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LAS HISTORIAS DE QENA

El tazón

El tazón

Con mi brazo en jarras contra el suelo de madera me hallo. Soy una taza vacía de porcelana blanca caída en el suelo.

Mis circunstancias: el plato en el que me apoyo y la cucharilla que siempre agita mis contenidos, están también por los suelos a escasos centímetros de mí. Unos zapatos fanfarrones que se alejan repiqueteando por este mismo suelo de madera podrían explicarte cómo hemos llegado hasta aquí.

Lo cierto es que aquí me encuentro y soy incapaz de cambiar de postura, al menos de momento. No se está mal a ras de suelo, se tiene una visión nueva de las cosas, sobre todo cuando se es una taza de porcelana como yo cuya función nunca sería de la de yacer o reptar.

Habíamos tenido una discusión esta mañana esos zapatos displicentes y yo debido a que han osado invadir mis dominios, la mesa baja de fumar en la que reino y gobierno, pieza estrella del salón por ser de un material y forma exquisitos.

Yo campeo a mis anchas siempre por esta mesa y esta mañana se vinieron a posar los zapatos también sobre mi bello olimpo lacado invadiendo así mi espacio vital. Haciendo un gran esfuerzo de contención logré reprimirme e ignorarles apenas unos minutos pero al ver que se habían instalado para quedarse me comenzó a hervir el café en las venas y mascullé, aún entre dientes, una observación sutil que mis contrincantes zapatos no se molestaron en registrar. Fue ahí cuando elevé la voz de tal manera que se giraron en redondo y con ayuda de la persona que estaba embutida en ellos me plantaron en el suelo y salieron huyendo. Mi primera reacción fue pensar que más bajo no se puede caer, en su caso y en el mío.

Probablemente los zapatos galopantes han querido así darme una especie de lección y enseñarme cómo es su vida habitual, tan rastrera a ras del mundo.

Eso sí, tengo que reconocer que me han tratado bien, no puedo decir lo contrario porque me han depositado con relativo cuidado en el suelo y han tenido la deferencia de colocar a mis circunstancias familiares a mi alrededor y eso siempre conforta.

En honor a la verdad diré que estoy mucho más relajada aquí que encima de la mesa donde siempre estás expuesta a que te tiren con el borde de la falda o de un manotazo descuidado y esta madera noble del suelo con sus vetas alargadas es algo a lo que podría acostumbrarme. Me parece que me voy a quedar una temporada por aquí. y a lo mejor hasta aprendo a taconear aunque en mi caso sería más correcto decir tazonear...

   
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