo mientras abría lt puerta, se quita los gafas y me dice:

 

- Yo no soy tu maestra de cuarto grado.

 

 

El suave contacto

El suave contacto

Sufrió un accidente durante la manipulación de unas vacunas. Como la doctora acostumbraba siempre a trabajar hasta tarde, nadie oyó ni vio nada. Por suerte yo me encontraba cerca, así que fui el primero en comprender que había quedado ciega.

 

–Ayúdeme, por favor, no veo nada –su voz se perdía entre los gritos histéricos de los monos. Una disolución naranja bañaba su rostro.

 

Me acerqué despacio, hasta situarme a unos pocos centímetros. La doctora tenía poco más de 30 años, la piel clara y el busto esbelto. Imaginé que la besaba, aprovechando la situación. Y también que ella me correspondía apasionadamente.

 

–¿Quién es? –insistió–. ¿Es de seguridad?

 

Un chimpancé se encontraba muy cerca, contemplándonos con aparente interés. Otros monos se movían por la estancia a su antojo, contorsionando sus cuerpos de aquí para allá, jugando con aros, o puzzles, o siguiendo el programa educativo del monitor. Una mona garabateaba círculos a en una pizarra. Le habían instalado un casco de electrodos conectado a un monitor. Un gráfico constante permitía interpretar las ondas cerebrales en una pantalla.

 

–No se asuste –dije–. La ayudaré.

 

Mis palabras salieron a trompicones de mi boca. La belleza de la doctora sugestionaba mi mente prehistóricamente acostumbrada a los descalabros sentimentales. Así y todo quería ayudarla.

 

Un mono llegó desde alguna parte de un fuerte brinco y me mostró los colmillos. Como no tenía ganas de pelear le sostuve la mirada. Yo era más grande y más fuerte que él. Así que a los pocos segundos dio media vuelta y se marchó gruñendo.

 

–Es usted muy amable, no sé como ha podido ocurrir.

 

Le aferré la mano y comprobé que le temblaba levemente. Traté de tranquilizarla:

 –No tiene por qué agradecerme nada. Lo importante ahora es limpiar sus ojos.

–Lo sé, si pudiera usted guiarme hasta la lavabo......

 

Dejé a la doctora que se expresara mientras la remolcaba sujeta a mi brazo. Era mucho más alta que yo, así que caminaba un tanto inclinada hacia adelante, como cualquiera de los monos con los que trabajaba a diario.

 

Tuve que apartar primero a una mona que atendía en ese momento su higiene bucal. Después impregné un paño con agua y limpié con cuidado la disolución derramada. A pesar de eso estaba convencido de que no recobraría la visión hasta después de unas horas. Tenía los ojos muy irritados. Sin duda no pasaría menos de una semana aplicándose gotas especiales.

 

La doctora siguió hablando.

 

–De modo que eres de seguridad.

 

–Y usted es la doctora Emma –afirmé. No necesitaba leer su placa de identificación para saber su nombre.

 

Mientas asentía se acomodó el cabello hacia atrás, en una coleta simple. De su cabeza brotó un aroma a fresas que anegó mis sentidos. Muy cerca, un mono nos observaba con atención. Tenía un cubo de rubik en la mano, aunque no le prestaba la mínima atención.

 

Me sentí incomodo, nunca fui de muchas palabras. Un ruido de paletas llegó a nuestro oídos. Dos monos acababan de emprender una partida de raquetas. Era increíble lo que la doctora y su equipo habían logrado con aquel grupo de simios. Se lo dije.

 

–Pues no es nada en comparación con lo que espero. En un año habrá progresos mayores. Hay una mona que resuelve pequeños problemas deductivos. Y habráˆmás, ya lo verá.

 

Me sudaban las manos.

 

–Espere, le serviré un poco de agua.

 

Llené uno de los recipientes y se lo acerqué a la doctora. Cuando lo cogió, nuestras manos se rozaron de nuevo. Tenía la piel extremadamente suave. Mucho más que la de aquellos simios velludos. Sentí que se me erizaba el cabello en la nuca.

 

–Gracias –dijo. Todo en la doctora era gratitud y amabilidad. Le dije que sería mejor que la acompañara hasta la puerta del laboratorio. Acababa de ver una sombra en el ventanal del pasillo.

 

El mismo mono seguía con la mirada fija en mí. Ahora le daba vueltas y más vueltas al cubo. No había completado ninguna cara.

 

Cogí a la doctora de la cintura en un gesto amable. No era necesario, el problema lo tenía en la vista, no en las piernas, pero ella no dijo nada.

 

Caminamos despacio hasta la puerta, mi mano sujetándola ahora fuertemente. Ella se apoyó en mi hombro.

 

Al llegar a la puerta dije:

 

–En este momento llega mi relevo. Supongo que no le importará que se encargue él de usted. He olvidado hacer algo importante en otro sitio.

 

Me puso una mano en la cara.

 

–Claro que no me importa. Has sido muy amable por ayudarme –apartó la mano de mi cara–. Espero verte otro día, en circunstancias más normales, por supuesto.

 

La doctora sonrió.

 

–Claro, será un placer conocerla mejor en otro momento.

 Escuché un ruido de pasos en el pasillo, muy cerca. La doctora dijo algo, pero yo ya me había alejado.

–Adiós, me querida doctora –susurré.

 

Me acerqué al mono que nos había estado observando todo el tiempo. Meneaba la cabeza de un lado para otro.

 

–No deberías jugar con fuego –dijo.

 

–Lo sé, no he podido evitarlo.

 

–Escucha, si ellos se enteran de lo que ha pasado, nos pondrán las cosas muy difíciles a todos. Me caes bien, pero debes recordar que por muy inteligente que te creas, o por muy bien que imites su lenguaje, no dejas de ser un mono.

 

–Tienes toda la razón –dije.

 Pero mi corazón no decía lo mismo. 

La seca

La seca

 

Todas las mañanas al llegar al trabajo me encontraba con la cara de la encargada, seca como una astilla, sus ojos me parecían los de una vieja rata rancia y resabiada. su nombre era Lucrecia pero La apodaban la Seca.

Maria me decía a voces para que todo el mundo la oyera, tienes que llevar estas cajas al almacén y luego traes los catálogos y luego llamas al Antonio para que traiga la lista de tareas y luego y luego, y luego mil cosas más ininterrumpidamente…mis compañeras me miraban y sonreían a hurtadillas.

-Joder chica la tiene tomada contigo

-ya ves, contestaba, cuando te toca, te toca y a callar

Yo la odiaba y a su lado el trabajo me resultaba insoportable, lo más simple se convertía en una sobrecarga difícil de sacar adelante

Hasta cuando iba al servicio me golpeaba la puerta diciendo que espabilara, que el estreñimiento me lo dejara para mi casa

Aquel día no estaba la Seca en su lugar había otra mujer totalmente diferente.

Tengo que daros una noticia a todos los presentes nos dijo la nueva “jefa” dando dos palmadas para que la prestáramos atención

Los murmullos entre la gente aumentaban.- ¿Qué ha pasado? se decían unos a otros

-Silencio por favor.

Mi imaginación volaba y se desplegaba en multitud de elucubraciones, habrá tenido un accidente la habrán despedido, lo mismo se ha marchado a otro lugar según recreaba mi pensamiento se dibujaba en mi una espléndida sonrisa cualquier cosa me valía pero la mejor seria que la hubieran despedido, que explotara y se humillara para que supiera lo que es bueno…

En aquel momento sonó el teléfono móvil de la nueva encargada pidió excusas y se retiro un poco de la escena. Todos estábamos impacientes por escuchar que le había ocurrido a la Seca.

-A esa - apostillo Luly, una compañera nuestra -  lo mismo la han metido en la cárcel, no creáis que era trigo limpio, siempre andaba con paquetitos para atrás y para alante,.

Mi expresión era radiante y todos lo notaban

-¿Estarás contenta eh?

-Pues la verdad es que si lo estoy , y mucho

-Tampoco tires las campanas al vuelo lo mismo es una baja temporal y viene en dos días,

-no lo quiera Dios, por mi como si se muere

-Ay chica tampoco es para tanto, con que se largue ya tienes bastante

-No, no me basta

Perdonarme dijo la nueva encargada y retomando la conversación comenzó. Nuestra compañera Lucrecia ya no estará mas con nosotros, ayer mismo nos llamo su hija para decirnos…

Que.,

Les había tocado la primitiva un montón de miles y que nunca mas volverá, así que les comento y de paso me presento me llamo Pepa y a partir de hoy seré yo quien tome el mando, espero que nos llevemos todos muy bien.

El alma se me cayo a los pies, no podía creerme lo que estaba oyendo sentí tanta ira, envidia que casi prefería tenerla cerca y pobre como yo a que se hubiera hecho rica. Comprendí que mi deseo no era que estuviera lejos de mi , sino que fuera desgraciada, que sufriera la mitad que yo. No me relajó, no me contentó saber que ya nunca volvería a verla., A si no podía ser, eso no es lo que yo quería. Al deshacerse la reunión un par de compañeras me palmearon la espalda al tiempo que me decían. Haber que tal nos sale esta, por que ya sabes esto de los jefes es como los melones hasta que no los abres no sabes como te salen.  No escuchaba a nadie solo me cegaba la impotencia y la rabia.

 

Hasta pronto

Durante algunos dias no estare con vosotros. Voy a estar unos dias en un hopital por una operación. Espero volver pronto.

 

El calenton

El calenton

Estaba acojonado. No solía dedicarme a hacer esta clase de trabajos, pero cuando el hambre aprieta, tienes que correr hacia alguna parte, y la idea en principio no me pareció tan descabellada.

Parecía fácil. Yo solo tenía que llevar aquel coche hasta un pueblo perdido en el sur de España, dejarlo en un garaje y volverme en un avión a Galicia, ellos se ocuparían de lo demás. No tenía ni idea de qué coño habían metido aquellos hombres en el maletero, tampoco estaba seguro de querer saberlo, no podía ser nada bueno dada la gran suma de dinero que me iba a embolsar por aquel maldito viaje, de saberlo, no podría evitar que mis piernas empezasen a temblar sin control en el caso hipotético de que la policía me parase en un control rutinario, no tardarían nada en registrar el coche de arriba abajo al ver mi reacción, seguro que me pasaría una buena temporada en el talego, y no me gustaba nada la idea de que mi virgen culito fuese profanado por algún hijo de puta hambriento de sexo y sus amiguitos en la típica escena taleguera de la ducha y el jabón, pero, qué diablos, no encontraba más salidas, llevaba meses durmiendo en la parte trasera de mi coche y comiendo las sobras que recogía del contenedor de un conocido restaurante de mi barrio, vamos, estaba todo lo desesperado que un hombre puede llegar a estar, debía hacer este viaje, así podría sobrevivir algunos meses más hasta encontrar un trabajo con el que poder seguir adelante con una vida algo más digna, algo más digna que dormir en un coche y repartirme las sobras del restaurante con los gatos de los alrededores.

Llevaba ya unas horas de viaje; estaba muerto de sed; sed y calor, mucho calor, la temperatura rondaba los 40º, y mi mierda de coche no tenía aire acondicionado. Me habían dado un adelanto para los gastos del viaje y para el billete de avión que me llevaría de vuelta a casa, pero, al carajo, hacía tiempo que no tenía casa, mi casa era mi coche, me buscaría un curro en Andalucía y me quedaría también con la pasta del billete, aunque pensándolo bien, esa cifra era insignificante en comparación con la gran suma de dinero que me iba a embolsar con este trabajito, y ¿cómo coño iba a cobrarlo si no volvía a Galicia?. El calor estaba volviéndome loco; me encontré con un área de servicio y decidí parar a repostar gasolina, comprar agua fría, y refrescarme un poco en el lavabo.

Mientras pagaba el agua y la gasolina noté una presencia a mis espaldas, casi podía sentir su aliento en mi cuello, me giré y vi que se trataba de una chica, aunque ya había percibido el olor de su perfume, eso y su respiración acariciando mi cuello habían conseguido ponerme cachondo antes de que pudiese volverme a mirarla. Estaba realmente buena. Su larga melena castaña oscura caía mojada por encima de sus hombros, seguramente se le habría ocurrido la misma idea que a mí y había ido al water a refrescarse, eso la hacía aún más atractiva, me estaba poniendo a cien, llevaba puesta una camisa vaquera con un nudo a la cintura y las mangas recortadas, seguramente con una navaja, el corte era bastante irregular y todavía podían verse algunos flecos que le daban un aspecto todavía más salvaje. La mayoría de los botones de su camisa estaban desabrochados, dejando al descubierto una gran parte de aquellos pechos de ensueño que desafiaban la ley de la gravedad, y que, mojados por las gotas de agua que se iban escurriendo de su pelo, eclipsaban casi por completo aquella minifalda, vaquera también, que seguro dejaría parte de sus nalgas al descubierto si decidiese agacharse a coger algo en una de las estanterías inferiores. No recuerdo exactamente qué fue lo que me susurró al oído, solo recuerdo que mi paquete estaba a punto de explotar.

Salió de la tienda y me hizo una seña, parecía insinuar que la siguiese hasta los baños; me pareció una idea cojonuda. Le dejé al dependiente un billete de 50 euros encima del mostrador.

- Quédate con la vuelta amigo.

Con las prisas me olvidé la botella de agua, pero no perdería el tiempo volviendo a por ella. Me di cuenta de que no había cerrado el coche con llave, pero tampoco tenía tiempo para eso. Ella me llevaba unos metros de ventaja, se detuvo unos segundos en la puerta del W.C. , me miró, sonrió y entró en el lavabo de caballeros. Cuando entre yo, ya se había quitado la camisa, me besó violentamente, la muy zorra casi me arranca la lengua, mi paquete estaba ya al rojo vivo, me la saqué, le subí la falda y le bajé las bragas hasta las rodillas.

– ¡Espera! – me dijo.

– ¿Tienes un condón?

– No, no tengo ningún condón.

– No vamos a hacerlo sin un condón.

- ¿Qué?

- Lo que oyes, si no hay condón no hay polvo.

– Oh, ¡mierda!

No llevaba condones ni en mi cartera ni en el coche, ¿Quién me iba a decir a mí que iba a tener la oportunidad de echar un buen polvo en este viaje de “negocios”? Lo más que se me había pasado por la cabeza es que acabasen rompiéndome el culo si terminaba en el talego. Todavía no sabía si esto me estaba pasando de verdad o si estaba delirando por culpa del calor y los nervios.

– Creo que tengo alguno en mi coche – dijo.

– Espérame aquí, vuelvo enseguida.

Claro que la esperaría, no iba a marcharme a ningún lado con aquella erección de caballo, solo pensaba en metérsela hasta las orejas, hacía tiempo que nadie me ponía tan cachondo.

Esperé un rato y ella no volvía.

– Debe estar buscando los condones – pensé.

– No puede tardar demasiado.

Pasaron varios minutos y ella seguía sin aparecer, ya casi se me había pasado el calentón cuando decidí subirme los pantalones y salir a ver qué pasaba.

Cuando salí de los servicios me quedé paralizado al comprobar que ella ya no estaba, ni ella ni mi coche, la muy puta se lo había llevado, y seguramente no tenía ni idea de lo que había en el maletero, yo tampoco, solo sabía que acababa de meterme en un lío de tres pares de cojones. Me dirigí a la cafetería, me senté en un taburete, pedí un café con leche y unos donuts. Removí mi café con la cucharilla.

- Qué bien me la has jugado zorra.

Luego, sonreí.

 

Hospital

Hospital

 

Después de pasarte 9 meses a cuerpo rey, en tu útero, calentito y sin ningún problema, lo que se dice de puta madre, y justo cuando tus constantes vitales están totalmente desarrolladas y estás disfrutando más del chollo, te llevan a un hospital, te invaden el garito y te sacan de allí por las buenas. Y encima va y el médico te mete una leche. Y eso que es la primera vez que vas.

 

Así no me extraña que la gente tenga ese odio irracional hacia los hospitales. ¡Son como los payasos de los cumpleaños! A ningún niño les gusta y dan muy mal rollo. Porque los recuerdos más terroríficos son los que se tienen en la infancia; ¿y qué es más terrorífico que un médico con una aguja, a lo Re-Animator, dispuesto a metértela por el culo? ¿Que te dice que no te va a doler? ¿Pero que el más ínfimo contacto de la aguja con la piel te transporta a una caldera en lo más profundo del infierno? El médico te mira, te dice “te has portado muy bien”con cara de que se lo dice a todo el mundo y va y te da una piruleta. Con la consabida coletilla:

 

-Pero tiene que ser de limón, que de fresa no me quedan, ¿eh, campeón?

 

Yo, señores, yo odiaba las piruletas de limón. A mí me gustaban las de fresa. O sea, encima de que el tío te ha puesto suave, va y te dice que “de fresa no me quedan”. Pero claro, después de refregarte por el suelo, llorar como una fallera y gritar que te quieres morir mil veces, no te mereces la piruleta de fresa, que las tienen guardadas en un cajón. ¡Tráfico de piruletas!

 

Y hablando de piruletas, sé que esto está muy visto, pero no negarán que la comida del hospital no es precisamente deliciosa como una piruleta. {¡Aunque sea de limón!} Aquello más bien parece el vómito de la niña del exorcista con tropezones de regalo, y de postre te ponen un yogur ácido que te succiona la mejilla. Que si guisantes que explotan nada más pincharlos con el tenedor, que si zumitos de naranja con toda la pulpa flotando que parece el cerebro de un mono, o demás rastrojos verdes putrefactos.

 

Que yo me pregunto… si un tío que se pasa un mes comiendo hamburguesas acaba mal… ¿cómo acabará quien se pase un mes comiendo de la bandeja del hospital? Los guisantitos, el zumo de naranja a punto de huevo revuelto o la sopa pastosa del color del cielo al anochecer, ¡un asco! Si es que ya me imagino la escena. Cuando fallece alguien en la camilla, ahí va el médico todo serio:

 

-Hora de la muerte: 17 y 4 minutos de la tarde. Causa…

 

¡No! ¡Muy mal! Eso se puede evitar, porque si cuando le están reanimando uno dice:

 

-¡5 mililitros de adrenalina!

 

Otro dice:

 

-¡Descarga! ¡Todos fuera!

 

Y finalmente el experto suelta:

 

-¡No responde! ¡Rápido, 100 gramos del cocido de su madre directamente al corazón pero ya!

 

Las cosas, los malos rollos de las muertes en los hospitales y las negligencias médicas, irían mejor.

 

Eso sí, los únicos que parecen inmunes son los ancianos, pero estos si pasan de los 75 ya son indestructibles. Como han pasado una guerra… Ah, los viejos, esos entrañables personajes que se pasan en el hospital más tiempo que los propios enfermeros, sólo comparables con los viejos de banco (esos que se tiran media hora para pasarse veinte euros a esta cuenta y luego sacar un dinerillo, pero sólo en monedas de dos céntimos que luego se lían, y etc…). Tú estás con dolores en el estómago y tienes a una vieja medio sorda al lado leyendo el Pronto. De repente te dice:

 

-¿Y a ti que té pasa, chiquillo?

 

Tú la miras con ojos de león de la sabana en plena carrera detrás de un impala, y sin que té de tiempo a contestar te suelta:

 

-Mi Aurelio, que en paz descanse, tenía lo mismo que tú –todo esto dándote palmaditas en el muslo y como si estuviera enumerando la plantilla del Valencia- y le detectaron un piedra en el riñón que se lo tuvieron que sacar con un tubo de aspiradora que le metieron por la ingle. Al final el pobre se me murió de los dolores, porque se rumorea que este hospital anda escaso de anestesia.

 

¡Horroroso! Ves pasar tu vida como en diapositivas, se te hace un nudo en el cerebro y acabas por cambiarte de banco… y te sientas al lado de una mujer ojerosa de pelo lacio con un crío que con 39 de fiebre no para quieto, que si se sube encima de la silla, que si intenta hacer una voltereta por el suelo, empieza a bailar… La madre le dice:

 

-Hijo, estate quieto.

 

Y el crío ni caso, no para hasta que acaba vomitando el Cola cao encima de tus zapatos. Aquí ya no aguantas más, te levantas y té quedas de pie esperando tu turno. Esto también es un espectáculo. Vas detrás de un hombre con un parche en el ojo, el niño toca pelotas, otro que también tiene fiebre –te piensas que te tocará enseguida-, pero, ¡maldición!, Delante dé ti está la vieja medio sorda del Pronto que va a estar como mínimo 3 horas.

 

En fin, si algo bueno tienen los hospitales son las enfermeras. Sus cofias, ese traje blanco que da tanto morbo… ¡Qué gran mentira nos enseñaron las películas porno! Ni ligueros, ni escotes, ni “túmbese en la cama que mi compañera y yo le vamos a hacer una inspección a fondo”. ¡Nada en absoluto! Por no tener no tienen ni gracia. Porque se pasan todo el día puteadas (nunca mejor dicho) por los niños vomitones y las viejas lectoras del Pronto que van allí sólo para conversar.

 

Para no aburrirse con la espera, propongo un pequeño juego: si uno se pasea por un hospital, puede adivinar ciertos lugares sólo con fijarse en pequeños detalles. Por ejemplo, un lugar con gente que no cesa de cambiar la postura (brazos cruzados, mirada perdida a un rincón, tarareos incomprensibles), eso es otra sala de espera y además con mucha espera. Si ves a Drácula, ahí se hacen las transfusiones de sangre. Un lugar blanco, limpio, amplio, higiénico, de todo menos un cuarto de baño. Un lugar oscuro, pequeño, antiséptico, ahí sí que te has metido en el baño o bien en el cuarto de las escobas. Si hay un tío alto, vestido de negro y con una guadaña, enfermos terminales.

 

Y cómo no, no podía faltar. Hay un sitio inconfundible: sólo hay hombres que se estiran de los pelos y rezan algunas plegarias a dios, algo fondones que, si estuviera permitido, fumarían como locos. Eso son las parideras. O maternidad, si hay alguien que prefiera el término técnico. Allí miles de papás esperan ansiosos a sus esposas cargadas con algo parecido a máquinas tragaperras, salvo que nunca dan premio (bueno, algún que otro regalito en forma de churro sí que dan).

 

Yo, cuando sea ya mayor y haya pasado alguna guerra, pienso pasarme el día en el hospital molestando a todo lo que se mueva. Se sentará alguien a mi lado que se masajea el hombro y le diré:

 

-Ay pobre, qué mal aspecto.

 

Me mirará con cara de loba enloquecida y, sin tiempo a contestar, le daré palmaditas en el muslo:

 

-Pues a mi Jacinta, que en paz descanse, le dolía el hombro y le tuvieron que implantar unas barritas metálicas a través del sobaco que estuvo siete meses con el brazo en alto. Al final se suicidó comiéndose siete yogures de la bandeja, ¿sabes?

 

Y entonces veré a algún niño con el diablo en el cuerpo y le daré tal colleja que se va a pasar media vida rapeando como las palomas. Luego me cagaré en todas las sopas de las bandejas sin que lo sepa nadie y escupiré gargajos en los zumos.

 

A medio camino engancharé a alguna enfermera. Empezaré a comerle la oreja hablándole de mi pobre Jacinta hasta que le estalle la cabeza. No contento con eso, iré a la sala de maternidad a amargarles más la vida a los hombres rezadores de plegarias. Y si veo que un solo médico le sacude a un recién nacido, lo denunciaré por malos tratos. Y finalmente, montaré el pollo del siglo.

 

Entraré en la habitación del médico que me daba piruletas de limón. Cogeré la aguja asesina que tiene y la llenaré con yogur ácido y se la pondré en la yugular (lógico pues por ahí va el yogur) y le amenazaré con pincharle si no abre el cajón con las piruletas de fresa. Porque yo, de pequeño, yo odiaba las piruletas de limón. A mí lo que me gustaba eran las piruletas de fresa.

El cigarrillo

El cigarrillo

 

Hace ya algunos años, para ser exactos 11 años, me fui de vacaciones con mis padres y mi hermana. Por esa época yo tenía 13 añitos (quien los pillara, por cierto) bueno el caso es que era tan tonta que ya fumaba por aquel entonces, cosa que mis padres y mi hermana no sabían a pesar de llegar con aquella peste a tabaco todos los días.

 

El caso es que cuando un día que no se dio cuenta mi hermana le quité un cigarro y lo escondí debajo del colchón de mi cama, esperando que algún día de esos 15 días de vacaciones pudiera fumarme.

 

Como en las vacaciones familiares se va juntos hasta para "cagar" no encontraba la ocasión para fumarme aquel cigarro deseado y aplastado por el colchón y la cutre tabla que formaban mi cama.

 

Pero un día, sin comerlo ni beberlo encontré la ocasión perfecta.

 

Mi hermana por aquel entonces tenía 16 años y un novio al que llamaba 45 veces al día más o menos. Total que me dijo un día por la noche,

 

- acompáñame a la cabina a llamar- cabina que estaba donde cristo perdió el mechero, la cartera, el tabaco. El caso es que fui con ella (cosa que no entiendo porque después de la paliza de ir andando hasta allí iba a estar como cosa de 2 horas yo sola aburrida pensando en el cigarro que me podía haber fumado mientras ella hablaba) el caso es que para suerte mía, la cabina estaba rota y se atascó el dinero y mi hermana me dijo que fuese al apartamento a por más dinero... ¡biiiiieeeeeen! - pensé yo- era la ocasión perfecta para fumarme mi cigarro!!!.

 Me di la gran caminata hacia el apartamento, no veía el momento de fumarme aquel cigarro aplastado y seco, con alegría lo cogí y abrí mi bolsa de aseo, cogí un bote de colonia para el olor, cogí dinero un mecherito y, ala de vuelta a la cabina más contenta que unas castañuelas, con ansia y deseo me fumé mi cigarro ( ahora que lo pienso me tuve que pillar un mareo de narices porque después de tanto sin fumar...) el caso es que cogí mi bote de "colonia" me empecé a echar por los brazos, por las cabeza, por la camiseta y puuun en toda la boca, y cual fue mi sorpresa que un adorable olor a aftersun invadió mi olfato y mi gusto claro está. ¿A quien se le ocurrió la genial idea de meter colonia y aftersun en dos botes completamente iguales? pues a mi misma, a la que se le ocurrió meter aquel cigarro entre el colchón y la madera.

Mi pelo, mi camiseta, mis brazos y mi boca, estaban llenos de aftersun, pero entre risas y lamentos, me sentí muy orgullosa de fumarme mi cigarro, en fin, que tonterías hacemos a esa edad y que importancia le damos a cosas tan insignificantes.

 

Ni mi hermana ni mis padres se dieron cuenta, o eso pensé yo.

  

Octavio

Octavio

Octavio era joven, sólo tenía 38 años, un médico brillante más entre los científicos recuperados de EE.UU. para el nuevo Centro de Investigación Médica inaugurado sólo siete años antes. Su carta donde pedía que no se culpara a nadie de su muerte puesto que era un suicidio había sido totalmente inesperada y no se hablaba de otra cosa en el CIM ni en la Universidad Felipe VI donde también daba clase sobre la degeneración de las células con la edad y con las situaciones límites del estrés. Mauricio se consideraba su mejor amigo, el mejor con diferencia, y pensaba que el sentimiento de Octavio era recíproco; ni siquiera cuando se fue rompieron el contacto y para él uno de los mejores momentos del día después de haber estado estudiando horas y horas cuando preparaba las oposiciones, era recibir un correo de Octavio donde le contaba sus andanzas y aventuras, especialmente cualquiera de las novedades americanas. A veces también se llamaban por teléfono si era el cumpleaños de uno de ellos o tenían algún caso profesional que querían discutir en detalle. Los dos habían hecho juntos la carrera de medicina y aunque Octavio se dedicó a la investigación y Mauricio por fin sacó la cátedra de Oncología, como él decía "a la tercera va la vencida", con el paso del tiempo seguían siendo muy buenos amigos.

En el entierro había mucha gente de la que conocía una gran parte, a Marina, la hermana de Octavio, que era dentista y tenía cinco niños, de uno de los cuales, Juanito, el segundo, era el padrino. La madre, Clementina, siempre había sido una mujer fuerte y de momento no lloraba pero su cara estaba demacrada, las ojeras denunciaban la falta de sueño y su mirada estaba como vaciada de cualquier sentimiento.

Mauricio se acercó y después de dar un abrazo a Marina y a su marido, le dio dos besos a Clementina y se puso a su otro lado, ya que el padre de Octavio había fallecido solo un año antes de un ataque al corazón. Cuando Mauricio la agarro del brazo, esta le dijo muy bajito "no te preocupes de que dé el espectáculo que ya vengo llorada de casa" pero su cara y manos estaban muy frías.

Estar, en la capilla del cementerio y mientras el cura leía, Mauricio recordaba... Todavía no se había hecho a la idea de que a partir de ahora no podría contar con Octavio cuando lo necesitara. El primer día que se conocieron, tenían cuatro años y en el recreo como no sabía donde estaba el baño y le daba vergüenza preguntar acabó haciéndose pis formándose inmediatamente un corrillo de niños que se reían de él, hasta que llego Octavio y sin decirle palabra se abrió paso y tiró de su mano llevándole a la fuerte de beber donde, con un pañuelo le ayudó a limpiarse las piernas ya que era septiembre y todavía llevaban pantalones cortos. La relación había quedado establecida y así continuó siempre.

Mauricio no estaba seguro de si él ya había decidido hacer medicina cuando Octavio se lo dijo, pero sabía que era lo que los dos querían y lo aceptaron con toda naturalidad, irían juntos a la universidad y salvarían muchas vidas. Octavio hablaba de ser cirujano pero Mauricio no estaba completamente decidido; en cualquier caso por entonces en las conversaciones pasaban de la medicina a las chicas y de vuelta a la medicina sin ningún hilo de continuación; eran los dos temas que les tenían obsesionados.

Octavio era siempre el más lanzado y el más inteligente pero menos laborioso; cuantas veces había ocurrido que Mauricio se había aprendido un texto de memoria sin comprenderlo totalmente, se lo decía a Octavio repasando para el examen y era este el, que lo aclaraba dándole sentido a la información aprendida.

Cuando empezaron a salir con chicas pasaba lo mismo, lo organizaba Octavio y luego salían los cuatro. Fue una buena época hasta que Mauricio se rompió el pie izquierdo jugando al fútbol ya que eso le impidió ir ese verano a Inglaterra a aprender inglés como habían planeado. Las consecuencias fueron que a Octavio le dieron la beca para ir a hacer el doctorado a Yale y Mauricio se quedó en Madrid. Mauricio se alegró por Octavio pero también por él ya que en el fondo prefería quedarse en España. No supo el motivo hasta que fue demasiado tarde, cuando se dio cuenta de que se había enamorado de Marina, se había acostumbrado a su presencia y al irse Octavio la echaba mucho de menos, casi tanto como a él, pero cuando se decidió a llamarla para salir al cabo de varios meses ella le dijo que tenía novio y Mauricio fue incapaz de decirla nada. De hecho salió con varias chicas en los años siguientes pero nunca llegó a casarse.

Octavio le contó que estuvo viviendo una temporada con Giovanna, una italiana que estaba haciendo el doctorado en pediatría y con la que se llevaba muy bien, era guapetona, inteligente y alegre, pero quería volver a su país para cuidar a los niños de Padua

Octavio le pidió que no dijera nada de este episodio romántico a su familia y Mauricio así lo hizo.

Después Octavio se hizo amigo de un grupo que había estado en la guerra de Vietnam; había ocurrido una masacre debido que uno de los centinelas se había dormido y le mataron por lo que no pudo dar la alarma; habían sobrevivido milagrosamente debido a que recibieron ayuda justo antes de que fueran todos eliminados. A la mayoría les faltaba algún miembro y ahora eran morfinómanos; y Mauricio intuía que ahí empezó la obsesión de Octavio por encontrar la forma de no dormir sin sentirte agotado.

"¿Cómo podríamos engañar al cerebro para que realizara las mismas funciones que cuando duerme pero estando en vigilia". "¿Te imaginas -le decía- lo que se podría hacer si no tuviéramos que dormir todos los días? Se podría haber evitado el accidente de Chernobyl y tantos otros causados por una fatiga extraordinaria". Aparte de los posibles beneficios para los que trabajan en turnos de noche, pilotan con horarios indeterminados, cuidan de una sala de urgencias en hospitales y tantos otros casos; simplemente podríamos aprovechar a hacer más cosas en el número de años que vivimos.

Mauricio no estaba totalmente de acuerdo, era más conservador y creía en la teoría de que las experiencias de cada día activan y modifican el sistema nervioso y que para recordar aquellas experiencias, es necesario estabilizar y mantener los cambios que nuestro cerebro sufre y que tienen lugar, de alguna forma desconocida, durante el sueño. Pero a distancia no quería discutir con Octavio y que a su amigo le pareciera que "se quedaba atrás" en sus inquietudes. Por eso, se llevó una gran alegría el día que Octavio le comunicó que iba a aceptar la oferta que le habían hecho del CIM para dirigir un equipo de investigación que tendría como objetivo la curación del cáncer de estómago. Todo fue muy rápido y antes de un año Octavio estaba de vuelta y la relación con Mauricio seguía como siempre; se veían prácticamente todas las semanas y todo parecía ir bien.

Parece que el cura había acabado su panegírico y entre varios empezaban a hacer descender el féretro sujeto por medio de unas cuerdas; el ruido de las paletadas de tierra sobre la madera se le hacía insoportable a Mauricio, plaf, plaf,...

Recordó la extrañeza que le causó el día que Octavio le llamó para pedirle que fuera a buscarle al CIM ya que quería enseñarle algo antes de ir a tomar unas cervezas, como hacían todos los viernes. El periódico universitario había editado un artículo sobre la posibilidad de que en el CMI se había descubierto una proteína que tenía propiedades anti-tumorales ya que se unía a las células cancerosas impidiendo que estas se dividieran; y pensó que su amigo quería comunicarle su éxito a él antes que a nadie para luego ir a celebrarlo. Llegó, por tanto en tono festivo y se sorprendió cuando encontró a Octavio preocupado y con sangre en la bata del laboratorio. Ante sus preguntas le confirmó que lo de la proteína era verdad, pero lo hizo de pasada, sin darle apenas importancia, mostrándose nervioso y exigiéndole un secreto absoluto sobre lo que le iba a contar y enseñar.

"La investigación que me importa no es la del cáncer sino la de encontrar una sustancia que nos permita funcionar sin dormir. Tú sabes que ahora existe un medicamento llamado Modafinil que aparentemente no tiene los efectos secundarios ni riesgos de adicción tan altos como las anfetaminas, pero después de su uso prolongado en ratas se ha visto que produce diabetes. Yo he logrado modificar la molécula de Modafinil y estoy haciendo experimentos para detectar cualquier efecto secundario, ni siquiera la diabetes. Cuando mis ratas llevaban 33 días tomándolo y no mostraron ningún signo de confusión o degeneración ni cansancio empecé a tomarlo yo también, no olvides que llevo esta investigación por la noche y la oficial durante el día. Pero ha surgido un problema, al llegar al día 80-82 de tomar el para-Modafinil, que así he llamado al medicamento modificado, las ratas demuestran una agresividad sin precedentes y se atacan unas a otras hasta causarse la muerte. Ahora estoy intentando mezclar el medicamento con tranquilizantes y parece que baja algo la agresividad pero dan muestras de un cansancio que no corresponde al ejercicio que hacen.

"¿Cuántos días llevas tú tomando el para-Modafinil?

"Hoy es la noche 67. Quiero que sepas que llevo un diario de laboratorio donde anoto todas las observaciones pero que sólo tú debes hacerte cargo de él y guardarlo hasta que me pueda hacer otra vez cargo de él y si a mí me pasara algo fatal según lo que ocurra tú debes decidir si hacerlo público para la comunidad científica o no.

"No te preocupes que haré lo que me pides pero yo a mi vez te pido que sigas los experimentos sólo con las ratas y que interrumpas inmediatamente tu aventura personal hasta que los resultados sean más alentadores y positivos. No seas loco, tienes que tener paciencia y quizás así llegar a algo bueno de verdad".

Habían pasado más de seis meses y cada vez que Mauricio le preguntó por los experimentos a partir de ese día, Octavio le decía sonriente que tuviera confianza y que parecían ir mejor que nunca.

El funeral había acabado y la gente pasaba a dar sus condolencias a Clementina y Marina, su marido y él mismo, puesto que muchos sabían que eran como hermanos. Clementina le decía al director del CIM "gracias por su consuelo pero creo que es una gran injusticia que Dios se lleve antes a los hijos que los padres, eso no debía de ocurrir nunca".

Marina, se acercó a Mauricio y le susurró al oído "odio ver sufrir a la gente pero  especialmente a mamá"

"Yo también odio ver sufrir a los que quiero" dijo Mauricio mientras se acordaba de la última mirada agradecida de Octavio cuando le inyectaba el líquido letal siguiendo las instrucciones que había encontrado escritas al acudir a su llamada en mitad de la noche donde decía "No puedo más: por favor Mauricio acaba con este terrible sufrimiento".

Y pensó cuanto tiempo pasaría hasta que fuera capaz de leer el diario de Octavio con los últimos resultados para decidir si debía sacarlo a la luz o no y que es lo que Octavio hubiera querido.