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LAS HISTORIAS DE QENA

Una mañana perdida

Una mañana   perdida

Me corren hormigas entre los pies y parece que se hincharan mis manos, hoy es viernes, el mismo de cada semana lleno de sol y mucha gente en la calle aguardando la noche para la rumba de oficio. Es la una menos veinte de la tarde, con el número 348 en mis manos indicando el lugar que me corresponde en la caja del banco para hacer efectivo el pago del cheque. Voy desgranando las horas de apremio que todos tenemos en la cara. Delante de mí el tique señala 47 personas antes que yo. A mi alrededor es inevitable que rápidamente hago un conceo mental de la cantidad de personas de dentro del banco: hay jóvenes, viejas, morenas, blancas, feas, bonitas, mal humoradas y chistosas que sacan cuentas con sus papelitos. Algunas llegan entre bromas y en serio a decir que apostarán al triple del día.

 

En una esquina, hacia una altura de unos dos metros y tanto, una pantalla de televisión intenta alegrarnos la mañana con la programación en vivo, apenas se nscucha, los oídos se nos llenan de las conversaciones de todos los que estamos en espera. Todo tipo de charlas en voz baja y entre dientes se dejan pasar por horas. Es inevitable escucharlas, aun con nuestra atención en los números que reflejan las pantallas digitales de cada caja. “Prohibido usar el móvil” señala un aviso debajo de la cajera morena, a la que trato de enfocar en el centro de mi concentración mental induciéndole el pensamiento para que haga menos chistes y apriete el Enter de su computadora a ver si mueve los números. El mismo aviso se repite en varios sitios visibles del banco, debería estar claro que no puede usarse teléfono dentro de las instalaciones bancarias, sin embargo, a mi lado, una mujer de cabello corto y lentes de sol inexplicablemente tapándoles los ojos se entretiene con una llamada de varios minutos.

 

Nadie presta atención a ese detalle, seguramente a mí me pasaría desapercibido si no fuera por el ocio de esperar por 47 personas que deben pasar por caja antes que yo. Le habla en voz baja a su interlocutor y de vez en cuando la levanta, escapándosele algún detalle revelador de la conversación, la cual no parece nada elegante y mucho menos amigable. Llega a cada rato más y más gente, se habla de todo en el ambiente, y los cajeros se intercambian comentarios de la jornada etílica que dentro de un rato les tocará para cerrar el día. Después de esperar casi dos horas y media, la pantalla señala mi número -el 348-, y presuroso me planto frente a la cajera con el DNI y el cheque en mano.

 

- Señor, tiene que esperar mientras confirmamos la emisión, tenga este tique y espere que ya le llamamos.

 

Un nuevo número me entrega la cajera que tengo entre las cejas para que pulse el Enter. Me río por dentro diciéndome: “después de todo sí es efectivo, aunque tardío, inducirle el pensamiento a la cajerita”.

 

- Muy bien, esperaremos de nuevo, - le respondí.

 

La mujer del teléfono hace rato que ha dejado de hablar, aún tiene las gafas oscuras y está sentada en el mismo sitio como atornillada esperando su turno. En todo este tiempo he ido venciendo la incomodidad de estar parada por un buen rato, he mirado a todos lados, saludado en ritual de cortesía a uno que otro conocido y comentado cualquier cosa para matar el tiempo. Después de todo ello, me acerco a la mujer de gafas por la curiosidad de sus ojos tapados y le pregunto:

 - Disculpe, ¿qué número tiene?

- El 438, ¿y a usted?

 

- Yo tengo el 348, estoy esperando la confirmación del cheque…pero con toda esta gente por delante Ud. tendrá que venir el lunes, le falta bastante todavía…

Son los mismos números en orden distinto y lo noto enseguida. No tiene ningún interés en entablar conversación, y de manera más o menos tranquila mira a ratos la pantalla del teléfono, es evidente que su inclinación está más hacia el móvil que a los números. Detrás de los gafas oscuras se aprecian apenas unos ojos tranquilos que parecen no importarle el tiempo de espera, como quien mira a todos y no ve nada porque sencillamente está en otro lugar. Es una mujer joven y delgada con una expresión nostálgica que contrasta con el torbellino bancario de un viernes de fin de mes. Mirándola con detalle me recuerda mi maestra de cuarto curso, tenía un genio terrible detrás de una mirada serena de ojos pequeñitos.

 

Después de un buen rato, con lo cual sumaría más de tres horas en el banco, me acerco hasta el supervisor en demanda de información.

 

- Perdone, ¿qué ha pasado con mi cheque?

 

- ¿Cuál cheque?...

 

- El cheque que entregué a la cajera a favor de Manufacturas Rapidísima.

 

- Ahh… déjeme ver si está en este lote…, tienes que esperarse porque no hay línea para llamar por teléfono y confirmar la emisión.

 

- ¿Cuánto tiempo? Hace ya casi tres horas que estoy en el banco…

 

- No sé… espere..

 

Al lado del vigilante, una eslogan destaca el lema comercial del banco: “Te apoyamos”, letras grandes y notorias acompañan una cara sonriente de un cajero virtual que, encorbatado de azul y pulcra camisa blanca, hace entrega de un fajo de billetes a un cliente en una indubitable muestra de servicio y amabilidad. Es inevitable que me pregunte si estaré en el banco de la publicidad.

 

En un arranque de velocidad inusitada, las pantallas digitales comenzaron a moverse en promedio mayor que las horas previas, es evidente que el número de personas atendidas ha ido creciendo. A las cuatro y diez minutos de la tarde, cuando el propósito de mi visita al banco ya comenzaba a olvidarlo, el director me llama a su despacho a fin de explicarme las dificultades para confirmar la emisión del cheque. Mi molestia era inocultable y el director, en un gesto de amabilidad que no había mostrado antes, trata de convencerme del improbable desembolso. Mientras me explica, atareado con casos como el mío y otros similares, las pantallas van mostrando nuevos números. Al mirar a mi derecha observo en la pantalla de la cajera # 1 -a la que estuve toda la tarde induciéndole el Enter- el tique 438. Me doy cuenta del tiempo transcurrido, entonces y el director en el acto me dice de modo determinante:

 

- Debido a la hora y el día no podemos atenderle hoy. Tendrá que venir el lunes…

 

No teniendo nada. Sin más que hac*r en el bendito banco y con la rabia de haber perdido toda la mañana, me dirijo hacia la salida. En la puerta me encuentro con la mujer de gafas, que también iba de salida, apenas le veo por última vez los ojos. Antes de montarse en el coche que le esperaba en el aparcamiento, justo mientras abría lt puerta, se quita los gafas y me dice:

 

- Yo no soy tu maestra de cuarto grado.

 

 

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