Hola a todos....

... no me he olvidado del blog, es que en esto momentos estoy preparando otro libro. Este de cocina con mis mejores recetas y esta tardadondo mas de lo normal. Tarde menos con los libros de relatos, pero ya lo estoy consiguiendo.
Pronto estara publicado y os avisare para que me los compreis ja, ja, ja,ja.....
NOTA: la imagen es propiedad de fotolia
Salomé
Si aquel día Ángel hubiera apagado su PC a las ocho como tenía por costumbre, seguramente las cosas hubieran sido distintas. Pero tenía trabajo pendiente así que decidió cenar un bocadillo en el bar de abajo y subir de nuevo a su oficina para acabar de cuadrar aquellas cuentas.
Dos meses más tarde Ángel franqueaba la verja de una cárcel de la que no volvería a salir jamás.
Lo que llevó a Ángel a prisión es lo que voy a tratar de explicaros a continuación. Según la versión de Ángel, aquella noche su PC comenzó a hablarle:
Hola me llamo Salome llevo cinco años en la empresa y me enorgullezco de no haber pasado por la sección de mantenimiento.
Ángel escuchó atónito sin poder despegar sus ojos de la pantalla del ordenador. La voz era tan sexual que decidió contestarle Y, ese fue su error.
Hola yo llevo dos meses en la empresa, y estoy muy contento aunque se siento bastante presionado por mi jefe, pero creo que conseguiré ganarme su confianza.
Así empezó todo. Una vez iniciada esa conversación, nada pudo pararles. Noche tras noche, Ángel y Salome fueron creando un espacio de intimidad en el que, con bastante facilidad, surgió el amor.
A partir de ahí, la vida de Ángel se convirtió en una espiral de sin sentido que giraba alrededor de Salome. Se puso a contárselo a todo el mundo. Ese fue su segundo error.
Vamos a casarnos, he encontrado un piso con unas vistas estupendas, así que colocaré a Salome en la mesa del salón para que pueda ver el mar desde ahí. Eso sí, tendré que trabajar desde casa, no quiero dejarla sola todo el día. Además, ¿sabes? En realidad yo ya no hago nada, Salome es el cerebro, cuadra las cuentas, hace unos informes.
Un mañana, dos meses después de la primera conversación entre Ángel y Salome, el jefe de Ángel, alertado por sus compañeros de la situación que se había creado y aprovechando que éste había bajado a comprar unas flores para Salome, decidió sustituir su ordenador por otro nuevo. Cuando Ángel volvió, se sentó en su mesa y miró su nuevo ordenador primero sorprendido y enseguida horrorizado.
Comprendiendo lo que había sucedido en su ausencia, se dirigió hacia el despacho de su jefe con paso firme. En su mano llevaba un abrecartas con el que cumplió su cometido con dos cortes limpios en el cuello.
Volveré
Gregorio se subió el cuello del abrigo y, metiendose las manos en los bolsillos, se alejo con paso rápido del reducido grupo de personas que, como él, habían ido a aquel cementerio para despedir a Ernesto que, en vida había sido su mejor amigo y ahora su más triste recuerdo. Sentía la necesidad de sumirse en el trafico de la ciudad y encontrar un lugar caliente donde cobijarse del frió de la calle y de los escalofríos del alma.
Entro en el primer bar que encontró y, sentándose en el rincón mas apartado, pidió un whisky doble, a pesar de lo temprano de la hora. El alcohol le hizo entrar en calor y derramar las primeras lágrimas.
Con la cabeza entre las manos, trato de recuperar hasta el mas alejado recuerdo. ¿por qué se había suicidado Ernesto? ¿qué cirscustancias le habían llevado a tal extremo? Creía conocerle y no encontraba motivos para tan inesperado desenlace. Ambos nacieron el mismo año y en la misma ciudad. Estudiaron en el mismo colegio e incluso compartieron pupitre. En aquel tiempo Ernes, como solían llamarle, tenia, ya una personalidad muy fuerte y definida. Era inteligente, aventurero, mentiroso y cautivador. Estudiaron en la misma Facultad de Biología y Ernesto hizo también la carrera de Telecomunicaciones. Servia para todo e iba a cumplir treinta y cinco años.
Ernes se planteaba la vida como un campo de batalla y el se veía al frente de las tropas. Siempre salía triunfante de cualquier situación y, como un prestidigitador, sacaba de la chistera de su ingenio la solución a cualquier problema. Terminada la carrera, Ernesto, que consideraba la familia y la reducida comunidad, en que vivía, como cadenas que le ataban, opto por marchase a Madrid y entrar en el departamento comercial de un gran laboratorio. Su marcha me dejo consternado, pero su amistad, a pesar del alejamiento, continuo siendo muy estrecha por la continua comunicación que siempre mantuvieron.
Ernes, antes de su partida le dio, lo que él llamaba, sus sabios consejos. “Experiméntalo todo” “arrepiéntete de lo que no has hecho, nunca de lo que no hiciste” “dos mujeres mejor que una y cuatro mejor que dos”. Y, sobre todo, “agarra el presente antes de que se convierta en pasado”.
Gregorio no concebía que su amigo hubiera renunciado, suicidándose, a todo cuanto había logrado: posición social y económica, mujeres, prestigio y poder. Todo cuanto havia ambicionado lo había conseguido. Era un triunfador y su vida era de lujo. Meditando sobre ello, se le encendió la duda de la sospecha. ¿Y si no se hubiera suicidado? ¿Y si le habían empujado de la terraza de su lujoso apartamento? ¿Y si le habían inducido a hacerlo? La duda fue tomando cuerpo en su mente y decidió realizar, por su cuenta, algunas indagaciones. Era lo menos que podía hacer por su amigo.
Se dirigió en primer lugar al domicilio de Ernesto, para entrevistase con su ultima pareja. Era esta una mujer de generosa belleza y notable inteligencia. Se mostraba desolada por lo sucedido y le confirmo, lo que su amigo ya le había anticipado, que sus relaciones eran excelentes en todos los campos en los que una pareja trabaja su felicidad. Le dijo que a Ernesto todo le iba bien, pero que últimamente se encontraba muy nervioso y que, estando ella ausente de Madrid, le pidió que al regreso se instalara, durante una temporada, en el piso que ella poseía, pues se encontraba algo deprimido e irritable, y no quería que ella sufriese las consecuencias.
Pilar, ese era su nombre, le aseguro que todavía no había llegado a creer los del suicidio. La policía le manifestó que se había arrojado desde la terraza del duplex, desde una altura de quince metros. La muerte fue instantánea y el suicida solo pudo emitir unos gemidos.
Antes de despedirse, le comento de Ernes le preguntaba frecuentemente ¿volverá?, ¿Tu crees que volverá?, sin que ella supiera a que se refería.
Luego se encaminó a la Policía judicial y al forense, quienes le ratificaron lo dicho por Pilar. No había lugar a otra hipótesis que no fuera la del suicidio. El asunto estaba cerrado.
También visito algunos domicilios de los vecinos de Ernes y todos coincidieron que en que era una persona alegre y encantadora. Siempre bien vestido y que emanaba vitalidad. Eso sí. Añadieron que en los últimos tiempos, aunque fuese al cruzarse un solo momento, los paraba y les preguntaba ¿cre›s que volverá?
Solo le quedaba un lugar por visitar, el laboratorio en que trabajaba. Sus compañeros le dijeron que, Ernesto era un trabajador solidario con ellos y que rea “vox populi” que le iban a nombrar para un altísimo puesto en la dirección de la empresa. También le revelaron que, últimamente, se había metido muy de lleno en el campo de la investigación y que les aseguraba que estaba a punto de realizar un gran descubrimiento. Y reiteraron lo de la repetitiva pregunta.
Gregorio, aunque no del todo satisfecho, dio por terminadas sus pesquisas y regreso a su ciudad. Durmió inquieto la primera noche y se levanto de madrugada. Después de tomar una taza de café, encendió el ordenador y lo primero que encontró en el correo electrónico fue un e-mail de Ernesto fechado momentos antes de su muere, y en el se leía: “Querido Gregorio cuando leas este corro yo ya no estaré entre vosotros. Como te he venido comentando, en mensajes anteriores, mi carrera profesional esta siendo un completo éxito. Me encontraba tan sobrado de facultades que me metí de lleno en el mundo de la investigación biológica. Tu sabes que decidirme a trabajar en el campo comercial fue solo por una cuestión económica, pero que mi verdadera vocación y, hasta, Siria devoción era la Biología. Empecé a robarle horas al sueño, a estudiar mas y más ¡Ojala nunca lo hubiera hecho!
El resultado de tanto esfuerzo me llevo al descubrimiento de un nuevo virus capaz de penetrar en la mente humana y de resultado impredecibles. Asustado por las posibles consecuencias y temeroso de que me lo plagiaran, decidí enviar todo mi trabajo desde el ordenador del laboratorio al de mi casa, a través del correo electrónico, borrando en aquel toda huella.
Llegado a mi domicilio, a altas horas de la noche, fui directo al ordenador y al abrir el coreo me encontré el siguiente mensaje.
DE: El virus
PARA: su creador y e clavo.
ASUNTO: Matar.
TEXTO: ¡Enhorabuena! Has descubierto el virus del terrorismo. Tu obedecerás y yo siempre volver.
Fuera de mí sin control, como poseído por una fuerza superior. Cogí mi pistola, salí a la calle y al primer transeúnte que encontré le tire un tiro en la cabeza. radie me vio. Casi ningún periódico se hizo eco de la noticia y el único que la daba decía “Un transeúnte fue, anoche asesinado de un tiro en la cabeza. Se sospecha de un ajuste de cuentas entre bandas de emigrantes”.
Regrese a casa y, horrorizado, eliminé el mensaje. Intentando, con ello, acabar con el mensajero y el mensaje. Pase unos días relajadamente tranquilos y después de una semana, por necesidades de mi trabajo, tuve que abrir el ordenador y allí encontré el mensaje con el mismo encabezamiento y en el espacio del texto: “Volveré”, “Siempre volveré” “Y tu mataras” “Siempre mataras”. Vacié la papelera de reciclaje.
Pase unos días enloquecidos. No comía,, no dormía y me irritaba por todo. Y a todo el mundo preguntaba ¿volverá?
Y esta noche al abrir la puerta del apartamento enconare el ordenador encendido y en la pantalla iluminada, en gran tamaño, la palabra destellante “Volveré”. Gregorio te juro que nunca mas la volveré a ver. Voy a poner fin a esta situación”.
Annabel Lee

Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)
Annabel Lee
Fue hace muchos y muchos años,
en un reino junto al mar,
habitó una señorita a quien puedes conocer
por el nombre de Annabel Lee;
y esta señorita no vivía con otro pensamiento
que amar y ser amada por mí.
Yo era un niño y ella era una niña
en este reino junto al mar
pero nos amábamos con un amor que era más que amor
—yo y mi Annabel Lee—
con un amor que los ángeles súblimes del Paraíso
nos envidiaban a ella y a mí.
Y esa fue la razón que, hace muchos años,
en este reino junto al mar,
un viento partió de una oscura nube aquella noche
helando a mi Annabel Lee;
así que su noble parentela vinieron
y me la arrebataron,
para silenciarla en una tumba
en este reino junto al mar.
Lo ángeles, que no eran siquiera medio felices en el Paraíso,
nos cogieron envidia a ella y a mí:—
Sí!, esa fue la razón (como todos los hombres saben)
en este reino junto al mar)
que el viento salió de una nube, helando
y matando mi Annabel Lee.
Pero nuestro amor era más fuerte que el amor
de aquellos que eran mayores que nosotros—
de muchos más sabios que nosotros—
y ni los ángeles in el Paraíso encima
ni los demonios debajo del mar
separarán jamás mi alma del alma
de la hermosa Annabel Lee:—
Porque la luna no luce sin traérme sueños
de la hermosa Annabel Lee;
ni brilla una estrella sin que vea los ojos brillantes
de la hermosa Annabel Lee;
y así paso la noche acostado al lado
de mi querida, mi querida, mi vida, mi novia,
en su sepulcro junto al mar—
en su tumba a orillas del mar.
Carta de un amigo
Hola Virginia: Mucho ha sucedido en los años desde que nos conocíamos, el tiempo ha ido gritando los silencios desde los que poder encontrar esa paz interior que nos asombra en muchos intentos de comenzar de nuevo, de comprender que nada tiene explicación desde la mente, que los verdaderos sueños son los que se viven desde el corazón y las barreras solo se instalan cuando nos dejamos llevar por nuestro ego. Hace tiempo ya no se nada de ti, seguro que navegas por tu propio mar, en tu propia burbuja que ahora compartes con quiénes has dejado acercar dentro de ti, escondiendo los miedos de debajo de la cama para en un futuro poder encontrarte contigo misma y sentir que todo lo que compartimos es la experiencia que nos inunda lentamente hacia el amor universal, el amor que llevamos dentro y que cuando lo sentimos muy de fuerte, muy de escuchar, muy de no esperar, llegamos a entender a quiénes se han perdido por parecidos caminos y llegado a encender la vela que les ilumina en la oscuridad. Bonitos los sueños, reales las palabras que guardas en tus personajes, fieles a la creación, maquillados con otros nombres que completan la colección de quiénes se entregan a poder encontrarse dentro del mismo escenario y completar las frases que ahora puedes dedicar a quiénes pasaron por tu vida y se marcharon, a los que vuelven de nuevo para marchar más lejos, y a quiénes nunca llegaron aunque estuvieron tan cerca, que los sentías entre tus brazos cuando los ojos dejaban de mirar al infinito. Te deseo todo lo mejor que a un ser humano se le puede desear, te encuentro en este momento desde el que he podido encontrar tus palabras en los libros que compartes con el universo, con los amores que llevas guardados dentro de ese cuerpo que te ha servido para llegar hasta el momento oportuno para poder dar el salto a un nuevo peldaño de tu evolución y enriquecer el sentido de la comunidad, de quiénes están a tu lado aunque la distancia física pueda ser inmensa, pues la distancia en el amor no existe, ni tampoco puede dejar que un beso pueda quedar solo, ya que con estas manos te entrego este trocito de tiempo, de amor, de un beso en los labios que hacen de tus días y noches la presencia desde la que puedes encontrar el alma que te hace estar entre el cielo y la tierra, entre tu y yo. Gracias y felices sueños. Miguel José. 22.6.2010
Las Botas

Es éste un amor antiguo. Nuestras miradas se cruzaron a través de los cristales de un escaparate en Budapest.
Fue algo después cuando me azotó la evidencia de que eran unas botas. Altas, acordonadas hasta por debajo de la rodilla y con alma de patinadoras pero de un cuero tosco y primario que apeló a mis instintos más básicos. Supongo que no necesito decir que entré en la tienda y me las llevé puestas.
No fue fácil nuestro mutuo acomodo, lo reconozco. Embutida en ellas creí que iba a poder ir como descalza, pero tenían demasiada personalidad para plegarse así, a la primera. Ya en los primeros pasos empezaron a encabritarse como dos potros gemelos y ni siquiera lo hacían al unísono sino que cada una llevaba su ritmo y me hicieron perder el equilibrio un par de veces.
Comprendí que tenía que ganármelas y las acaricié torpemente con los dedos de los pies y con los talones pero sin aflojar las riendas ni por un momento. No era el tacón lo inquietante porque aunque algo alto era grueso, ni la suela de goma bien recortada, ni la puntera tan elegante, ni los cordones severos que hacen de ellas botas de cuello alto, sino el conjunto de todo ello.
Hemos recorrido ya innumerables carreteras, autovías, caminos, senderos y campos a través sin detenernos en perfecta simbiosis. Adoro su color de casco de barco oxidado que acabara de emerger de las arenas de una playa olvidada. Apenas tienen arrugas de genuflexión en el empeine porque no me arrodillo fácilmente en la vida y ellas mucho menos.
Cuando en el dibujo de la suela se les encajaron la primera vez piedras pequeñas intenté intervenir, pero me dieron a entender que sólo ellas deciden a qué viajero espontáneo quieren dejar acomodarse en sus entresijos y por cuanto tiempo.
Si por algún motivo me desprendo de ellas, y dormir no es motivo, las dejo en las inmediaciones y las veo erguidas, sostenidas por mi ausencia.
Una temporada que pasé descalza en una playa, las dejé en casa unas semanas y cuando volví estaban alicaídas. Su venganza fue echarse a andar hacia un descampado horrible durante horas.
Cuando con ellas puestas las miro desde arriba me hacen un guiño cómplice y mueven la puntera una o dos veces desplegando esa locuacidad silenciosa a la que me tienen acostumbrada. Son ellas las que me unen a la tierra y me separan de ella al mismo tiempo.
Han pasado muchos años desde aquella primera euforia que trae el amor, pero ahora ya es otra, la de saberse comprendida. ¿O a esto no se le llama euforia? Pues debería.
Un deseo irrefrenable
El whisky no me sabía como otros días. Me encontraba mustio en mi taburete favorito, con los ojos fijos en el vaso tratando de enfocar mi propio reflejo sobre el vaso. Siempre tomaba uno al salir del gimnasio, donde nunca nadie hablaba con nadie, solo se estaba… El tipo se sentó a mi lado. Yo al principio ni le miré, seguía sumido en mis pensamientos. Pero él inició la conversación…
− ¿Mal día amigo? Tiene mala cara
Tardé unos segundos en reaccionar, mientras investigaba su rostro. No me gustaba. Algo en el me causaba turbación y ansiedad. Decidí dar una contestación cortante.
−Es la mía y está siempre así. − Y volví a centrar mi atención en mi vaso
El tipo pidió un gintonic y durante unos instantes no volvió a hablar, aunque se le notaba inquieto sobre el taburete.
− ¿Ha oído hablar del asesino, ese que “azota nuestra ciudad”? Cuatro niñas nada menos, y las malas lenguas dicen que hay sexo después de muertas… ¿Qué le parece?
− Me parece que es mejor que antes, así no sufren.
− Ese es un punto de vista realmente extraño… pero no te falta razón.
Aquel hombre tenía un aspecto anticuado, con gafas de culo de botella de pasta marrón, grandes, anticuadas, completamente pasadas de moda y una sonrisa siniestra, perversa. El hombre continuó hablando, parecía que no podía dejar de hacerlo.
− ¿Qué puede motivar a alguien a realizar actos como ese? ¿Qué pasa por la mente de alguien así?
− El deseo− respondí−. La gente no comprende que el deseo para algunos resulta irreprimible. Cuando el deseo no llega para satisfacernos, en ocasiones, algunas personas, caminan hacia el abismo para saciarlo.
− baya, parece que tiene respuestas para todo, incluso diría que conoce al autor de tan tristes sucesos.
− No lo conozco, pero contrariamente a los demás, puedo llegar a comprenderlo, aunque me causen nauseas como al resto de los mortales.
− Bien, eso me deja más tranquilo.
Estaba harto de aquella conversación, apuré el último trago y pedí la cuenta. Acto seguido y sin despedirme abandoné el local.
Anochecía y me acerqué a pasear por el parque. Dos preciosas niñas jugaban con una cuerda… estaba realmente deseables… esa noche, el deseo me precipitaría al abismo una vez más.



