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LAS HISTORIAS DE QENA

La señora Maria

La señora Maria

A sus casi 65 años, mi vecina, la Sra. Maria podía presumir de mantener una figura perfecta, delgada y alta, de cabellos rubios y con una piel casi sin arrugas y con unos grandes ojos azules.

Desde que se quedo viuda. Siempre se estaba quejando de lo sola que se encontraba. A ella le gustaba salir a bailar y en verano ir la playa o piscina. Era una persona muy amigable, de esas personas que entablan amistad con cualquiera aunque no lo conociera de nada, pero sin embargo solo mi familia y yo contábamos con su amistad en la ciudad.

Por eso, aquel día del mes de Agosto, se alegro mucho cuando sonó el timbre de su puerta y se presentado en su casa Lucia, una señora a la cual no conocía mucho, pero a la que había visto y hablado un par de veces en el baile.

La verdad es que a Lucia se la conocía en el barrio por sus compañías poco recomendables, mi madre ya se lo había advertido varias veces, pero aquel día hacia tan bueno y a la Sra. Maria le apetecía tanto ir a la piscina, que le pareció una idea buenísima que Lucia le acompañara.

No se imaginaba que pronto se arrepentiría de haberla abierto la puerta.

Lucia entro y se puso cómoda mientras la Sra. Maria se arreglaba en su cuarto, conversaban amigablemente, sin que se diera cuenta que Lucia se puso a registrar los cajones del salón, y, al no encontrar nada de valor, se puso cada vez mas nerviosa.

La Sra. Maria, seguía su aseo sin percatarse de nada, hasta que de repente escudó golpes en la puerta del baño, era Lucia, con un enorme cuchillo que había cogido de la cocina.

Todo lo que recuerdo es que yo había esta durante toda la mañana en la calle y cuando llegue encontré un mensaje en el contestador del hospital.

Afortunadamente, la Sra. Maria, no revestía gravedad, le habían asestado varias puñaladas, pero por suerte no habían afectado a ningún órgano vital.

El sueño

El sueño

Me desperté, un hombre con una capa blanca estaba frente a mí, al saber que no estaba en mi cama, hice todo el intento por no sobresaltarme. El encapuchado me miró con una determinación indescriptible, evitó que le formulara la primera pregunta.

- No estás en la tierra - me dijo.

Parecía adivinarme el pensamiento, cada vez que pensaba algo como para preguntárselo, me contestaba como si lo hubiese preguntado.

- No, no es Marte - exclamó con más firmeza - Lo dices porque es el que está más cerca de la tierra, pero no.

Hice el intento de pensar en otro planeta, para comprobar su poder mental, elegí Mercurio.

- Tampoco es Mercurio, y no trates de probarme - lo dijo con más firmeza - no tiene atmósfera, tienes que pensar que es imposible que haya vida.

Entonces, comprendí que no era necesario hablar, solo con pensarlo era suficiente, pero eso me hacía sentir incomoda.

- No deberías sentirte de esa manera, solo trato de ayudarte - lo dijo como si tratara de calmarme, mientras se quitaba el gorro de la capa. A principio, lo veía como si fuera una foto, pero a medida que iba pasando el tiempo era más real.

- Bueno, Venus se parece a la tierra, pero recuerda que es muy caliente para que haya vida - me sorprendió de nuevo, pero quise seguirle el juego.

- Te morirías de frío si vivieras en Neptuno, está muy lejos del sol, pero no sigas jugando conmigo, no es Urano, mucho menos Júpiter, Saturno.

Cuando se estaba acercando a mí, noté que sus ojos no tenían iris
- Te queda Plutón - me dijo - Pero recuerda que te dije a principio, que no estás en la tierra, pero nunca te dije que esto es un planeta.

Trató de levantarme de la camilla, me senté, se fue alejando como si buscara algo. Noté que un cordón salía de mi cabeza donde tenía colocado un parche, miré hacia un monitor que estaba a mi derecha, donde se leía justo lo que pensaba en ese momento. El hombre regresaba con algo en sus manos.

- Con esto que te voy a colocar, despertarás en tu cama, como si fuera un sueño.

Miré una pantalla que estaba en el otro extremo, tenía un número de unos diez dígitos, comenzó a disminuir rápidamente hasta quedar en blanco, desperté con mi cerebro en cero. Entonces, comprendí que estaba en la tierra.
 

Escucha la palabra de las brujasNuestro secreto en la noche escondidoCuando el camino era oscuroNosotros lo revelamos en este día.  Ante el agua y el fuego misteriosoPor la tierra y el soplo del airePor la quintaesencia del espírituGuarda silencio quieras callar.  Los renacimientos de la Naturaleza El pasaje de los inviernos y primaveras Nosotros compartimos con aquello que viveY festejamos en un círculo fuera del tiempo  Cuatro veces por año vienen los grandes SabbatsY las brujas danzan gozosasPara las primeras recolectas para la CandelariaEn la fiesta de mayo y Todos los santos.  Cuando los días y las noches se igualanCuando el Dios está en su cenit o nacienteLos Sabbats menores son convocadosY las brujas se divierten. Trece lunas y ciclos femeninos Trece brujas en un covenTrece crepúsculos para alegrarseTodo esto en un día y un año. Transmitido desde las edades antiguasPasando entre hombre y mujer Pasando de un siglo a otroDesde el principio de las almas.  Cuando el círculo mágico es trazadoPor la espada o el athamé poderososSus fronteras atraviesan dos mundosEn estas horas hacia las sombras el desciende.  Este mundo no tiene derecho a verloY el mundo de más allá no traicionaLos Dioses ancianos allí son invocadosLa obra mágica allí es cumplida.  Hay dos místicos pilaresQue con el umbral del Templo lindanLos dos son poderes naturalesDe forma y fuerza divinas Sombra y luz en sucesiónOpuestos el uno con el otroRepresentan el Dios y la DiosaGracias a los ancestros esta vez es nuestro De noche es el caballero de los vientos El Dios astado señor de las sombrasDe día es el rey de los bosquesHabitando los claros y los valles Ella es joven o anciana a su antojoSobre la barca de niebla navegaEsférica dama argentina de medianocheSombra matrona y mística El Señor y la Señora del ArteHabitan las profundidades del espírituInmortales y siempre renacidosSu voluntad ata o libera.  Así bebe el vino de los Dioses AncianosY danza y ama en su honorHasta el día en que te recibirán En la paz al fin de tus horas  Haz aquello que deseas este es el retoMas a nadie dañesHe aquí la ley única

Que los Dioses te enseñan.

La carta

La carta

Hoy hace una semana que mi abuela murió, y he empezado a revisar las cosas que me proporcionaron su abogado, no es mucho, solo una pequeña caja de madera de ébano. En ella había fotos de ella de joven, de mi madre, mías, cartas, de un señor que supuse que eran de un amor de mi abuela, joyas.

 

Me puse a mirar las cartas. Eran de amor, de un amor de juventud del que deduje que fue un amor imposible. Seguí leyendo las cartas y más adelante descubrí que el amor de mi abuela era un joven vecino del pueblo. Era de una familia con posibles, mientras la familia de mi abuela era de las más pobres del pueblo. Entre ellos surgió un romance, que permaneció oculto de todos.

 Por las fechas de las misivas, deduje que la relación duro unos años, y creo que este joven caballero de familia bien quiso realmente a mi abuela, a pesar de una de las ultimas cartas que pude leer, él le comunicaba que se casaba con otra mujer a pesar de quererla, pero que la nunca hubiera permitido dicho enlace entre ellos y que él tenia un deber para con su familia

Después de leer esta ultima carta, me quede un poco triste. Pobre abuela, que no pudo ser feliz con el amor de su vida.

 

Mas tarde, después de unos días, descubrí algo. Nosotras, me refiero a mi madre y a mi, nunca supinos quien fue mi abuelo. ¿Y si mi abuelo fue aquel joven? Mi madre nació por aquella fecha.

 

Aquella pregunta empezó a resonar en mi mente con tanta fuerza que empecé a obsesionarme con ella. Investigué, hable con gente que en algún momento pudiera haber conocido a mi abuela. Hice tantas preguntas, a pesar de los desaires que recibí que alguien me envió una carta en la que mi abuela comunicaba al joven caballero que estaba embarazada de siete semanas. La carta estaba fechada quince días antes de la carta en la que él le comunica que se casa. Eso significaba que aquel joven era mi abuelo. ¿Y si tuviera mas familia? ¿No estaría sola? Tal vez, tuviera primo.

 

Empecé a buscar, y buscar, y después de un año encontré la pista.

 

Es una de las familias más ricas del país, de la cual solo quedan vivios dos personas, un padre y un hijo. Debía saber si podría ser el hermano de mi madre y por consiguiente mi tío.

 

Llame a la empresa haciéndome pasar por periodista que quería hacer un articulo sobre su padre. Y con las mismas quede con él en una cafetería.

 Fue puntual, era un hombre entrado en carnes, escaso de pelo, con la cara sonrosada, no era muy alto, pero si más que yo, venia trajeado, bien arreglado y oliendo a una mezcla entre madera, almizcle, bergamota y tabaco. Me presente y él hizo propio

Empecé con mí inventada entrevista, preguntado todo acerca de su familia. Era él, era mi tío. Él hablaba, pero yo no le escuchaba solo pensaba si debía decirle que era su sobrina, o simplemente debía callarme. Tal vez pensara que todo era mentida, que era una oportunista que veía dinero fácil. Él seguía hablando y yo me imaginaba como podría haber sido mi vida su mi abuela y su padre se hubieran casado. A lo mejor no hubiera cambiado mucho o sí. Eso es algo que nunca llegare a saber.

 

Después de varias horas en la cafetería hablando con “mi tío” decidí irme sin decirle nada. Estuve varios días dudando. Escribí varias cartas contándole todo, pero siempre las rompía. Estaba llena de dudas no sabia que hacer. Después de varios meses entre la duda, un día las dudas se me quitaron.

 

Era un día como otro cualquiera, estaba desayunando en la cafetería leyendo el periódico y de entre su paginas leí una esquela. Mi tío había muerto en un accidente de trafico. Decidí hacer caso al guiño del destino y callarme para siempre. Al fin y al cavo, ¿qué me iba a proporcionar el hecho de decirlo? Nada. ¿Dinero, fama? Yo ya tenia todo lo que quería.

 

Era feliz.

   

Premios 20Blogs

Premios 20Blogs

La revista 20 minutos a sacado los II Premios 20Blogs, me he inscrito en él y me gustaria que me votasen.

Es el primer año que me inscrivo en él o en cualquier otro concurso. El año pasado lo vi por casualidad y me parecio estupendo que convoquen premios  de este tipo, lastima que no alla mas de este tipo en la blogosfera.

Espero que el mio os guste para votarlo.

 

FELIZ NAVIDAD Y PROSPERO AÑO

A TODOS

 

El gigante egoista (Oscar Wilde)

El gigante egoista (Oscar Wilde)

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.



Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.



-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.



Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.



-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.



-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.



Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:


Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente
.



Era un gigante muy egoísta.



Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.



Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.



Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.



-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.



Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.



Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir.



Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.



-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.



Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.


-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.



Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.



-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!



Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.



-Es demasiado egoísta- se dijo.



Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.



Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.



-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?



Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.



Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.



-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.

-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.



Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.



Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.



Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.



Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.



Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.



-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.



Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.



-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.



El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.



-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.



-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.



Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.



Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.



-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.



Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.



-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.

 Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.



De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.



El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:



- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.



-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.



-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.



-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.



Y el niño sonrió al gigante y le dijo:



-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.



Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

 

 

 


 

La sala de embarque

La sala de embarque

Mi destino era el corazón de Islandia. Mi reto, encontrar aventuras y volver sano y salvo a mi casa, donde nadie conocía mis intenciones. Tenía dos horas de espera en aquel edificio de despedidas, bienvenidas y estancias cortas. Como la mía: yo venía de paso. Eran sólo ciento veinte minutos de escala en el aeropuerto de Charles de Gaulles, en París. Pero era el tiempo suficiente para que éste cumpliera sus tres funciones: saludarme con un cartel con la palabra “Bienvenido” en cinco idiomas, acompañarme durante estas dos horas y despedirme con otra señal que me deseara buen viaje en los mismos cinco idiomas.

Todavía no había bajado del avión cuando una libélula se estrelló contra la ventanilla por la que había estado todo el viaje evitando mirar, debido a mi poco gusto por los aviones y las alturas. Nunca había visto un insecto en una pista de aterrizaje, y entonces se desencadenaron todos esos pensamientos sobre primeras impresiones mientras buscaba la puerta por donde debería embarcar más tarde.

Aún me quedaba mucho tiempo y busqué una silla para sentarme. Nunca me han gustado esos asientos de plástico, que como los de cualquier sala de espera parece que están hechos así para que te canses de esperar y te marches antes de hacerles trabajar. Porque, siendo francos, el problema de urgencias de la sanidad pública no es el tiempo que tienes que aguardar para ser atendido, sino el lugar donde tienes que hacerlo.

 Usando ya uno de estos magníficos plásticos azulados, saqué la revista de viajes que compré en diciembre, que incluía un reportaje sobre la fría zona –a pesar de ser verano- a donde me dirigía. Antes de ponerme a leer, un joven sentado en el no más cómodo asiento de enfrente llamó mi atención. Sin más equipaje que una mochila de colegio, estaba escuchando una animada música con sus cascos pero permitiendo que yo la escuchara sin llegar a adivinar que canción era. El muchacho estaba intentando, sin demasiado éxito, poner atención en el cuadernillo en el que escribía. Usé la vieja forma con la que solía copiar en la universidad y alargué el cuello para leer su escrito. Apenas había una palabra legible, pero el idioma resultaba desconocido para mí. Sus ojos hablaban por sí mismos, decían que su pensamiento no era capaz de escribir nada coherente; su inspiración se debió de quedar en el avión. Es una lástima que ésta no actúe como la sombra.

Lloraba con calma, dejando caer las lágrimas una a una, sin precipitarse; sin ganas de poner un muro a la salida de sus sentimientos, que caían débilmente en forma de gotas de agua salada. Parece que, aunque con pena, estaba disfrutando mientras lloraba; quizá estuviera recordando los buenos momentos de un viaje del que regresaba, o de la vida que dejaba atrás para comenzar una nueva.

 Notó que le estaba mirando, y no se ruborizó ni se mostró inquieto, no se secó las lágrimas ni fingió una serenidad que hubiera sido imposible creer. Continuó llorando, disfrutando; como si no fuera a parar hasta que los sentimientos ya no pudieran transformarse en agua.

Me dieron ganas de preguntarle los motivos, de escucharle durante horas, de quizá acabar llorando yo también. Esto último no sería difícil, pues noté que aunque tragaba saliva no conseguía pasar ese nudo que se me había formado en la garganta. Pero había algo que me contenía, no era capaz de articular palabra. Si finalmente me decidiera a preguntar; quizá se hubiera sentido intimidado, o igual hubiera estado encantado de contar a alguien desconocido las razones, una por una, de cada lágrima.

Todas mis dudas se disiparon cuando vi en su macuto entreabierto un diccionario de inglés-alemán. Aunque podríamos habernos comunicado en la lengua inglesa, no quise forzarlo; pues si ya le hubiera resultado difícil expresar ciertos sentimientos en la lengua materna, no hablemos ya de intentar explicar cierta pena en un idioma ajeno a una persona cuya lengua tampoco era el inglés. Además, los alemanes siempre han tenido cierta fama de fríos, y quizá no tuviera ninguna gana de hablar de un tema que le provocaba un llanto apaciguado. Pero esa mirada guardaba muchos recuerdos e ilusiones que debían ser contados. Por fin decidí que si quisiera hablar el mismo daría señales para ello. Una decisión de la que me arrepentiría toda mi vida.

Guardó el cuaderno en el que apenas habría escrito cuatro líneas y sacó un enorme bocadillo envuelto en papel albal que una vez estuvo libre, mordió sin demasiado ahínco; mientras algunas lágrimas cada vez más lentas y finas seguían formando un pequeño charco en el suelo tras descender por sus mejillas.

Aunque no hacía tanto calor como otros años en el mes de julio, el muchacho iba demasiado abrigado para el tiempo que hacía: unas botas de monte manchadas de barro, pantalones vaqueros en los que, sin quitárselos, hubiera podido meter toda su pena si quisiera; y una sudadera amplia en la que se leía “libertad” en inglés. Al leer aquella palabra pensé que quizá se sintiera esclavo de sus recuerdos y necesitaba contarlo al mundo, entonces quizá no le hubiera importado hablar de ello. Lástima que la decisión ya la había tomado, y aunque titubeé unos segundos no la cambié.

 Miró su muñeca izquierda, donde llevaba una pulsera de cuero negro y un reloj digital, y se levantó cogiendo su mochila. De camino a la puerta de embarque, se paró en una papelera para tirar el albal de su bocata y quizá algún sentimiento; esta vez sí, se secó la cara y sacó su billete. Le perdí de vista cuando caminaba arrastrando los pies por aquel pasillo que le llevaría a su avión. Parecía no querer marcharse, parecía querer quedarse en aquel edificio de las tres funciones. Pensé que quizá lo que realmente quería era explicarme su historia, pero deseché esta idea al pensarlo dos veces.

Me dieron ganas de coger ese avión, de seguirle, de preguntarle. Pero como otras muchas veces, eran unas ganas impulsivas, de las que no solía llevar a cabo y a veces me arrepintiera por ello. En aquel momento no supe adivinar que esta vez sería una de esas en las que maldecía mi persona y todo lo que se a ella concernía.

Sin darme cuenta había pasado una hora de mi vida intentando vivir la de un joven con lágrimas sinceras, y aún hoy ese chico sigue dando vueltas por mi cabeza, todavía llorando.

Intenté concentrarme en mi revista, pero mi mirada iba directa al asiento de plástico donde había estado sentado el chaval. Mis pensamientos iban más allá: ya habían hecho por lo menos diez hipótesis sobre el motivo de su llanto. Debía estar nervioso, con cierto sentimiento de culpa por no haber avisado a nadie; pensando en lo que aquel viaje me esperaba y cómo me cambiaría, pues todos mis anteriores viajes me habían marcado de alguna forma.

En la hora siguiente no conseguí pensar en otra cosa. Salí a la calle para fumarme un cigarro, que aunque no lo hiciera a menudo disfrutaba con ello. Pasaba gente, y algunos, como el joven de las lágrimas ordenadas, caminaban absortos en sus recuerdos. Otros pensarían que yo también lo estaba, pero lo que ellos no sabían era que en aquel momento mis recuerdos pretendían penetrar en los de un chaval desconocido e intentar adivinar cuánto tiempo tardó en secarse interiormente.

Llegó la hora de coger mi vuelo, y esos pensamientos volaron conmigo. Durante toda mi estancia en Islandia no pude usar mi cabeza para otra cosa, incluso en algún momento me sorprendí con lágrimas en los ojos, pero éstas eran lágrimas rápidas, desordenadas, impacientes por salir. Quizá el llorar fuera un arte, y yo aún no lo había comprendido.

 No pasó una semana cuando ya estaba de vuelta en casa. Los recuerdos no me dejaron disfrutar del viaje. De hecho, cuando un amigo me preguntó que qué me había aportado este viaje, contesté que había aprendido que realmente no sabía no llorar. No sabría describir su gesto facial de aquel momento. “¿Has ido a Islandia para volver diciendo esa gilipollez, que no sabes llorar?”. Mayor fue su asombro cuando le expliqué que no me hizo falta llegar a mi destino. Que sin acabar el vuelo de ida ya llegué a esa conclusión. Que dediqué todos mis días en esa isla en reafirmarla. Pero el no conocía a nadie que llorara de tal forma como lo hacía aquel chaval, y yo no estaba dispuesto a explicárselo.

 Aún hoy, dos años después, no he aprendido a llorar. He buscado a aquel muchacho durante todo mi tiempo libre. He vuelto, una y mil veces, a esa sala de espera de Charles de Gaulles. He escrito anuncios en las páginas de contactos de los periódicos de su país y he ido a algunos programas de televisión y de radio. Se trata de una búsqueda difícil, quizá imposible; pero aquel chico de lágrimas limpias y ordenadas significó en mi vida un antes y un después. No hay día que no recuerde ese pequeño charco que formó tan sutilmente.

Si hubiera hablado con él aquella tarde de julio quizá conocería el arte de las lágrimas tan bien que no dudaría en ir a un aeropuerto a hacerlo, aunque tuviera que pasarme horas sentado en esas incómodas sillas de plástico azul.